Francisco Álvarez-Cascos, lanza en ristre, volvió a La Mancha para luchar contra aquellos gigantes que a ojos de muchos no son más que molinos de viento. El ex ministro de Fomento recurrió al Quijote durante una intervención incendiaria que no dejó a nadie indiferente. Sus seguidores le aclamaron. Sus detractores desviaron la mirada y se mordieron la lengua.
Cascos apareció en el teatro Palacio Valdés junto con los otros dos premiados, Gustavo Suárez Pertierra y Santiago Carrillo, y rodeado por su guardia pretoriana en Asturias, los diputados Pelayo Roces e Isidro Fernández Rozada, la síndica Mercedes Fernández o la alcaldesa de Peñamellera, Rosa Domínguez. La nula relación que el ex ministro mantiene con la dirección regional quedó clara a lo largo de la jornada. Por la mañana, Cascos no dudó en fotografiarse con Antonio Sabino García, a quien propuso en su día como candidato del PP, y saludar fugazmente al portavoz popular en el Ayuntamiento Constantino Álvarez. En el acto es más que reseñable la ausencia del presidente del PP regional, Ovidio Sánchez, o del propio presidente del PP avilesino, Joaquín Aréstegui. Si estuvo, por contra, el ex diputado del PNV Iñaki Anasagasti, invitado por la esposa de Álvarez-Cascos, María Porto, que apenas se separó de su marido.
En la puerta del teatro le esperaba el presidente del Principado, Vicente Álvarez Areces. Ambos hicieron lo posible para retrasar lo inevitable. Su encuentro se despachó con miradas de respeto y un apretón de manos frío y seco. Espalda con espalda como dos pistoleros antes del duelo, dejaron que el tiempo fuera testigo de su indiferencia.
Dentro del teatro, situados en palcos contiguos Cascos mantuvo una charla coloquial con Santiago Carrillo, demostrando el respeto que ambos mantienen a pesar de la distancia ideológica que les separa. El ex secretario general del PCE puso la nota emotiva con su encendida reivindicación de su asturianía. Acompañado por su esposa y apoyado por Laura González y Jesús Iglesias, Carrillo tiró el bastón al suelo y se enfrentó al auditorio sin papel, desafiando a la memoria. No siguió su ejemplo el ex ministro. Un discurso de siete páginas encendió las alarmas de incendios. Su crítica explícita al Gobierno y sus reproches a su propio partido, al que denominó como su Dulcinea particular, provocaron incluso que algunos de los asistentes abandonaran el acto antes de su conclusión.
Con Cascos subido en el ring y encadenando ganchos y algún que otro crochet, Areces desvió la mirada en la misma dirección de otros compañeros socialistas «molestos» con la actitud del ex ministro. Nadie esperaba que convirtiera un acto festivo y conciliador en una trinchera política desde donde atacar al enemigo. Éste parecía el único que no estaba sorprendido por el discurso del ex político popular. Por algo cuenta con muchas batallas en sus espaldas y se ha distinguido por encajar bien los golpes. Ayer no fue una excepción. Cuando Cascos finalizó su alocución, el presidente miró a la silla que el ex ministro había dejado vacía y se limitó a arquear las cejas. No aplaudió como tampoco lo hizo Pilar Varela, el consejero de Educación, José Luis Iglesias Riopedre, o la alcaldesa de Gijón, Paz Fernández Felgueroso. La provocación de Cascos se diluyó entre la sutileza de Areces. «No voy a hacer un discurso político, tranquilos», aseguró el presidente regional, suscitando el aplauso de sus acólitos y la mirada distante de un rival, con el que mantengo «conocidas controversias». Cascos, por su parte, utilizó como vehículo para su despedida palabras de Cervantes, reivindicando la figura del caballero de la triste figura. Aquel Quijote que lúcido para unos y loco para otros cabalgaba, a lomos de Rocinante, retando a sus fantasmas.