El Comercio

Las primeras canas

Ayer murió ‘dios dos’. En la Redacción de LA VOZ DE AVILÉS la habíamos bautizado así tras comprobar que ella, también, «estaba en todas partes». Echo cuentas y creo que mis primera canas como redactor jefe de este periódico me las sacó Esther Segovia. Ella estaba en la sección de local y escribía de todo. Lo que le pidieses y lo que ella aportaba. Así que cuando llegaba sobre las cinco de la tarde te indicaba lo que tenía: una página del pleno municipal, una entrevista con un ministro que había acudido a La Granda y con el que además había quedado a cenar, un reportaje sobre unas peticiones vecinales y hasta una crónica sobre la última obra de teatro del Palacio Valdés. Repasabas con ella los espacios, los enfoques, las fotos y... «hala, ponte a trabajar».

Y ahí se mostraba Esther Segovia en estado puro. Seguramente ese día había llegado a la Redacción con el traje de amazona desde El Forcón, había dejado el casco encima de su mesa, al lado de un bocadillo que mordisqueaba de vez en cuando, se apropiaba de un teléfono, se echaba unas risas, provocaba a algún compañero, se daba una vuelta al taller, volvía a hacer diez llamadas telefónicas. Las siete, las ocho de la tarde: «Esther, ¡¡¡no has escrito ni una línea!!! ‘Tranquilo, voy ahora’». Y luego, a lo mejor a las nueve, se sentaba en su silla con las piernas cruzadas en el asiento, y empezaba a aporrear aquella Olivetti a la que nunca le cambiaba la cinta. Y dos horas después, todo el trabajo hecho, titulado, sin una sola repetición. Ni una. «Listo, mañana más».

Así era una de las periodistas más extraordinarias que he conocido y con la que tuve la fortuna de trabajar, a pesar de las primeras canas. No la olvidaremos.