El Comercio

La producción ecológica gana terreno

Rosa Agudín, con sus sobrinos Diego y Sara y su hijo Javier, de polo azul. A su izquierda, su suegro Emilio Conde y su marido Javier. :: MARIETA
Rosa Agudín, con sus sobrinos Diego y Sara y su hijo Javier, de polo azul. A su izquierda, su suegro Emilio Conde y su marido Javier. :: MARIETA
  • Veintitrés productores están dados de alta en la comarca, la mayoría en Gozón y Avilés

  • Los concejos que mayor superficie dedican a este tipo de agricultura son Illas, con 84 hectáreas, y Gozón, con casi 74

Ella es una de los dos únicos productores de ganado vacuno criado con alimentos ecológicos de la comarca, Nacida en Besullo (Cangas del Narcea), reside en Corvera y tiene su explotación ganadera en Avilés, en La Magdalena. Nacida en el seno de una familia de ganaderos y agricultores, Rosa Agudín no tuvo problema al hacerse con la explotación de su suegra cuando esta se jubiló. Un año después decidió criar a sus más de ochenta cabezas de vacuno de forma ecológica en busca de una rentabilidad que no le proporcionaba los bajos precios de la carne convencional. Vende toda su producción a una cadena de supermercados asturiana y la leche es para autoconsumo. Sus suegros y maridos le echan una mano con los animales. Y los pequeños ya están aprendiendo.

En vez de dejar que las fincas familiares en Corvera se llenaran de maleza, Marcos del Busto decidió copiar a su padre, que siempre las había cultivado para autoconsumo, y plantó manzanos. Las ayudas europeas a la producción ecológica le animaron a plantar 600 ejemplares. Algunos se mueren y otros se caen, pero hay que resignarse porque no se pueden tratar con sulfatos ni pesticidas. Y cuando todo parece que es estupendo porque la cosecha es inigualable, resulta que no hay forma de darle salida porque todos los productores de manzana han tenido una cosecha fantástica. Pese a todo, le gusta y le compensa.

Que la demanda de productos procedentes de la agricultura ecológica está al alza no solo lo confirman desde el sector, sino que es fácil de ver en el comercio. Solo en Avilés se han sumado dos establecimientos en el último año y medio, y algunas cadenas de supermercados han incorporado progresivamente el número de referencias en sus lineales. Alergias, intolerancias o simplemente por concienciación, la ecología gana terreno en los hábitos de vida de un consumidor cada vez más preocupado sobre los efectos de algunos productos químicos sobre su organismo.

Según un informe del Ministerio de Agricultura, una de las principales motivaciones, tanto del comprador ecológico como del convencional, a la hora de elegir los productos de la cesta de su compra es la proximidad de su procedencia, algo que el primer tipo tendrá que pasar por alto en numerosas ocasiones porque la agricultura ecológica apenas es representativa del tejido económico comarcal. No parece extraño en un concejo pequeño y eminentemente industrial como el avilesino, pero en Castrillón, con 55,34 kilómetros cuadrados, solo se cultivan 10 hectáreas, ni el 1% de su superficie total. En el extremo contrario se encuentra Illas, que, aunque poco más grande que Avilés con sus 25,51 kilómetros cuadrados, dedica 84,2 hectáreas, es decir, el 3,3% de su territorio a la rama ecológica.

Entre Avilés, Corvera, Castrillón, Illas, Pravia, Gozón y Carreño, la superficie agrícola ecológica asciende a 293,1 hectáreas, con veintitrés productores y siete elaboradores. Ni en Soto del Barco ni en Muros de Nalón se cultiva ni una sola hectárea en esta modalidad, al menos, no consta en el Consejo de la Producción Agrícola Ecológica del Principado de Asturias, el organismo público dependiente de la consejería de Medio Rural, que se encarga de certificar que el producto que llega a la mesa del consumidor con la pegatina de 'ecológico' efectivamente ha sido producido, elaborado, envasado y comercializado conforme a las normas que rigen este tipo de cultivo y que consisten, básicamente, en no usar pesticidas ni organismos modificados genéticamente.

Si bien en agricultura ecológica, la producción es discreta en Asturias, la ganadería presenta números más optimistas, especialmente respecto al vacuno. En la comarca, solo constan dos productores, uno en Corvera y otro en Illas, pero en toda la región se cuentan 290 explotaciones ganaderas, la quinta comunidad autónoma que más tiene por detrás de Andalucía (3,521), Cataluña (772), Castilla-La Mancha (304) y Baleares (293). Por contra, en agricultura, las 12,003 hectáreas sitúan a Asturias en el vagón de cola, solo por delante de Canarias, Cantabria, Madrid, La Rioja y País Vasco.

