El Comercio

Los chalés de La Maruca, del lujo a la ruina

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Interior de una de las viviendas, en la que se han destrozado paredes, techos, puertas y ventanas. / FOTOS: JOSE PRIETO

  • Una parte de las viviendas levantadas por Cristalería Española han sido completamente arrasadas

  • El Barrio Jardín en el que residieron directivos y técnicos es hoy propiedad de la Sareb, que aún no ha encontrado salida a estos terrenos

Antaño fueron lujosos chalés para los técnicos y directivos de Cristalería Española, pero hoy las viviendas de Barrio Jardín no son más que peligrosas ruinas en las que ya apenas queda nada que robar ni pared en la que plasmar un graffiti. Su deteriorado estado actual no impide intuir el lujo que contuvieron estas casas, de estancias espaciosas, gran luminosidad y elementos decorativos de calidad de las que, en algunos casos, han desaparecido hasta parte de las paredes divisorias.

«Es una vergüenza, un espectáculo que parece el escenario de un bombardeo», clama el presidente de la asociación vecinal de Jardín de Cantos, Antonio Cabrera, impotente ante la dejadez de su propietario, la Sociedad de Gestión de Activos Procedentes de la Reestructuración Bancaria (Sareb), que no ha sido capaz de sacarle partido a una zona que podría haberse convertido en una de las áreas residenciales de Avilés con más pedigrí.

Los chalés se fueron desocupando progresivamente, a medida que sus habitantes se iban jubilando. La política fue radicalmente distinta a la de que la antigua Ensidesa puso en marcha en sus viviendas de Llaranes o de la urbanización de Ingenieros, en González Abarca, que se vendieron a sus ocupantes. Las casas de Cristalería se quedaron vacías y sólo una parte de ellas se vendió en el mercado, mientras que el resto cayó en el olvido y se convirtió con el tiempo en objetivo de rateros y gamberros.

Los destrozos son evidentes a primera vista, y sin ni siquiera tener que acercarse demasiado. Estas casas de una o dos plantas, con tejados a dos aguas y un cuidado diseño han sufrido pintadas, carecen de cristales y, en la mayor parte de los casos, incluso las puertas han desaparecido. Si uno se atreve a adentrarse en su interior puede comprobar como no sólo no quedan rastros del mobiliario, sino que ni siquiera se han conservado los sanitarios, que han sido arrancados de los cuartos de baño.

La carpintería interior brilla por su ausencia, y hasta las barandillas de las escaleras han sido robadas. Lo único que puede encontrarse allí son restos de marcos de madera, trozos de palés y basura, mucha basura. Hay habitaciones enteras repletas de neumáticos, cenizas que evidencian que en algún momento allí se prendieron hogueras, telas sucias y destrozadas y, curiosamente, hasta aparece una sillita de bebé abandonada. El lujo se ha evaporado para dejar paso únicamente a la desolación y el desastre. Los antiguos jardines han sufrido una suerte semejante, y hoy no son más que cúmulos de maleza, pese a alguna limpieza esporádica que la presión vecinal ha forzado en esta zona.

«Esto era una zona preciosa, como Falcon Crest, pero por alguna extraña razón se dejaron caer las viviendas», denuncia Cabrera. Incluso las mejores casas, las que ocupaban el director y el subdirector de la planta, que lindan con Raíces, están hoy completamente arrasadas. Situadas junto a las instalaciones de la factoría, en la zona de La Maruca, se levantaron hacia 1950 siguiendo un proyecto de uno de los arquitectos más reputados del momento, el noreñense Enrique Rodríguez Bustelo, responsable del chalé de los Figaredo en Mieres, el barrio Urquijo de Gijón, la sede del Banco Herrero en Sama de Langreo o de la Caja de Ahorros de Asturias, el edificio de Anís de la Asturiana o el convento de las Hermanas Agustinas en Oviedo.

Allí se instalaron los trabajadores más cualificados de Cristalería, que llegaron a Avilés desde la localidad burgalesa de Arija cuando se construyó allí el embalse del Ebro. Hoy, sin embargo, parece que el territorio asolado es el asturiano. El aspecto de esta zona de La Maruca es semejante al que deja a su paso un huracán, capaz de arrasar con todo salvo con la estructura básica de las viviendas que, sin saber muy bien cómo, han conseguido mantenerse en pie.

Aquí donde se levantaron 43 viviendas, muchas de ellas pareadas, a mediados del pasado siglo, y en otras parcelas libres en Jardín de Cantos Novacaixagalicia planeaba levantar hasta 350 pisos, además de ceder una parcela al Ayuntamiento que se iba a destinar a la construcción de un centro social para el barrio. La crisis bancaria y del ladrillo dio al traste con esta idea, y el convenio urbanístico a día de hoy está bloqueado.

La asociación vecinal alerta del riesgo que suponen estos chalés en ruinas. «Aquí hay pernoctaciones y cualquier día va a ocurrir una desgracia», opina Cabrera, que exige la demolición inmediata de estas construcciones. En el estado actual suponen un problema de salubridad, además que de imagen para esta zona, donde son pocos los que se atreven a adentrarse. «Afortunadamente están en un lugar un poco escondido, pero su estado es deplorable», lamenta. El tiempo corre en su contra, y el deterioro se va haciendo más y más palpable a medida que pasan los años.