En busca de nuestros orígenes

Ángel Villa, en una visita a la ciudad en la que se crió.
Ángel Villa, en una visita a la ciudad en la que se crió. / PATRICIA BREGÓN

POR C. DEL RÍO

Ángel Villa Valdés (Oviedo, 1963) recibió hace pocos días una fotografía de su etapa de instituto en los Salesianos de Avilés. Poco dado a compartir historias personales en público, pensó por un momento en colgar aquella instantánea teñida de un ligero color amarillento, propio del paso del tiempo por el papel fotográfico, en alguna red social. No lo hizo. ¿Qué sentido tendría compartir algo en esas cuentas que mantiene solo por cuestiones profesional y no por una verdadera necesidad de comunicarse, algo que reserva para su círculo de confianza? Discreto y reservado, el rigor es otra de las características de un arqueólogo al que el lenguaje corporal delata. La cuestión es que reservó para él la fotografía que es memoria de una época feliz y llena de oportunidades: la de su infancia y juventud en Avilés, antes de saltar a la profesional, vinculada a Oviedo.

Primogénito de Ángel y de Carmen, Ángel Villa nació en Oviedo, la ciudad natal de una madre por la que siente un indisimulado orgullo. Ella fue, mucho antes que él, protagonista de noticias en la prensa local al haber sido la primera mujer que continuó trabajando en Ensidesa una vez casada. Hoy en día puede parecer baladí, pero entonces no lo era y la decisión de su progenitora, en contra incluso de la opinión de su marido, la delataba como una mujer avanzada a su época que se negaba a recluirse en su hogar dedicada exclusivamente a las tareas domésticas.

Después, el protagonismo mediático recayó en él muy a su pesar. No fue por su rigor investigador o por los descubrimientos en excavaciones por toda la región, sino por el mal entendimiento con los responsables de la administración pública para la que trabaja. Siempre dio la cara y demostró su exquisita educación en el trato con la prensa, pero el sinsabor y la decepción le han quedado en el cuerpo y le disgusta recordar unos capítulos que duraron demasiado tiempo.

Dirigió el plan arqueológico del Navia-Eo y fue responsable de las campañas más relevantes del occidente

Con el carpetazo judicial, Ángel disfruta de una etapa profesional más tranquila en la que pasa más horas en despachos y entre libros que en los montes y laderas en las que ha planificado y excavado durante años en busca de la identidad de la región asturiana. Curioso giro profesional de alguien de ciencias que valoró estudiar Medicina. Cuando en su casa escucharon lo de Historia el disgusto fue mayúsculo, pero con los antecedentes familiares sospecharon que la determinación del hijo no iba a ser menor que la de la madre. Inútil, por tanto, intentar que Ángel desistiera de unos estudios que lo volverían llevar a Oviedo, ahora de forma definitiva.

Fue en 1986 después de haber vivido desde bebé en La Luz, en Llano Ponte y finalmente en Llaranes, barrio al que llegó el 20 de noviembre de 1976. Era un espacio conocido, donde impartían clase los salesianos, y con numerosas oportunidades para practicar deporte o cultivarse culturalmente, lo que visto en perspectiva parece irreal y hasta mucho mayor que la oferta actual, aunque objetivamente quizás no lo sea.

Excavaciones y proyectos

En la Universidad formó parte del equipo dirigido por el catedrático Miguel Ángel de Blas Cortina que trabajó en las necrópolis megalíticas del Aramo o en las minas de cobre de Riosa, y también con Elías Fernández Carrocera, en las excavaciones en distintos castros. En 1988 dio sus primeros pasos profesionales en una empresa de arqueología, en la que firmó los inventarios arqueológicos de concejos como Villaviciosa, Grandas de Salime y la comarca de los Oscos.

Su entrada en la administración regional le permitió diseñar diversas las líneas de actuación para un Museo Arqueológico que ya parecía entonces su destino soñado. Antes de que llegara, en abril de 2015, dirigió el Plan Arqueológico del Navia-Eo, por el que entre 1995 y 2009 se planificó la intervención en los yacimientos del occidente asturiano, tanto en tareas de excavación como de conservación, restauración e incorporación a un museo. Por ejemplo, el del Chao Samartín o el etnográfico de Grandas de Salime, al que aportó de forma altruista material de la armería que su abuelo había tenido en Mieres.

Miembro del Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA), Ángel Villa compagina la intensa labor investigadora e intelectual de esta institución y del Arqueológico con la vida familiar y con una guitarra eléctrica que toca en privado, tratando de mejorar unas aptitudes musicales que no están a la altura de las investigadoras. Asegura que son nulas, pero puede que exagere porque la tuna lo acogió con los brazos abiertos durante su etapa universitaria.

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