La productora de ganado vacuno de Corvera es Rosa María Agudín, que en realidad es de Besullo, la aldea de Cangas de Narcea en la que nació el escritor Alejandro Casona, y que tiene su finca en La Magdalena. Se trasladó a la comarca al casarse y asumió la titularidad de la explotación ganadera de su suegra cuando esta se jubiló. Acostumbrada desde pequeña a trabajar con el ganado, asumió con naturalidad un gestión que decidió transformar en ecológica al año siguiente, en 2008. «Como los precios de la carne estaban tan bajos y había ayudas, nos pareció una buena salida». Y cinco años después, porque dos fueron de reconversión, cree que, efectivamente, es así, que la demanda crece y el consumidor está dispuesto a pagar una carne procedente de ganado que no ha ingerido ningún producto químico. «Si alguna res se pone enferma, yo llamo al veterinario y la trata con normalidad, pero ese ejemplar entra en un periodo de suspensión del doble que uno convencional», explica. Sus más de ochenta cabezas de ganado vacuno comen la yerba natural, sin más abono que el cucho de ellas mismas, y un pienso que ella compra a una cooperativa. La carne se la vende a una cadena de supermercados regional y la leche es para autoconsumo, de sus hijos y de sus sobrinos.

Al contrario que Agudín, Marcos del Busto es uno de los cinco productores censados en Avilés, según los datos más recientes del Copae, pero su huerto está en Corvera, un concejo con 52,2 hectáreas destinadas a la producción ecológica. Una de ellas pertenece a Del Busto. «Es lo mínimo que te exigen para cultivar frutales», explica. Para él esto es un hobby y un pequeño sobresueldo, porque profesionalmente se dedica a otra cosa. «Son unas fincas familiares en las que mi padre siempre cultivó algo para autoconsumo». Como «las fincas de yerba dan mucho trabajo y no aportan nada», él ha decidido sacar un pequeño rendimiento a la tierra plantando árboles, de los que no hay que estar tan pendiente como de las hortalizas o de las verduras. Las épocas de poda o recolección son las más laboriosas pero, en general, es un trabajo compatible con el suyo.

«Los plantamos hace cerca de una década, cuando había subvenciones, y vendemos toda la producción a una cooperativa. Lo de cultivarlos de manera ecológica surgió más adelante y los primeros años la producción fue cero porque entre el trámite de la gestión y la reconversión del terreno pasa un tiempo, dos o tres años». «Aparte de las ayudas, que antes eran más sustanciosas, nuestra manzana es de sidra, que tiene un plus a la hora de venderla», amplía.

«Yo no vivo de esto ni conozco a nadie que lo haga», comparte Del Busto que, no obstante, está pensando en meter alguna planta de kiwi. Solo para probar porque sabe que el riesgo de pérdida en la agricultura ecológica es aún más alto que en la tradicional. A los fenómenos meteorológicos hay que sumarles las enfermedades y plagas, contra las que nada pueden hacer. «Comenzamos plantando 600 manzanos, pero si uno no te lo mata un insecto, te lo tira un árbol. Ahora tenemos menos».

Aunque Marcos del Busto reconoce que «hay temporadas que dices que nunca más», al final el balance es satisfactorio. «El año que es bueno es bueno para todos, entonces tienes una sobreproducción que no sabes qué hacer con ella». Pero como a todo se le va cogiendo el tranquillo, el año pasado con la manzana que sobró de una cosecha excepcional decidió producir sidra natural para casa.

En vías para ser un productor ecológico certificado está Adrián Hopkins, británico afincado con su pareja en Corvera. Cultiva hortalizas y flores en un terreno «pendiente», dice resignado, de 1.500 metros cuadrados. De momento, todo es para su propio consumo o el de sus conocidos, ya que sin aval oficial no puede vender a ninguna tienda. Él ya había trabajado como agricultor ecológico en el Reino Unido y tras instalarse en Asturias, recaló en una finca en Avilés. Ahora, con su pareja, tiene exactamente lo que buscaba. Una casa con finca y una huerta que aparte de darles los productos con los que llenar su despensa les permitirá vivir de venderlos en uno o dos años como máximo. O eso esperan. «Nos gusta estar al aire libre, rodeados por la naturaleza, este tipo de agricultura casa con mi forma de ser y filosofía», explica. Asegura que aquí la gente no está tan concienciada como en su país natal sobre los beneficios de ingerir alimentos, pero esa circunstancia puede variar con el tiempo.

De hecho, fuentes del sector aprecian un aumento de la demanda que no es parejo al de la producción local. En los últimos cuatro años el número de productores apenas ha crecido, lo que se achaca a la falta de ayudas de la Política Agraria Común para la conversión a la producción ecológica. Sin embargo, sí ha crecido el número de industrias y de comercios inscritos en el Copae, lo que avalaría esa mayor inclinación del consumidor hacia este tipo de producción.