Es muy discutible que haya que agrandar el gasto social hasta un porcentaje tan elevado porque queda menos margen para desarrollar políticas activas de inversión, aunque el mayor defecto no es éste, sino la cultura de dependencia que crea, ya que resulta muy tentador apuntarse al gratis total de los servicios públicos. Hay otro problema añadido: la inercia presupuestaria. Es muy difícil retirar una partida de las cuentas regionales. Las necesidades que afloran un año, de forma coyuntural, quedan ancladas en los presupuestos de forma definitiva.
Todas estas matizaciones son conocidas por la clase política, pero ningún grupo, ni de derechas ni de izquierdas, discrepa de esa práctica tan asturiana de glorificar lo público, como si no tuviera un coste y todo fuera financiado por unos fondos europeos exuberantes sin fecha de caducidad. Por eso no se puede criticar a un Gobierno que busca dramáticamente aliados parlamentarios que paguen peaje a los axiomas de la política regional: máximo gasto social, como rasgo de política progresista. Lo que no resulta congruente es que un grupo como IU, permanente demandante de gasto público, prepare una enmienda a la totalidad contra los presupuestos más sociales de la etapa autonómica.





