El Comercio

«El reto es que la gente se acerque al Niemeyer para ver las exposiciones»

José Ferrero ante uno de los edificios del Centro Niemeyer.
José Ferrero ante uno de los edificios del Centro Niemeyer. / MARIETA
  • «Con el dinero público hay que ser muy cuidadoso, pero se pueden hacer cosas interesantes sin llevar a cabo grandes despliegues económicos»

  • José Ferrero Comisario permanente de las muestras fotográficas del Centro Niemeyer

Lleva unos pocos meses trabajando, pero ya ha comenzado a dejar su huella. El fotógrafo avilesino José Ferrero, además de profesor de la Escuela Superior de Arte, ejerce también como comisario permanente de exposiciones fotográficas en el Centro Niemeyer. Él es el responsable, por ejemplo, de la muestra 'Buscando refugio para mis hijos', del fotoperiodista Javier Bauluz, y de la poética colección que cuelga actualmente en las paredes del auditorio, 'Pequeñas cosas en silencio', de Masao Yamamoto.

¿Le encomendaron alguna misión cuando le nombraron comisario permanente?

En realidad no.

Pero imagino que usted se habrá marcado algún reto.

Que la gente venga a ver las exposiciones. Si una vez hecho el esfuerzo, la gente no se acerca, es un poco un fracaso.

¿Cual es el problema? ¿La pasarela no acaba de conectar el Niemeyer con el resto de la ciudad?

Yo creo más bien que los tiempos han cambiado. La gente no entra tampoco en exposiciones normales de galerías, y solo se va a eventos que tienen una difusión muy grande. Esto forma parte de los tiempos.

¿Qué explicación le da a eso?

Que nos hemos acostumbrado a una visión virtual de las cosas, y ese es uno de los grandes inconvenientes. Por eso una de las cosas que busco a la hora de programar es que la obra sea de mucha calidad, no solo artística, sino también material, para que no sea sustituible ver una imagen en una pantalla a verla en directo. Por ejemplo, la sensación que tienes ante estas obras de Yamamoto, que son todas vintage y originales, en este formato que incluso sorprende a la gente, no se obtiene salvo cuando las tienes delante.

¿Por qué ha empezado con Bauluz y Yamamoto?

Había que empezar por algo. No es nada fácil programar aquí porque son cuatro exposiciones al año. Lo quisieras traer todo y no puedes, y no va a ser fácil marcar una línea de trabajo hasta que pasen unos años. Lo fundamental es la calidad, y que sea una obra consistente y consolidada.

Busca arte.

Sí. Se puede ver de esa manera. La fotografía es, de las artes plásticas, la más desconocida. A pesar del bombardeo actual de imágenes se desconoce la obra de gran calidad.

¿Qué veremos en el futuro?

Seguiremos trabajando con la fotografía documental, que no llega con mucha frecuencia a las salas de exposiciones. Para el próximo año está programado también una exposición del grupo MeMo con el que trabaja Manu Brabo. Y la intención es alternar obra más poética con otra más social... tratar de abarcar todos los ámbitos. También intentaré traer una colección anual, que es la manera de ver fotografías de distintos autores y poder comparar, e intentar incorporar fotografía hecha por mujeres.

¿Está a gusto con esta periodicidad?

Me gustaría que se pudieran organizar más exposiciones al año, pero ahora mismo la capacidad que tiene el Niemeyer, por personal y presupuesto, es inviable. Tampoco es un mal plazo, porque una exposición de un mes o mes y medio se quedaría mucha gente sin verla, pero si se pudieran hacer seis al año sería genial.

El Centro Niemeyer

¿Y con la sala?

Pues hay que pelearse con ella. Tiene virtudes e inconvenientes. No está pensada como sala de exposiciones tradicional, y eso a la vez es un reto. Es un espacio exageradamente grande, pero que se puede hacer más pequeño, como ahora mismo, que ocupamos la mitad de la sala, aunque ha sido muy complicada de iluminar. El sitio sorprende y es interesante. Se puede exponer obra pequeña y también de mayor tamaño.

El exconsejero Emilio Marcos Vallaure se quejaba de que no había paredes rectas.

Efectivamente, aunque eso es sobre todo en la cúpula, donde además de curvas están inclinadas. Aquí son curvas, pero eso tampoco viene mal, porque hace que no veas toda la pared de una sola vez, y eso no está mal. Quizás lo más llamativo es la moqueta roja, pero te das cuenta de que al final convive. Es un mal menor. Pero a mí lo que me interesa es lo que está en las paredes, y si la obra es buena lo soporta todo.

¿Cómo ve la marcha del Centro Niemeyer?

Con esperanzas. Por eso acepté incorporarme a esta tarea. Teniendo en cuenta que el centro no tiene mucho personal propio, haber optado por colaboradores externos especializados en cada área creo que es un acierto. El problema es el económico. Se pueden abordar proyectos en función de la cuantía económica de la que se disponga, y el Niemeyer está pagando los platos rotos de épocas anteriores, ese es su gran handicap. Aunque siempre se pueden hacer cosas de calidad adaptándose a los medios.

¿Empezó demasiado a lo grande?

Sí, aunque esa fue la forma en la que se dio a conocer. De hecho, la gente lo recuerda todavía por aquellos primeros tiempos. Lo que ocurre que hubo esa transición tan dañina... Está claro que no se podía haber seguido así, mantener el modelo del inicio hubiera sido inviable, pero para arrancar fue una puesta en escena muy interesante y acertada.

¿Y ahora?

Ahora hay que adaptarse a los medios que hay y a los tiempos que corren, y creo que es bueno que sea así, porque con el dinero público hay que ser muy cuidadoso. Hay que medirlo e, insisto, se pueden hacer cosas interesantes sin necesidad de llevar a cabo grandes despliegues económicos.

Supongo que eso obliga a prescindir de muchas cosas.

Sí, porque cuando hablamos de exposiciones hay que pagar unos seguros y hay unos costes que para los museos o grandes entidades son gastos nimios, pero para nosotros no. Hay que pensar en el que transporta las fotos, en el que las monta... todos son profesionales y eso tiene un coste.