Una vida de novela con muerte inesperada

Alejandro María de Aguado retratado por Francisco Lacoma y Fontanet, en un óleo del Museo del Romanticismo de Madrid.
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Alejandro María de Aguado retratado por Francisco Lacoma y Fontanet, en un óleo del Museo del Romanticismo de Madrid.

Tal día como hoy de 1842 moría en Gijón Alejandro Aguado, polifacético personaje con calle en la Arena, plaza en Sama y estatua en Buenos Aires

M. F. ANTUÑA

Su vida es un auténtico peliculón con un giro de guion inesperado en la escena final. Alejandro María Aguado, el mismo que da nombre a una calle en el barrio gijonés de la Arena y a una plaza en el centro de Sama, el mismo que tiene escultura en Buenos Aires, más de una biografía publicada, y un pasado de empresario, banquero, mecenas, militar, aristócrata y millonario afincado en Francia, moría en Gijón tal día como hoy de 1842. Fue una pena que una inesperada apoplejía se lo llevara con 57 años, porque este hombre polifacético e íntimo amigo de José de San Martín, uno de los libertadores de América, tenía grandísimos planes para Asturias, a la que aspiraba convertir en una suerte de «Mánchester» en España.

Su relación con Asturias viene dada por sus negocios, sus proyectos inconclusos y por ser el lugar en el que encontró la muerte este hombre nacido en Sevilla como Alejandro María Aguado Remírez de Estenoz en 1785, en el seno de una familia noble con doce vástagos, y que ostentó el título de Marqués de las Marismas del Guadalquivir. Su madre era una criolla habanera que enviudó pronto y por consejo de un familiar decidió que su hijo se convirtiera en militar. Aunque sin una constancia documental clara, todo indica que fue ya en esos tiempos cuando entabló su estrecha amistad con el libertador argentino.

Armando Rubén Puente recoge en 'Historia de una amistad' la relación entre ambos y toda la peripecia vital de quien recibió su bautismo de fuego en el ejército en la bahía de Algeciras combatiendo frente a navíos británicos siendo un cadete. Luego, tal y como como recoge Puente en su libro, siguió los pasos de su tío el general O'Farril y se alineó al lado de José I Bonaparte. En las familias de bien había entonces una división entre patriotas y afrancesados que en su caso se escoró hacia lo galo. Llegó a coronel de lanceros pero con la derrota de los ejércitos napeolónicos no le quedó otra que, en 1813, viajar al país vecino. No tenía ni treinta años y comenzaba una vida de exilio y éxitos en París. Allí, por cierto, llegó con su mujer «que viajaba en un 'cabriolet' tirado por dos mulas; con ellos iban ocho criados y diez caballos», según recoge el libro.

El caso es que en París se convirtió en un hombre de desmedida buena fortuna. Comenzó con una tienda de ultramarinos y acabó en la banca. Entre aceite de oliva y vinos de Jerez y Málaga, frutas tropicales, ron, azúcar y tabaco de Cuba dio el salto a la perfumería, y de ahí a la creación de empresas para la gestión de propiedades de otros españoles. Fue un emprendedor de libro y con 39 años se hizo banquero. Y no cualquier banquero, sino el de Fernando VII. El rey que con anterioridad le había impedido volver a su país le acabó concediendo su marquesado de las Marismas en 1829, el mismo que el popular actor Luis Escobar sería el último en ostentar hasta su muerte en 1991. La ingeniería financiera de la época hizo que la economía española estuviera prácticamente en sus manos. Y con el tiempo, no solo se convirtió en uno de los grandes banqueros del país galo, sino que se le llegó a considerar el más rico de Francia. No es extraño, pues, que entonces frecuentara la amistad de escritores como Balzac o músicos como Rossini, de quien fue mecenas y protector y a quien acompañó en un viaje a España.

Sus inversiones llegaron también a su país, el lugar al que siempre quiso volver. Pero un viaje a Asturias acabó por ser el último. Aquí había fundado la sociedad Aguado, Muriel y Cía, en 1836, encargada de explotar la mina de Pumarabule. Tres años después, financió la construcción de la carretera Carbonera (a cuya inauguración acudía), con más de cuatro millones de reales, una vía fundamental para trasladar mercancías desde Langreo hasta el puerto de El Musel. También tenía en mente financiar la ampliación del puerto gijonés y crear una factoría siderúrgica en Langreo, lo que motivó aquel viaje en 1842. Tras tres días de nevada en Pajares, llegó a Gijón, volcada en el recibimiento de quien pretendía invertir quince millones de francos de la época en la región. Pero sucedió lo inesperado. A la hora de la cena, en la fonda El Águila de Oro, en la calle Recoletas, se sintió indispuesto y murió de forma fulminante. Los 15 millones cayeron en el olvido. Y con el tiempo, también él. Pese a haber sido objeto de otras publicaciones como 'Un sevillano en París', de Felipe Curtines y Murube, e inmortalizado para la historia en lienzos como el que del Museo del Romanticismo de París de Francisco Lacoma y Fontanet, pese a que incluso allande el Atlántico se le recuerda y se le honra por su estrecha relación con San Martín, a quien nombro albacea testamentario y tutor de sus hijos, su memoria está hoy muy difusa. Tres años tardó el libertador argentino, a quien legó sus joyas y condecoraciones, en repartir su herencia, lo que da buena cuenta de la dimensión de la misma.

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