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Gijón

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Un centro gijonés, referencia mundial de la salud mental
Parte del equipo del Centro de Tratamiento Integral de Montevil. / JOAQUÍN PAÑEDA
«No nos extraña que la Organización Mundial de la Salud diga que somos los mejores porque lo somos». Lo de Arantxa Sánchez, responsable del centro de salud mental de Montevil, no es presunción. Es «satisfacción por la tarea bien hecha», explica. «Por eso no nos importa compararnos con otros centros».
Arantxa Sánchez tiene motivos para estar satisfecha. El centro que dirige esta psiquiatra «es modélico y no tiene parangón en el mundo». Y eso ya no lo dice ella, sino la coordinadora de salud mental de la OMS, la doctora Michelle Funk, que la pasada semana emitió su veredicto después de pasar tres días conociendo la red de salud mental de la región. «No hay opinión más externa», remacha.
El Centro de Tratamiento Integral de Montevil, que ha atendido a 440 personas con patologías mentales severas desde su creación, en 2003, es «la joya de la corona» de esa red regional de salud mental que, según la OMS y en rasgos generales, sufre las consecuencias de «unos recursos insuficientes».
¿Pero dónde radica la excepcionalidad de Montevil? José María Fernández, coordinador de los servicios de salud mental de Gijón, recuerda los orígenes de «un centro que funciona con un esquema muy diferente a cualquier estructura que conocemos», un modelo Salud quiere extender al resto de las áreas sanitarias asturianas.
«Esta estructura», afirma Fernández, «nace del Plan Estratégico para el Desarrollo de los Servicios de Salud Mental 2001-2003, que determinó que la atención a los trastornos mentales más graves era prioritaria. La asistencia dedicada a las patologías más comunes había aumentado mucho mientras que los casos más severos habían quedado relegados».
Y, para paliar esa deficiencia, comenzó a funcionar el Programa de Atención a las Personas con Trastorno Mental Severo en Montevil, a donde llegan los diagnósticos psiquiátricos más preocupantes del área sanitaria V. Así, el 95% de los enfermos que son derivados a este centro por otro centro de salud mental o por los servicios de urgencia padecen alguna patología psicótica de especial gravedad. Fundamentalmente, esquizofrenia. El restante 5% sufre patologías no psicóticas también muy graves, como depresiones profundas o trastornos obsesivo-compulsivos. Además, otro programa se dedica en exclusiva a los trastornos de la alimentación.
Las claves del éxito de este modelo pionero, señala José María Fernández, son básicamente tres. En primer lugar, el carácter integral e individual de la atención. «Esto implica que, a cada paciente, se le da lo que necesita», precisa Arantxa Sánchez. Y conlleva, también, que, en cuanto el enfermo recala en el centro, «se le hace una evaluación global en la que se tiene en cuenta tanto su situación patológica personal como la situación familiar, su funcionamiento habitual y la influencia de éste en el entorno».
Abiertos a la sociedad
Después, «se traza un plan terapéutico a su medida que se revisa a los seis meses de trabajo con el paciente» y que «incluye actuaciones en todos los aspectos deficitarios». Así, puede contemplar por ejemplo «acompañar al enfermo a las oficinas del Inem a buscar empleo», con lo que se intenta uno de los objetivos de la OMS: que los afectados por estas patologías puedan valerse por sí mismos, facilitar su inserción laboral y social, la normalidad, «lo opuesto a antiguo Hospital Psiquiátrico de La Cadellada», lo contrario al «paternalismo» y la «institucionalización» que aquejan a los servicios de salud mental regionales, dice la OMS.
La segunda pata del sistema está vinculada a la primera y pasa por la apertura a la sociedad. «Utilizamos nuestros propios recursos, pero también recursos externos como la Fundación Municipal de Servicios Sociales o las asociaciones».
El tercer pilar del sistema es «el trabajo en equipo», que implica, dice Arantxa Sánchez, «que todos los profesionales están dispuestos a hacer las tareas que sean necesarias, independientemente de su categoría laboral».
El perfil del usuario es «el de un varón en la treintena que no tiene amigos porque lo han abandonado, no tiene empleo ni actividad alguna, con una precaria situación económica y que ha descuidado su higiene personal».
«Atrapado en su mundo»
Eduardo -nombre ficticio- es uno de ellos. «Cuando estaba en la Universidad, algo empezó a ir mal», cuenta su madre. Eduardo tenía 21 años y «no podía soportar la tensión». «Una vez lo llevé a la Facultad. Tenía un examen. Fue cuando me di cuenta de que estaba totalmente desorientado. O empezaba a sudar sin parar».
A partir de entonces, Eduardo «se quedó atrapado en su mundo, en sus pensamientos, sin poder comunicarse con nadie. Hoy, a los 31, después de tres años en Montevil, han conseguido que pinte cuadros en el taller ocupacional del centro o que vaya al gimnasio. La palabra esquizofrenia todavía le humilla, pero han logrado que viva. Porque antes no vivía», asegura su madre.

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