DE VANESSA GUTIÉRREZ
La duda de si se burlan de la indignación de Cristina Coto cuando el presidente veladamente la cita, o de si comentan la previsible cara de Cañal al recibir la elegante puñalada sobre la reintegración de sus nóminas, reconozco que me corroe. Pero más me inquieta la cara de sopor de Fernando Lastra que, a medida que avanza el debate, va trasmutando hacia un enfado que se advierte en sus declaraciones. ¿Por qué es el único que no se ríe con la sorna de Areces cuando le responde a Ovidio que los asturianos demuestran que no son tontos cuando votan a los socialistas? Tal vez tema que bromeen sobre él porque parece el más listo de la clase. Lo que tampoco es mucho.
Al salir, pienso en comentarlo con Godofredo, el ujier de la Junta, que se cansa de ver cómo al pasar por los arcos de vigilancia todo el mundo pita. Pero el pobre encoge los hombros y, prudente, ni se inmuta. Sabe que las preguntas ni se hacen ni se responden en un Parlamento donde los diputados dan mucho la nota. Sí, Godofredo, y qué poco la lata.





