Psicólogo, periodista y escritor, Martin Choice (Vitoria, 1978) presentará el próximo sábado a las siete de la tarde en la FNAC de Siero, el libro titulado 'A tres pasos de la felicidad', que quiere distinguir de los frecuentes recetarios de autoayuda que abundan en los últimos tiempos en los anaqueles de las librerías. Anticipa que algunos ejercicios prácticos de la obra formarán parte, si así el público lo desea, del acto de presentación.
-¿A qué felicidad se refiere en su libro?
-No tanto a la que proviene de emociones circunstanciales, como a la que se refiere a los aspectos relevantes que uno concede a su propia vida, en la que hay momentos positivos y negativos.
-De la felicidad han escrito desde los clásicos, hasta Tagore, Bertrand Russell y los neurobiólogos. ¿Que aportaciones hay de última hora?
-Desde hace años, está la psicología positiva, que plantea centrarse en el desarrollo de las habilidades personales y orillar los conflictos de fondo. Mi punto de vista es que ha de hacerse una síntesis entre la psicología conductista, que trabaja sobre el estímulo y la respuesta, con la psicología cognitiva, mediante la cual se puede demostrar, por ejemplo, que hay elementos perturbadores que no son reales. Comprender y también actuar simultáneamente.
-Sin embargo, también existen elementos perturbadores que son reales...
-No cabe duda de que hemos de tener cubiertas unas necesidades básicas, antes de hablar de felicidad. Alimentación, alojamiento, seguridad. Ese bienestar elemental es previo a las alturas de la pirámide, donde se encuentran las relaciones sociales y afectiva y, finalmente, la autorrealización.
La influencia del amor
-¿Es condición indispensable para alcanzar la felicidad una relación fructífera con los demás, o se puede, al modo del asceta, lograrla en solitario?
-Yo nunca le diría a nadie, que hubiera decidido con libertad, que la disciplina del ermitaño no es lo correcto para ser feliz. Ahora bien, en nuestra sociedad no es lo habitual. Influyen mucho las relaciones sociales. Y el amor, en su sentido más amplio. Está demostrado que las actuaciones que persiguen la felicidad en exclusiva para uno mismo, duran menos en el tiempo y poseen menor intensidad que aquellas otras en las que se procura la solidaridad con los demás. Lo que no quiere decir que sea aconsejable el empeño constante por contentar a los demás y olvidar los propios derechos.
-¿No hay temperamentos más capacitados desde la cuna para ser felices?
-No soy partidario de creer eso. Tiendo a pensar que todo es transformable por la modulación social, si bien he de aceptar que existe una influencia genética importante. No obstante, al final, lo decisivo es la percepción que uno tiene de su propia situación. Lo que te dices a ti mismo, es lo que terminas siendo. Y también es relevante no querer ser lo que no eres. Por poner un ejemplo sencillo, hay personas que sin ser bellas resultan más atractivas que las que lo son.
-¿Y esa autoestima no estará también determinada por la valoración que el sujeto ha tenido desde la infancia? ¿Es primero la gallina o el huevo?
-Está claro que la confianza en uno mismo puede quedar minada si se sufre desde la infancia el menosprecio. En ese caso, habría que superar antes esa situación para comenzar un nuevo aprendizaje, cumpliendo al principio objetivos pequeños que vayan fortaleciendo paulatinamente la personalidad. Hay que trabajarla, eso es indispensable.
-¿Es preferible conformarse con poco que aspirar a mucho?
-En términos esquemáticos, puede decirse que sí. La aspiración de mejorar no es negativa, siempre y cuando la ansiedad no se termine adueñando del proceso. El poder o la fama son estímulos poderosos, pero a veces te hacen perder otras cosas simples que te hacen verdaderamente feliz y, además, te roban el tiempo.