El Comercio

El apellido de la música

El apellido de la música
  • Gonzalo Casielles fue el trompetista de la orquesta de la madrileña sala de fiestas Pasapoga en su época más esplendorosa, los cincuenta, y encadenó después con una orquesta Casablanca que le dio entrada a los estudios de grabación de discos y bandas sonoras

Fue el trompetista de la orquesta de la madrileña sala de fiestas Pasapoga en su época más esplendorosa, los cincuenta, y encadenó después con una orquesta Casablanca que le dio entrada a los estudios de grabación de discos y bandas sonoras. Madrid fue para el músico y compositor que a los avilesinos nos gusta decir que es de aquí, pero que realidad nació en Infiesto, Gonzalo Casielles, el trampolín a los escenarios y salas de fiestas más punteras del país. En la capital formó parte de la orquesta de Xavier Cugat durante sus giras de verano y en la costa de Levante pudo conocer a estrellas mundiales como Louis Armstrong, con el que coincidió en la sala de fiestas Jardín, y Sara Montiel. Retazos de un firmamento que a Casielles nunca deslumbró porque tuvo que trabajar duro para vivir de su pasión y superar las secuelas de una parálisis que trastocó su infancia.

Con sólo dos años y medio cuando, un día de octubre, sintió un calor muy intenso mientras correteaba por la planta baja de la casa. El calor le frenó en seco, comenzó a sudar y su madre, asustada, se dejó aconsejar por unas vecinas que achacaron el repentino e inexplicable mal al 'aire de las castañas'. Una ignorancia como tantas en tantas épocas y lugares que se tradujo en una cojera de por vida por la parálisis de la parte derecha del cuerpo. Sigue vivo el recuerdo de levantarse al día siguiente y desplomarse, de no poder hacer nada por sujetar su cuerpo. Durante seis meses reptó por el suelo hasta que un día logró agarrarse a la barra metálica de la cocina de carbón y mantenerse en pie. El tiempo y la constancia hicieron el resto y con nueve años pudo, por fin, comenzar a estudiar en la modesta escuela que hasta entonces había estado cerrada por la guerra.

Pronto descubrió su verdadera vocación fuera de las aulas. Su padre Luis, albañil y pintor de profesión, había aprendido a tocar el trombón en la banda de música cuando cumplía el servicio militar, a pesar de que su madre había reprendido esos coqueteos con la música, zapatilla en mano, argumentado que aquella actividad era de «borrachos y gitanos». Huelga decir, que no sólo no hizo ni caso sino que transmitió sus conocimientos a sus hijos. Y Gonzalo, desde que apareció con aquel onoven que había encontrado por casa envuelto en telarañas, siempre mostró un oído y una habilidad especial para la música.

Con su padre adquirió los conocimientos del primer curso de solfeo que completó con Alberto de la Fuente, que intentaba recuperar la antigua banda de música de Infiesto. De la Fuente, don Alberto para los chavales, le prestó una trompeta vieja y fatigada que ni el buen lustre exterior de su esmerada reparación podía disimular. Apenas unos años de estudio con aquel profesor paciente y riguroso sirvieron para que encomendase a Gonzalo la enseñanza de los niños que entraban en al banda.

En Oviedo, donde la familia se trasladó para buscarse la vida, Gonzalo entró en la disciplina de Esteban Mota Cansado, alférez y subdirector de bandas militares, con el que tocaban el padre y un hermano mayor. Mota no lo admitió como alumno por edad (contaba entonces con once años) pero le prestó un fliscorno para unirse a los ensayos. Quiso la casualidad que ese día no se presentaran ni el fliscorno solista ni el segundo y Gonzalo pudiera demostrar su valía para sorpresa del escéptico director que inmediatamente encargó que le arreglaran un uniforme.

A los 15 años era el primer trompeta de la banda de música de Oviedo y a los 16 años se integró en la orquesta Gran Casino, de Oviedo, que lo sacó de la cantera en la que había entrado como aprendiz a los catorce años. Sus escenarios de trabajo fueron a partir de entonces bodas, bailes, fiestas de verano y hasta alguna misa. No había entonces celebración sin música a cargo de alguna de las múltiples orquestas que surgieron en todo el país.

De Gran Casino pasó a la Royal, luego a la Danubio y a la Capitol, que actuaba en la sala Acapulco de Gijón. Como anteriormente la Gran Casino, esta última se disgregó y Casielles entró a trabajar en las oficinas de Chocolates La Herminia. Poco tardó en llegar una oferta para montar un quinteto en Madrid donde, tras debutar y firmar varias actuaciones, entró a formar parte de la orquesta de la sala de fiestas Pasapoga, dirigida por Arturo Fornés, uno de los mejores trompetistas de España. A los cinco años en Pasapoga siguió la orquesta Casablanca, las giras por el Levante y Baleares y las actuaciones bajo la batuta de Xavier Cugat en verano en Madrid.

Regreso a Asturias

La aventura madrileña concluyó con el declive de las salas de fiestas y en su regreso a Asturias, Casielles entró de conserje del Colegio Público de La Luz. El entonces alcalde, Suárez del Villar, muy aficionado a la música, le propuso dirigir un coro infantil en lo que supuso la entrada de Gonzalo en la composición, con villancicos y piezas para voces blancas a las que poco después sumaría los arreglos y las habaneras en la dirección del coro Centro Asturiano de La Habana.

Con la apertura del Conservatorio Julián Orbón se ganó su plaza de profesor hasta su jubilación. En este centro, Casielles completó una vida musical con la satisfacción de formar a centenares de chavales, entre los que ha salido alguna brillante carrera.

A sus 84 años, a Gonzalo le cuesta negarse a un encargo musical, aunque confiesa sentirse menos ágil que años atrás. Las fuerzas se las insufla su mujer, Cristina, y sus hijos Gonzalo, Cristina, María Eugenia y Daniel, de los que se siente muy orgulloso. Sólo les hace ligera sombra su nieto estadounidense, hijo de María Eugenia, con quien se maravilla cada verano por su pasión interpretativa al violín y al piano.