El Comercio
Francisco Javier Herrero, en su visita la pasada semana a los cursos de verano de La Granda.
Francisco Javier Herrero, en su visita la pasada semana a los cursos de verano de La Granda. / MARIETA

«El Estado debe proteger a la religión»

  • Francisco Javier Herrero Decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Pontificia de Salamanca

  • «La razón no puede echar por la borda el potencial de sentido de las religiones y éstas deben traducir sus contenidos racionalmente»

Decano de la Facultad de Filosofía en la Universidad Pontificia de Salamanca, Francisco Javier Herrero Hernández participó esta semana en el curso de La Granda que reflexionó sobre la cuestión de Dios en la cultura actual. La situación del catolicismo y la Iglesia en España es el eje de la siguiente entrevista que mantuvo LA VOZ con él.

Es casi inevitable empezar con la cita de Malraux: «el siglo XXI será cristiano o no será».

No sé si este pronóstico será verdadero, pero prefiero la otra frase de Rahner: «el cristiano del mañana será místico o no será». Siempre se ha traducido mal, porque el original no es el cristiano sino el hombre piadoso.

¿Y cómo debe vivir la Fe ese hombre piadoso?

Actualmente la Fe vive un tiempo de intemperie. Eso obliga al creyente a tener que ser honesto intelectualmente, a vivir una Fe razonada a partir de experiencias sobre las que se fundamenta. Cuando hablamos de mística nos referimos a ese encuentro originario con Dios encarnado en la figura de Jesucristo.

¿La intemperie es la persecución en países concretos o el laicismo en la sociedad occidental?

Vivimos un momento nuevo para el que nos faltan nombres adecuados. Era algo sobre lo que ya escribía Romano Guardini en 1950. La Fe está en crisis pero porque la sociedad actual está también en crisis. Jürgen Habermas ha acuñado el término de postsecularidad. Se da por fallida la idea central de la modernidad de que la religión iba a desaparecer y se establece una nueva relación entre razón y religión.

¿En qué sentido?

Habermas plantea que es necesario emprender un aprendizaje mutuo entre las sociedades modernas y las creencias, o entre razón secular y fe. Se inicia una nueva época de mutuas tolerancias. La razón no puede echar por la borda el potencial de sentido de las religiones y éstas deben traducir sus contenidos racionalmente.

¿Retroceso del laicismo?

La separación entre el Estado y las creencias es algo que en principio nadie discute, aunque hay alternativas como el modelo de la 'reigious freedom'. Pero esta separación puede configurarse amistosamente o de manera hostil como ocurre con el laicismo más combatiente. Este laicismo cerrado está siendo revisado y obedece a un proyecto político muy concreto.

¿Cuál es?

Se trata de es programa en el que el espacio público se llena y se agota por el Estado y los partidos políticos. Pero la sociedad civil aporta otras fuentes de sentido y una de ellas es la religión. La privatización de la religión es la tesis de fondo de este proyecto. Y esta idea de la neutralización de la religión es la idea que hay que rechazar.

¿Por qué motivo?

Porque ignora el derecho a la libertad religiosa, que es un derecho básico. No se trata de un privilegio que se concede. La libertad es un todo y la libertad religiosa se engarza en los derechos humanos fundamentales. El Estado tiene el deber de proteger y alentar la posibilidad y el ejercicio de ese derecho originario en su pluralidad.

Volviendo a la propuesta de Habermas, ¿cómo debe encauzarse la situación de la religión en el espacio público?

La religión debe traducir de manera racional el potencial de sentido que ella alberga. El suelo común es el de la racionalidad con argumentaciones comprensibles para todos. La tesis de la desprivatización de la religión de José Casanova va en el mismo sentido. Hay que repensar la laicidad en el sentido de los famosos informes de Debray y Stasi, es decir, reconociendo y comprendiendo el hecho religioso como fuente dinamizadora del individuo y de las sociedades

¿Qué debe aportar la Iglesia?

La iglesia católica reconoce sus límites, se autolimita por así decir a su misión más propia: su espiritualidad pero también su comprensión sobre la vida humana y su corresponsabilidad en el ordenamiento del bien común. Es su derecho y no puede replegarse. Y no se puede recurrir constantemente al factor religioso para tensionar la vida política, como dijo ya el mismo Felipe González. La esencia de la religión es fundamentalmente civilizadora y por eso la iglesia está llamada a desarrollar un papel cada vez más decisivo para evitar y superar conflictos.

Sin embargo, las alusiones a la revisión de las relaciones con la Santa Sede y el papel de la Iglesia figuran en la agenda de algunos partidos.

Sí. Pero esto no es lo fundamental. Lo básico es la relación entre iglesia y la sociedad. La configuración de los acuerdos entre el Estado y la Santa Sede es algo circunstancial y puede ser revisado. En este asunto conviene siempre recordar la historia, que aunque no se repita tampoco desaparece. Y pienso en la España de 1931 o la Francia de 1905, donde la hostilidad entre Iglesia y Estado provocaron, además de un dolor inmenso, un déficit en la democracia. En cambio, en la España de 1978, la relación entre Estado e Iglesia fue amistosa y eso resultó beneficioso para la democracia. Es la lección que no se debe olvidar.

El Papa Francisco mantiene la línea doctrinal de sus antecesores, sin embargo entre los ambientes progresistas parece existir una mayor receptividad que a sus predecesores. ¿Es la vía para construir esas relaciones de tolerancia?

Existe una continuidad en el Papado aunque en ciertos ambientes la imagen de Francisco resulta más atractiva. Los últimos Papas son los Papas del Concilio de Vaticano II, que representa la puesta al día de la Iglesia, el 'aggionarnamiento' que dicen los italianos, y que no significa otra cosa que el de intentar responder a las inquietudes de la sociedad actual. La propuesta es una iglesia en salida que propone la alegría de creer. Volver a la alegría del Evangelio. Eso es esperanzador humana y religiosamente hablando.

Y, en esta sociedad postsecular, ¿cómo se convive con otras religiones como el Islam?

El diálogo interreligioso es esencial. Pero lo primero es garantizar para las creencias el lugar adecuado que le corresponde en la sociedad. Y esto exige a las religiones llevar a cabo una labor de autoilustración. Esto vale para la confesión islámica y para todas: hay que actuar conforme al logos, a la razón, porque no hacerlo así es contrario a la naturaleza de Dios, como dice Ratzinger.

Los católicos, con Vaticano II, ya han hecho los deberes y afrontan los retos del siglo XXI. ¿Podemos esperar una misma modernización en otras religiones, como el Islam?

Debemos esperar que también el Islam pueda hacer lo que ha constado tres siglos de grandes sacrificios en el caso de las confesiones cristianas. Y las sociedades modernas tienen que favorecer este aprendizaje. Está resultando difícil y ahí está el testimonio de amor y perdón de los cristianos mártires perseguidos.