C omo todos los avances que cambian la vida del hombre, internet es un blanco apetecible para los creadores de etiquetas negativas. A pesar de las infinitas facilidades que la red de redes ha traído a la humanidad, muchos creen que habría que prohibirla, por ser sinónimo de pornografía y robo de propiedad intelectual, una nueva autopista de 8 carriles para uso y disfrute de pederastas, terroristas y asesinos de todo pelaje.
Ciertamente internet tiene sus riesgos, pero no es intrínsecamente mala. Lo único que sucede es que a medida que más y más personas acceden a esta poderosa herramienta de comunicación, el perfil global de los usuarios se asemeja cada vez más al de la compleja naturaleza del hombre, con sus ángeles y demonios.
De aquella «cosa» que inicialmente servía para ligar de forma anónima (con un simple 'nickname') y para contactar con otros frikis amantes de hobbies minoritarios, llegaron luego las redes sociales y la bendita época dorada del anonimato se fue al traste.
Los adolescentes se dan de alta en 'Tuenti' con nombres y apellidos, ponen cibermarcas en 'Google maps' señalando el lugar preciso en el que viven. Cuelgan las fotos del garito en el que bailaban en su 'fotolog' y suben los vídeos de sus fiestas de botellón a 'Flickr' o 'Youtube'. En este preciso instante, hay miles de usuarios de 'Facebook' rellenando algún estúpido test destinado a saber qué animal pega más con su personalidad, si su marca blanca favorita es Aliada o Hacendado. Y mientras tanto, las grandes corporaciones (las mismas que terminarán comprando toda esa información autorizada y libre de las incomodidades de la Ley de Protección de Datos) se frotan las manos pensando en lo bien catalogados que tendrán a sus futuros clientes. Porque el propio receptor de la publicidad está siendo el responsable de facilitar inadvertidamente toda la información que el anunciante necesita.
Yo me pregunto hasta qué punto no somos responsables de este desaguisado los propios usuarios de las redes sociales. Bastaría revisar la configuración y elevar los niveles de seguridad (no permitiendo compartir datos, por ejemplo) para que nuestra información íntima no fuera - al menos- tan fácilmente accesible. Pero es que vivimos en la era del exhibicionismo cibernético.
Concluyo contando una anécdota en la que me vi involucrado hace un par de meses. Uno de mis compañeros de trabajo me pidió ayuda para localizar «una página web que tiene mi hija donde enseña sus fotos». Bastaron dos minutos en 'Google' para localizar el 'fotolog' de la niña. En aquel momento y después de meses de sospecha, el padre pudo por fin descubrir (y poner cara) al flamante novio de su hija adolescente. ¿Estamos locos o qué?