El Comercio

Más de dos décadas de trabajo con DIFAC para la eliminación de las barreras

Que tiene que haber voluntad política es impepinable, pero Avilés no sería hoy la ciudad que es si no fuera gracias al trabajo de DIFAC desde su creación en 1995. Desde entonces, se han rebajado pasos de cebras, se han construido rampas de acceso como alternativas a escaleras, se ha instalado ascensores en prácticamente todos los edificios públicos y otra serie de medidas que quien no va en una silla de ruedas quizás no percibe pero que para quien se desplaza en ella son de vital importancia.

«Está mal que lo diga yo, pero es cierto que el trabajo de DIFAC ha sido fundamental», reconoce su presidente Julián Valdavida. Pero justo a continuación matiza que «aún queda mucho por hacer», quizás temeroso de que se deje de pisar el pedal del acelerador en la persecución de una ciudad totalmente accesible.

Curiosamente ayer, el día en el que se supo que Avilés había sido elegida por votación popular como el 'Destino Turístico Accesible' de 2016, se celebró la comisión de Urbanismo que esporádicamente convoca el Ayuntamiento para tratar con representantes de DIFAC el estado de las barreras arquitectónicas. «Llevamos a la reunión la necesidad de instalar un ascensor en el Ayuntamiento porque los elevadores que hay no pueden con las sillas eléctricas, también las deficiencias del polideportivo de Los Canapés», el único que no cuenta con baño adaptado ni con solución para que las sillas de ruedas puedan acceder a las gradas.

Aunque todas las obras son importantes, lo principal es que «la ciudad en sí sea accesible». Pero los problemas surgen, a veces, donde no los había como «cuando hacen obras». Acaba de ocurrir, por ejemplo, en la calle de Ramón Granda.