NO dejan de sorprenderme las reacciones ante el reciente lapsus lingüístico de la ministra Aído por dos razones. En primer lugar, hace años que políticos de izquierdas, de derechas y de centro vienen pegándole patadas al diccionario sin ningún pudor ni mesura, empezando por esa ridiculez de la separación de géneros ('todos y todas', 'ellos y ellas'...), que a nada lleva más que a demostrar la supina ignorancia que de la gramática castellana tiene quien la emplea. En segundo lugar, la metedura de pata de Aído no hace sino eclipsar (y no es lo único: también lo hacen la crisis económica o el ascenso del Sporting) una de las mayores ignominias que están a punto de infligirnos desde que los trabajadores conquistaran unos derechos por los que tanto sudor y tantas lágrimas tuvieron que derramar.
Estoy convencido de que quien tuvo la ocurrencia de proponer una semana laboral de 65 horas (salen trece horas al día) y el atrevimiento de presentarla ante los ministros de Trabajo de la Unión Europea no ha dado un palo al agua en su vida, porque si no fuera así sólo podría tratarse de un ingenuo o de un malvado, y todos sabemos que en política no hay personas de ese tipo. Lo que no entiendo es que la cosa siguiera adelante (con la encantadora abstención de nuestro Gobierno socialista), y mucho menos que a los pocos minutos la gente no se hubiera echado ya a la calle en las principales ciudades del continente. Cuando apenas acabamos de empezar el siglo, creo que ya podemos decir -con muy poco riesgo de equivocarnos- que la tan cacareada sociedad del bienestar no era más que una falacia, una trampa con la que asegurar nuestra mansedumbre cuando empezasen a apretarnos las tuercas. No protestemos mucho, parece que quieran que digamos, no vayan a quitarnos también lo poco que nos permitirán seguir teniendo.
Hace unos días me encontré con un viejo conocido en Oviedo. Hacía muchos meses que no nos veíamos, y le pregunté qué tal le iba la vida. «Estoy muy cansado», me respondió mientras apuraba el último cigarrillo antes de volver a la oficina, «desde que empecé a trabajar no hago más que tachar días del calendario, esperando que el tiempo pase y que por fin pueda tener un poco de tiempo para mí. Y no sólo no me ha pasado eso, sino que cada vez tengo más presión encima». Mal lo tiene ahora, sospecho. Y muy mal lo tendremos todos, me temo.