El Comercio

La decisión de dimitir

  • La concejala de Festejos debe evaluar si las irregularidades detectadas en su departamento son suficientes para marcharse, aunque no se hable de delitos

¿Debe dimitir Ana Hevia como concejala de Festejos tras concretarse las irregularidades de las facturas falsas que dieron origen a la exclusiva de LA VOZ DE AVILÉS sobre lo sucedido en esa concejalía? Es sin duda la pregunta de la semana tras la petición hecha en ese sentido por todos los grupos de la oposición y tras conocer los argumentos de la propia interesada y del equipo de Gobierno.

Hay cosas que no se discuten sobre algunas peculiaridades de esta concejalía, que la hacen diferente al resto de áreas municipales. Tener que solventar sobre la marcha algunas cuestiones que surgen en la organización de algunas actividades, de las que en ocasiones depende que esos eventos salgan adelante o tengan que suspenderse, es algo que probablemente surja en más ocasiones de las que uno se pueda imaginar.

El Aula de Cultura de este periódico puede dar fe de ello cuando ha participado en la organización de Bitácora, por ejemplo. Una plancha para cocinar, un arcón de frío o un vigilante jurado para una exposición de pintura o de fotografía fueron peticiones realizadas sobre la marcha al gerente de Festejos, Rubén Arias, que éste solventó con rapidez y absoluta profesionalidad. Cuestiones que no estaban previstas, pero que fue necesario afrontar y que vienen a corroborar lo que se ha dicho esta semana sobre esas particularidades de Festejos.

Tampoco ofrece dudas –conociendo a la concejala y al gerente de Festejos– que todo el dinero anotado ahora bajo el epígrafe de «irregular» se haya empleado en pagar cuestiones relacionadas con las actividades organizadas. Y en ese sentido no se habría provocado ningún quebranto a las arcas municipales. Se habla de una cantidad de algo más de 10.000 euros sobre un presupuesto total de más de 800.000, dice también el informe de Intervención.

Sentado todo lo anterior, a lo que se puede sumar una dedicación y un trabajo que nadie discute a Ana Hevia, hay en este asunto una serie de certezas que son las que llevan a todo el mundo a considerar que ha habido cosas que no pueden ventilarse diciendo que todo se debió al objetivo final de hacer unas fiestas de altura.

Tanto el informe de Intervención como la auditoría externa confirman el hecho más grave de todo este asunto: la falsificación de facturas, que fueron adjudicadas a personas que nada tenían que ver con la organización desde hacía años. Si la Agencia Tributaria no llega a reclamar a esas personas el dinero que supuestamente habían recibido por un premio en el Antroxu, quién sabe si a estas alturas no se seguiría manteniendo el mismo proceder, irregular a todas luces, y ya se vería hasta cuándo.

Ni siquiera sirve como disculpa esa necesidad de afrontar sobre la marcha esos gastos imprevistos que pudieran surgir, como se comenta líneas atrás, pues la concejalía tenía hasta tres meses para justificar todos esos pagos no «presupuestados».

El caso de estas facturas falsas, más allá de que la cantidad sea pequeña, nos habla de una mala praxis en los procedimientos administrativos de este Ayuntamiento, en donde aparentemente la Intervención municipal no detectó estas irregularidades. También se podrían pedir responsabilidades a los grupos de la oposición y preguntarse qué tipo de control ejercen en la labor del equipo de Gobierno.

Podrían preguntarse muchas cosas, pero hay algo que es incuestionable: la máxima responsable de la concejalía de Festejos, que es donde han sucedido estos hechos, es Ana Hevia. A partir de ahí, en un tiempo en el que la sociedad en general ha dicho basta respecto a usos y costumbres que hasta no hace tanto se daban como buenas en aras de una mayor agilidad administrativa, le corresponde a ella evaluar el grado de importancia de este caso para presentar la dimisión o seguir en el puesto.

De momento ya ha dicho que no piensa hacer lo primero por entender que no ha cometido ningún delito y que nadie se ha llevado un euro a su casa. Eso se da por hecho. Lo que no sé es si con el paso de los días encontrará otras razones que la hagan abandonar su puesto, como responsable máxima de una concejalía en la que se han detectado graves irregularidades.

El pasado 12 de junio escribía en esta misma sección, bajo el título «La música en Festejos y Cultura suena mal» lo siguiente: «A los políticos hay que exigirles siempre que tengan claro, sobre todo cuando tienen responsabilidades sobre determinadas áreas, que su primer deber será siempre velar por los intereses de los ciudadanos que los eligieron para que en su labor no aparezca nunca la más leve sospecha de arbitrariedad o irregularidad».

En Festejos las irregularidades han quedado certificadas. En Cultura la arbitrariedad colea en el Conservatorio de Música, en donde la concejala del área, Yolanda Alonso, sigue permitiendo la ilegalidad de una presidenta de la AMPA que no puede serlo, mientras PSOE, PP, Somos, Ganemos y Ciudadanos miran para otro lado en ese y otros aspectos, como por ejemplo, y posiblemente el más grave, saber por qué las inspecciones educativas no se firman y las supuestas irregularidades se denuncian sólo de palabra.

Hasta el momento sólo IU ha sabido estar a la altura, entre otras cosas para exigir que el Principado asuma el presupuesto íntegro del Conservatorio de Avilés, como ya lo hace con los de Oviedo y Gijón.

Por 55 euros

Hace más de treinta años, la junta directiva de la UCAYC se asombraba cada mes de diciembre de que una entidad bancaria de las de renombre, con oficina central en el cogollo de la ciudad, se negara a pagar 5.000 pesetas para colaborar con la iluminación navideña. Una fórmula –nadie discute si es la mejor o no– para que el Ayuntamiento no tuviera que correr con el cien por cien de la factura. Aquello provocó situaciones que se han venido repitiendo en el tiempo: comerciantes, hosteleros y centros de servicios que se niegan a pagar y que permiten que a su lado haya otros negocios que sí afrontan el gasto tras entender que la iluminación navideña beneficia a todos, a toda la ciudad en general.

Hoy, treinta años después, calles enteras o tramos de algunas de ellas, se quedarán este año sin iluminar porque hay mucha gente que no está dispuesta a pagar 55 euros. Algunos nos hemos quedado muy solos.

Cuando hablamos en ocasiones de solidaridad, de ayudar, de arrimar todo el mundo el hombro, de tener claras las ideas sobre la necesidad de promocionar la ciudad en todos los aspectos, uno se sorprende todavía de ver a gente que le va extraordinariamente bien en los negocios –si es de hostelería, supongo que será gracias a sus clientes, la mayoría de Avilés– y que no sólo se aprovecha de las circunstancias especiales de una zona azul, por ejemplo, sino que se escaquea con disculpas peregrinas para no aportar 55 euros para que su calle esté a la altura estas Navidades. Pobre gente rica.

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