El Comercio

«En pareja es importante saber a qué jugamos y respetar las reglas»

Natalia Millán
Natalia Millán
  • Natalia Millán disfruta con el buen sabor de boca que le deja 'La Mentira' tras cada representación, aunque la haya sumergido en un mar de dudas

«Te quiero». «No me imagino estando con otra». «Hoy voy a tomar una caña con los colegas al salir de la oficina, igual llego un poco tarde». Y suma y sigue. Son mentiras. Mentiras que construyen una relación. Mentiras que la destruyen. Mentiras con las que juegan durante hora y media Carlos Hipólito, Natalia Millán, Armando del Río y Mapi Sagaseta en una divertida comedia que solo se podía llamar 'La mentira' y que el próximo viernes representarán, a las 20.15 horas, en el Teatro Palacio Valdés. Alicia (Natalia Millán) sorprende al marido de su mejor amiga con otra mujer y esa misma noche van a cenar juntos. Su marido (Carlos Hipólito) le aconseja que no diga nada.

-¿Hay que decirlo o no?

-Antes tenía dudas, pero ahora sí que no tengo ni la menor idea de lo que hay que hacer (risas). En realidad, nunca he sabido lo que es mejor, porque hay parejas que, de repente, se arreglan y tú te quedas ahí pensando 'Ay, Dios mío, no se lo tendría que haber dicho'. Como lo de saber si te ponen los cuernos. Antes tenía clarísimo que sí quería saberlo, ahora tampoco lo tengo tan claro (risas).

-¿Es mejor vivir en la ignorancia?

-Uf, no lo sé, qué difícil... Si uno pudiera asomarse al último día de su vida y saber qué va a pasar... Lo de la verdad y la mentira es muy complicado. Solo sé que yo antes era una defensora de la verdad a ultranza y ahora ya no tanto.

-¿Hay mentiras, entonces, que tienen un pase?

-Las hay, incluso, que son deseables y beneficiosas. Tanto en la pareja como fuera de ella. La cortesía es bastante mentirosa, pero necesaria porque es importante hacer feliz a la persona que está a tu lado. La respuesta que he encontrado es muy simple: se puede aceptar una mentira si su fin no es el de hacer daño a alguien.

-¿Dónde está el éxito de una pareja?

-Hay que ir venciendo escollos, yo creo que eso lo sabemos todos. Aunque puede ser que no superes uno determinado y eso dé al traste con la relación. De todas formas, cada pareja es un mundo y es importante saber a qué estamos jugando y respetar las reglas del juego. No vale que tú me pidas que yo sea sincera y tú no lo seas. O que haya un pacto de fidelidad y uno no lo cumpla.

-¿Hay algún ingrediente imprescindible para que una relación funcione?

-El respeto es fundamental. Es difícil, muy difícil, volver atrás si alguna vez llega a perderse. Cuando uno se enamora querer es muy fácil, pero también hay que aprender a querer lo que no te gusta, esas zonas un poco más oscuras que descubres cuando se pasa la fase de idealización que es el enamoramiento. Si lo superas, el amor será más profundo.

-Los protagonistas de 'La Mentira' son dos parejas. ¿En qué se diferencian?

-Aquí todos somos mentirosos, aunque quizás la mía respeta más las reglas del juego.

-¿Cómo es Pablo (Carlos Hipólito), su marido en la función?

-Es más ingenuo de lo que parece y muy simpático. Carlos interpreta a Pablo magistralmente, un 'mentirosillo' que se va metiendo en una rueda cada vez más grande con cada mentira. Es, precisamente, el riesgo de empezar a mentir.

-Y, al parecer, la situación se desencadena porque su marido no quiere cancelar la cena porque ya ha abierto una botella de vino.

-¡Nos ponemos de vino hasta arriba! (Risas). Todo el mundo nos lo pregunta. No, no es vino. Si yo me bebiera tres copazas como en la función, se me notaría enseguida. Lo que bebemos es mosto, que está muy rico.

-¿Hay un patrón tipo de adúltero?

-Yo creo que hay muchas clases de adúltero.

-¿Y de adúlteras? Porque parece que solo hablamos de ellos

-Ya, cierto. Alguna vez he leído que nosotras somos igual de adúlteras que ellos, pero yo no me lo creo. Igual es porque soy una antigua, pero creo que nos cuenta más ser infieles. Nos cuesta más trabajo disociar el deseo sexual del sentimiento y eso limita nuestras posibilidades. Conste que soy súper feminista, creo en la igualdad de derechos, pero pienso que somos completamente diferentes.

-¿La obra es un tratado conyugal?

-¡De lo que no hay que hacer! (Risas). El libreto es buenísimo, está muy bien construido. Escrito por un autor súper joven (Florian Zeller), que cada cosa que escribe convierte en éxito. El tema no aporta nada distinto de lo que ya todos sabemos, la diferencia está en el tratamiento y en cómo está construida.

-¿Tiene la función un efecto catártico?

-Por lo menos te hacer reír. El humor es lo que salva a este mundo raro y te permite verlo desde otra perspectiva. Conste que los personajes están sufriendo mucho, aunque desde la butaca te rías. Reírnos de nosotros mismos es curativo. Además, Claudio (Tolcachir, el director) lo ha tratado con mucha sinceridad. Era fácil convertir el texto en una caricatura, en algo liviano que va al chiste fácil, porque los tiene. Sin embargo, Claudio, que no se suele mover en el teatro convencional, decidió que lo hiciéramos desde la verdad, en contra del pacto del teatro, que es el único sitio donde tenemos que mentir bien.

-¿Recibir un aplauso tras haber hecho reír al público deja otra sensación en el cuerpo que tras terminar un drama, por ejemplo?

-La sensación es distinta, sales de muy buen humor de trabajar. Hasta cuando tenemos doble función, que es durillo, el cansancio se lleva mejor. Cuando haces un drama de esos en los que te dejas la piel, y que es más agotador psicológicamente, yo sí que diría ahora que es catártico para el actor. Con ellos te atreves a mirar cosas en el personaje que no harías contigo, es muy liberador.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate