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AVILÉS - GIJÓN - OVIEDO | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Sábado, 26 mayo 2012

Cultura

HOMEAJE AL POETA EN OVIEDO Y GIJÓN
Trozos de Ángel
Una veintena de amigos del poeta asturiano se reunieron ayer en Oviedo para revivir su carácter y sus anécdotas más reveladoras

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Ángel González, el poeta que Asturias lleva meses llorando, oía voces en su cabeza. Una de ellas era negra, severa, acusatoria. «Es un cura que dentro de mí me riñe cuando soy feliz», se quejaba. Lo recordaba ayer su viuda, Susana Rivera, mujer convencida de que si ese clérigo «se hubiera detenido a leer a Ángel, a lo mejor hubiese abandonado el sacerdocio».
Son los trozos de Ángel que ayer revivieron en la voz de una veintena de amigos. Su viuda, sus compañeros de copas, de versos, todos se vistieron de anécdotas para llenar de gratitud el Paraninfo de la Universidad de Oviedo. Ya lo habían hecho otra vez en la misma sala, a principios de diciembre, cuando la institución nombró 'honoris causa' a un escritor que aún entonces guardaba la fuerza suficiente para poner las cosas en su sitio. Tras escuchar como unos y otros lo colmaban de loas, el bardo tomó la palabra y soltó: «Ahora hablo yo, y les voy a decir la verdad, yo soy un cabrón».
Respuestas así son las que movieron ayer al presidente regional, Vicente Álvarez Areces, a conceder que el Premio Príncipe de Asturias tenía «una ironía muy nuestra».
«Igual que entonces, esto que estamos haciendo hoy no le gustaría», admitía Almudena Grandes. La autora de 'Las edades de Lulú' confesó haber conocido un trozo de Ángel muy especial. «Cuando se fue, me dijeron: se ha muerto tu padre y tu hijo». Todo porque la madrileña lo respetaba como abuelo y lo consentía como a un niño caprichoso.
Letras de la vida
«Formábamos una familia postiza en la que él era el más importante de todos, la autoridad literaria», recordaba. Pero, ¿qué hace a un hombre más importante que los demás, sobre todo cuando los demás son escritores de fama, prestigio y hasta lectores?
La respuesta vino de la máxima autoridad académica en la sala. El rector, Vicente Gotor, aclaró que la poesía de Ángel «es una búsqueda de conocimiento, una forma de estar en el mundo».
Y es que en las frases del poeta están todas las preguntas. ¿Somos buenos o débiles? La duda rondaba tras uno de los versos que ponían a Ángel frente a sí mismo, «en una encrucijada (...) me dije, apártate y déjame paso, pero mi enemigo era fuerte y quedé en la cuneta (...) desde entonces mi cuerpo marcha solo, equivocándose». Desde entonces el poeta se hizo un impenitente de la noche, «uno de esos que si te ven retirarte a las tres de la noche te dicen que te estas amariconando», apuntaba el periodista y amigo Javier Rioyo.
Con sus barbas descuidadas, su cigarro en la boca, pausado, sin pretensiones, hoy estaría viendo el fútbol, como todos. «Yo creo que le tenía simpatía, aunque con una particularidad: lo que más le gustaba era que perdiera España... y casi siempre tenía razón», confiaba Rioyo.
Por algo era el poeta del desastre, de las cosas perdidas que, pese a todo, conserva la capacidad de sonreír. «Hay que ser muy valiente para vivir con tanto miedo», le leía ayer Susana Rivera. La mujer hablaba con dulzura mexicana, no como viuda, si no como profesora de Literatura de la Universidad de Nuevo México. Confidente y experta en rimas, desnudó las tristezas de Ángel.
«No creo que fuera pesimista, porque el pesimista ve lo malo en lo bueno, y él no tuvo que buscar lo malo; lo malo estaba a la orden (militar) del día; cuando el pesimismo está justificado, no es pesimismo, es realismo», abundaba.
Había rastros de ello en sus genes. Venía de una familia de maestros «que en el 38 tenía a su padre y a su tío escondidos, habían sido redactores de un diario socialista y capitán del ejército Republicano», recordaba el amigo de infancia, Manuel Lombardero.
Ese ser del bando perdedor deja cicatrices. La otra compañera de fatigas, Almudena Grandes, lo corroboraba. «Tenía una desesperanza sostenida, pero cuando veía un bote de mayonesa, cuando cantaba Sabina, o cuando veía un atardecer, conservaba esa capacidad de asombro, de disfrutar de la vida como nadie», relataba.
Última sonrisa
La madrileña guarda un trozo de ese optimismo. Es íntimo, pero ayer lo enseñó con cierto pudor. Contó cómo una vez ambos acabaron en un congreso de hispanistas, en medio de una nada muy americana, en el estado de Ohio. Todas las noches pasaban por un hotel y a la camarera, aburrida de no tener con quien tratar, «se le iluminaba la cara al vernos llegar; nos decía 'hello, the happy people'. Nos gustaba mucho aquello, nos lo dijimos mucho, y ahora, en la ausencia, me gusta pensar que éramos esa gente feliz».
Ahí sonreía. Y cuando sonreía, volvía el cura, a reñirle, a llenarle el cuenco también de sombras. «No estaba de acuerdo con el mundo, pero es que, con las convicciones que tenía, no podía estarlo», entiende su mujer.
Incapaz de llenarse de una sola cosa, incapaz de olvidarse del todo de la voz gruñona, los trozos de Ángel son así trozos de vida, sin negar lo áspero, sin olvidar la caricia, y siempre bailando en esa dualidad para sacarle versos. «Lo suyo es un tratado sobre la experiencia, toda una educación sentimental», admiraba ayer Ricardo Labra.
En un rincón, fumando como él fumaba, andaba el también poeta Jaime Herrero, amigo y espejo. Alguien le pide algo. El hombre mete la mano en el bolsillo de su chaqueta, «un pequeño arca de Noé donde antes había peonzas y ranas muertas, y hoy hay tarjetas y facturas», dice.
Entre ellas, lleva un pequeño folio doblado. Otro trozo del poeta Ángel, el poema 'Para que yo me llame Ángel González', de cierta utilidad. «Me gusta tropezármelo de vez en cuando, que me acompañe, al principio lo llevaba escrito en una servilleta», explica antes de echar la última calada y recibir una palmada. Es el tenor Joaquín Pixán: «Como diría Ángel González, estamos bien, pero si no entramos en detalles».

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