El Comercio

La patada más alta de Marinero

Leticia Marinero, en plena ejecución de un golpe en el gimnasio en el que trabaja.
Leticia Marinero, en plena ejecución de un golpe en el gimnasio en el que trabaja. / MARIETA
  • La avilesina es la primera karateca de la comarca en conseguir el cuarto dan

La avilesina Leticia Marinero es, a sus cuarenta años, la primera mujer de la comarca en alcanzar un cuarto dan de kárate, un grado que revela el nivel de veteranía, experiencia y conocimiento alcanzado por la deportista en este arte marcial nacido en Japón. «Sin el ánimo y el apoyo de mi maestro, Manuel Enjuto, nunca lo habría conseguido. Ha sido fundamental», concede con elegancia y desvelando otra de las características de este deporte, la importancia del entrenador como guía y referente que saca lo mejor del deportista y le anima en su evolución.

Los 'dan' son los grados dentro del nivel avanzado de kárate y se otorgan en el propio centro deportivo. Marinero reconoce que aumentar el dan requiere «mucho tiempo y aprendizaje» y que no es un reto en sí mismo sino el fruto de una evolución y un esfuerzo personal muy enriquecedor. «Requiere mucho sacrificio y las mujeres, con todas las cargas que tenemos encima, lo tenemos complicado para encontrarlo», asegura.

Ella lleva practicando este arte marcial «toda la vida», aunque si fuerza la memoria esa vida comienza a los diecisiete años. «Siempre me gustó este deporte. No sé por qué. Quizás por las patadas y los katas, por la atención que hay que prestar. Pero hasta que no abrieron un gimnasio en el que lo impartían cerca de mi casa no comencé a practicarlo», explica. Comenzó a conocer la filosofía de este deporte y sus primeros movimientos mientras se licenciaba en Derecho, en la Universidad de Oviedo.

Fue una buena estudiante, pero no una abogada vocacional. A ella siempre le había gustado el deporte pero, como sus padres, no se fiaba de que fuera un sector en el que pudiera ganarse la vida. Así que concluyó la carrera y realizó la pasantía en un bufete avilesino. Iba a especializarse en derecho de familia, pero «me aburrió y me desilusionó tanto» que, poco a poco, sin casi darse cuenta, pasó de ser una joven karateca que entrenaba en el gimnasio a convertirse en monitora.

«Ya no estaba en el que empecé. De hecho, el cambio de gimnasio marcó un punto de inflexión en mi progresión. Conocí otro estilo de kárate que me gustó aún mucho más», recuerda. Se formó en otras técnicas deportivas, y desde entonces imparte 'spinning', gimnasia de mantenimiento, defensa personal a mujeres y kárate a los niños.

«Me encanta trabajar con ellos. Son muy espontáneos. Ninguno viene obligado y se ve muy rápido al que le gusta. Aprendemos con juegos, aunque cuando me tengo que poner seria, me pongo» y de esa seriedad no escapa ni su hija, que con siete años ya es cinturón naranja.