El Comercio

Alejandro León durante su charla en el Santo Ángel.
Alejandro León durante su charla en el Santo Ángel. / MARIETA

«En Siria he sido testigo de muchos pequeños milagros»

  • El misionero salesiano en Alepo y Damasco, Alejandro León, explica sus experiencias a los alumnos del Colegio Santo Ángel

Era domingo a primera hora de la tarde cuando comenzaron a caer las bombas en Alepo. Había una docena de autobuses preparados para comenzar a recoger a los niños y jóvenes cristianos por toda la ciudad para llevarles hasta la Casa Salesiana donde, a las cinco de la tarde, el misionero Alejandro León impartiría la habitual misa dominical. El grave peligro para las vidas humanas obligó a detener toda la logística, pero la iglesia se abrió igualmente para la veintena de personas que residían en la zona. En medio de la eucaristía se abrió la puerta y entró un grupo de algo más de una veintena de niños y adolescentes que habían caminado en algunos casos hora y media bajo las bombas para poder asistir.

«Me enfadé muchísimo», recuerda León, que al finalizar la misa regañó a los más mayores, a quienes recriminó su imprudencia. «Ellos me cuestionaron y me preguntaron quién era yo para prohibirles venir a la iglesia», cuenta. No le quedó otro remedio que callarse y valorar a aquellos chicos que se habían puesto en peligro por su fe cristiana, la que procesa alrededor de un diez por ciento de la población siria.

Con jóvenes como esos trabaja Alejandro León, que ayer impartió una charla para el alumnado del Colegio Salesiano Santo Ángel. Él ha estado a cargo de la obra salesiana en el país en los últimos años, aunque ya con anterioridad acostumbraba a viajar allí durante los veranos. «En Siria he visto muchos pequeños milagros», asegura. Milagros como el de ese grupo de jóvenes que arriesgó su vida por ir a misa, o el que cada día lleva a un centenar de jóvenes que trabajan como voluntarios a hacer esfuerzos no sólo por otros cristianos de su comunidad, sino incluso por «los hijos de aquellos que nos están poniendo las bombas».

León llegó a Siria antes de que comenzase la guerra. «Entonces trabajábamos con unos 180 niños en invierno y 250 en verano, pero ahora superamos los 1.200», asegura. Todos esos jóvenes acuden a las Casas Salesianas de Damasco, Alepo y Kafroun cuatro días a la semana, y allí no sólo les ofrecen un almuerzo sino que, sobre todo, les brindan actividades variadas, desde arte hasta deporte. «Nos llaman el oasis de la paz», confiesa. Los pequeños se olvidan allí de sus ciudades destruidas, de las bombas, de la guerra.

Pero los salesianos no solo hacen eso. También prestan ayuda humanitaria. Su proyecto 'Emergencia Siria' les lleva a auxiliar económicamente a algunos centenares de familias de esos muchachos con los que trabajan. A algunas les ofrecen una ayuda mensual de unos 40 euros, que equivale aproximadamente a un salario mínimo en el país, a otras les proporcionan útiles escolares, ropa, o incluso les pagan el queroseno durante el invierno o las facturas de la electricidad. Todo eso es posible gracias al dinero que les llega desde España, de las misiones salesianas y de las oenegés vinculadas a la orden.

Después de la guerra

«Es una ayuda contenida porque no queremos desviarnos de nuestra verdadera misión», dice Alejandro León. Esa es mucho más importante, y consiste en preparar a toda una generación para después de la guerra, en lograr cicatrizar heridas y extender el sentimiento de amor al prójimo. «En la cultura árabe la venganza va ligada al amor, y ahora todos tienen alguien a quien vengar», cuenta. Él, junto con otros dos sacerdotes y un centenar de voluntarios se empeñan en lograr que los jóvenes estén «preparados para afrontar el reto».

De momento hay esperanzas. «Esos jóvenes voluntarios están multiplicando el bien y la semilla está comenzando a dar sus frutos», asegura, al tiempo que reconoce que las relaciones entre cristianos y musulmanes son fluidas y sin conflictos en el país. «Ahora tampoco hay problemas o dificultades a nivel social, pero sí es cierto que la guerra ha hecho que la gente se encierre con los suyos y empiece a rechazar al diferente», señala.

Este salesiano no atisba en final de una guerra que, asegura, no es civil sino «de intereses y dominio más que religiosa», y que cree que sólo se terminará «cuando las potencias que la están apoyando y financiando lo decidan». Allí volverá el próximo martes para continuar con una ingente labor en una zona cada vez más peligrosa. «Las cosas se han complicado mucho desde mayo», afirma.