El Comercio

Vehículos aparcados de forma irregular en las cercanías al Hospital San Agustín.
Vehículos aparcados de forma irregular en las cercanías al Hospital San Agustín. / MARIETA

El entorno del San Agustín se colapsa por la escasez de espacio para aparcar

  • Las quinientas plazas del subterráneo del recinto resultan insuficientes en horas punta y obligan a buscar alternativas

Es miércoles a mediodía. Francisco Gutiérrez lleva diez minutos en su coche, un Renault Laguna, esperando para entrar en el aparcamiento del hospital. Por delante de él aún quedan otros cuatro vehículos, y ya no alcanza a vislumbrar todos los que hay en cola por detrás del suyo. Su mujer hace rato que decidió apearse para dirigirse a la consulta que tenía programada en Neumología. Temía no llegar a tiempo. Transcurridos unos minutos, Francisco se encuentra por fin frente a la barrera de acceso al parking. Un minuto más y, por fin, el sistema le permite pulsar el botón y obtener el ticket.

La barrera se levanta y comienza una nueva odisea: la de encontrar esa plaza libre en las tres plantas de aparcamiento. Una simple vuelta por el primer sótano le permite comprobar que allí no hay hueco. En el piso inferior divisa uno al fondo. Cuando llega es tarde. Otro conductor ya ha iniciado la maniobra. Finalmente, encuentra un sitio libre. Aparca, memoriza el número y sube al edificio de Consultas Externas. Su mujer ya ha entrado en la consulta.

Situaciones como esta se repiten casi cada día en el Hospital Universitario San Agustín, donde hace mucho tiempo que se quedó pequeño el aparcamiento subterráneo construido a mediados de la década pasada con mucha polémica porque los usuarios no aceptaban tener que pagar por estacionar su vehículo para asistir a consulta o a visitar a una persona ingresada cuando hasta aquel momento era gratuito. Su creación fue paralela a la del edificio de Consultas Externas y la ampliación del centro sanitario, que contribuyó a multiplicar la actividad y las visitas al hospital. Los usuarios han visto en este tiempo como el medio millar de plazas disponibles se han ido quedando escasas en las horas punta, aquellas en las que el horario de consultas coincide con el de visitas.

Hay pocos problemas a primera hora de la mañana, y menos aún por las tardes, cuando el aparcamiento en superficie reservado para empleados del centro sanitario se abre también al público general, pero a eso de las once de la mañana y, sobre todo, los días en los que llueve, lo más frecuente es tener que esperar varios minutos haciendo cola para poder acceder a una plaza de aparcamiento. Los vigilantes de seguridad suelen tener que intervenir para ordenar el tráfico y permitir la salida de los vehículos que no desean acceder al subterráneo.

«Hacer cola y tardar en encontrar sitio aquí es de lo más normal», corrobora Lucía Carmen Pérez. Otros usuarios, como Bernardo Rodríguez, siguen pensando lo mismo que el movimiento social que desató cuando se abrió la instalación, en 2005, que el servicio debería ser gratuito. «Si no, al menos, debería ofrecerse una alternativa», señala.

Hay muchos pacientes y visitantes que ya han buscado esa alternativa por su cuenta. No hay un aparcamiento disuasorio oficial, pero sí abundantes espacios en los alrededores que pueden hacer esas funciones en mayor o menor medida, y esa búsqueda de espacios alternativos para dejar los vehículos ha obligado a vecinos y comerciantes de la zona ha tomar medidas que cada vez son más evidentes.

Barreras y controles

El acceso al bloque de viviendas colindante a los terrenos del hospital, por ejemplo, esta siempre lleno de vehículos aparcados junto a una acera donde, teóricamente, no podrían estar. Esto supone apenas una quincena de plazas, a todas luces insuficientes. En el extremo contrario, un sendero que une el hospital con el Camino de Heros también suele estar plagado de coches a ambos lados de la vía. De hecho, ya se han colocado unas rudimentarias vallas para evitar la entrada de coches en el prado. Alguien, además, se ha encargado de abrir una de las vallas para facilitar la entrada a pie en el recinto del hospital desde allí.

El fenómeno ha llegado hasta tal punto que las urbanizaciones y negocios de la zona con aparcamientos han decidido instalar barreras para controlar el paso de aquellos que no son clientes. Eso ya ha ocurrido en un supermercado cercano, en un restaurante situado precisamente frente a la salida del aparcamiento, en una urbanización y un edificio comercial y, más recientemente, en una hamburguesería, que también ha comenzado a controlar de forma más estricta el uso de sus plazas. La solución a todo esto la tienen muy clara buena parte los usuarios. «Hay que ampliar el aparcamiento», sentencia Pilar Pinar. De su opinión hay muchos.