El Comercio

Viñetas filosóficas en el Niemeyer

Juan Cruz y Forges, ayer en plena conversación sobre el escenario del Centro Niemeyer.
Juan Cruz y Forges, ayer en plena conversación sobre el escenario del Centro Niemeyer. / JOSÉ PRIETO
  • «El humor gráfico consiste en decir lo que la gente piensa, pero no dice», asegura el invitado al ciclo de Palabra

  • Antonio Fraguas, Forges, y Juan Cruz derrochan inteligencia y humor en su diálogo

El Ciclo de Palabra que apadrina el Centro Niemeyer tuvo ayer por protagonista principal al humorista gráfico Antonio Fraguas, Forges, en diálogo con el periodista y escritor Juan Cruz, derrochando ambos inteligencia y humor, anécdotas y categorías, ante una audiencia que rondó los seiscientos espectadores en el auditorio.

El acto fue introducido por el coordinador del Ciclo de Palabra, Javier García Rodríguez, quien presentó a Forges desde varios ángulos posibles, entre los cuales el de ensayista filosófico mediante sus viñetas diarias, que «nos permiten entender la realidad en estos tiempos convulsos y feos».

Juan Cruz comenzó la conversación de forma un tanto insólita, estableciendo puentes entre Leonardo da Vinci y la figura de su interlocutor, preguntándose a continuación las causas por las que son tan escasas las sonrisas en el arte de la pintura. La respuesta, yendo un poco más allá, abarcó un periodo que iría desde la Inquisición hasta nuestros calendarios, pues «ahora ocurre lo mismo, los seres inquisitoriales no permiten la sonrisa».

Más dudas planteó respecto de la consideración de Juan Cruz, en la que manifestó que «los curas tienen mala digestión y por eso son tan solemnes». Puso como ejemplo contrario a un amigo, el jesuita Nacho García, asesinado por los militares en El Salvador.

Volviendo a posibles antecedentes en su obra, Forges enmendó la propuesta de Da Vinci para acercarse a Cervantes. «Mi tercer apellido es Saavedra». Todo ello alimentando las risas de la concurrencia, que se multiplicaron al escuchar el relato del policía que hacía guardia ante la antigua Dirección General de Seguridad, al que el viento le arrebató la gorra, provocando que la persiguiera a porrazos. Era el año 1969 y la gracia que suscitó en Forges terminó delante de un comisario por «reírse de la autoridad», lo que entonces estaba muy prohibido.

Tampoco careció de guasa la narración acerca de la ocasión en la que le acusaron de leer «literatura extranjera» por encontrarlo pasando páginas del inefable Guillermo Brown que inventó Richmal Crompton. Y aunque se sintiera contando estas cosas al modo de «mi propio padre o mi abuelo», resumió el franquismo mediante una metáfora que lo identificó con quienes cortan el vuelo de la libertad.

Viniendo hacia capítulos más contemporáneos, Forges negó que una imagen valiera más que mil palabras. Pronunció tres palabras, «concejal de urbanismo», que sin duda servirían de inspiración «para miles de imágenes». Otra perla: «El humor gráfico consiste en decir lo que la gente piensa pero no dice».

En cuanto a su contribución al diccionario, reivindicó como totalmente suya la entrada correspondiente a «ojiplático», un estado de ánimo, diríase, patriótico: «Si no lo tienes ocho veces al día es que no eres español». Y entre unas cosas y otras, el recuerdo y la sincera admiración que profesa por compañeros en el oficio de la viñeta, comenzando por Chumy Chúmez, que fue el que lo llevó por esa senda, Tip y Coll -el más alto se dirigía a Juan Carlos I llamándole «¡Rey mío!»- o el legendario Gila, quien una vez le hizo una confidencia en torno a su pasado en una escuela de pilotos en Moscú, tan inverosímil, que no se creyó hasta que aterrizó en la confirmación de que era cierta. Herencia del surrealismo, acotó Juan Cruz.