Las carrozas de El Bollo homenajean los orígenes

Mercedes Vaamonde trabaja con una manzana con la botella de sidra suspendida al fondo. /  P. BREGÓN
Mercedes Vaamonde trabaja con una manzana con la botella de sidra suspendida al fondo. / P. BREGÓN

Los artesanos de la Cofradía de El Bollo y la asociación de vecinos Santa Bárbara de Llaranes dan los últimos retoques a sus creaciones Recrean la que inauguró la fiesta hace 125 años y la diseñada por Ensidesa en su participación de 1968

C. R. AVILÉS.

El Bollo conmemora su nacimiento hace 125 años con una réplica de la única carroza que entonces, aquel domingo 2 de abril de 1893, inauguró una nueva fiesta asentada hoy en el calendario de la ciudad y declarada de Interés Turístico Nacional. El nombre de promotor, Claudio Luanco, es recordado año sí y año también, pero en este 2018 la Cofradía de El Bollo ha querido ir un paso más allá recreando aquel vehículo festivo que entusiasmó a unos avilesinos ávidos de celebración tras meses de crispado debate político a propósito del emplazamiento de la estación del tren.

No hay documento fotográfico conocido que refleje el vehículo desde el que se repartieron bollos y botellas de vino entre los asistentes, pero sí información periodística que ha servido a la Cofradía y a su artesano, Pepe Espiña, para trabajar en una carroza que representará un carro lleno de bollos tirado por caballos. Habrá, no obstante, algunas diferencias notables, porque tanto los equinos como el carro eran de verdad en 1893, mientras que los del próximo domingo y lunes serán de poliespán.

En ellos trabaja sin descanso Espiña, al que la idea de recrear esta carroza original le ha parecido «muy buena». En ella ha tratado de esculpir unos caballos «realistas y épicos» que, a decir verdad, no le han dado demasiado trabajo. «La técnica está dominada, como siempre lo más difícil es asentar las fijaciones de las figuras para que no se muevan», explica mientras trabaja en una carroza que dejará lista, previsiblemente, el último día.

La prensa de antaño publicó que «las bombas reales» despertaron al vecindario a las seis de la mañana para recorrer después las calles con una diana y una alborada a cargo de la banda municipal de música y de gaiteros, respectivamente. A las nueve se celebró una misa solemne en la iglesia de San Nicolás de Bari y, una hora más tarde, Antonio María Valdés Arias-Carvajal (Aneroyde), abogado y redactor de El Diario de Avilés y años después de LA VOZ DE AVILÉS, leyó una proclama desde un balcón de la fonda La Serrana, en el que sería el primer pregón de la fiesta. Tras sus palabras partió el desfile con la carroza diseñada por el maestro de obras Armando Fernández Cueto, El Parafuso, y tirada por cuatro caballos cedidos para la ocasión por Javier Maqua, marqués de San Juan de Nieva.

Recorrió las calles del centro y descendió por La Cámara y, en vez de dirigirse al Parque del Retiro, accedió a los soportales de la plaza Nueva o de las Aceñas debido a la lluvia. La carroza con los bollos y el vino llegó poco antes del mediodía y recorrió entre aplausos el recinto interior de la plaza. La banda municipal ofreció un concierto con baile, que también se celebró bajo los arcos de la plaza.

La carroza de Ensidesa

Al igual que la Cofradía de El Bollo, la asociación de vecinos Santa Bárbara de Llaranes ha querido reproducir la carroza con la que Ensidesa participó en la fiesta hace cincuenta años, en 1968. De esta sí hay fotografía y en ella se puede ver una botella suspendida en el aire y fijada a la base por el chorro de sidra. Hoy esta ilusión está más vista, pero entonces fue un alarde de espectacularidad muy en consonancia con la fuerza y el arraigo que representaba la empresa siderúrgica en Llaranes y en el resto de Avilés. Tras la sidra escanciada se extienden unas manzanas caídas de una cesta colocada al final de la plataforma en vertical. La artesana Mercedes Vaamonde reconoce que le gusta un diseño en el que lo más complicado ha sido fijar la cesta a la base. «Llevamos dos días peleando con ella por la inclinación que tiene», confiesa.

Reconoce que se pensó si aceptar el encargo cuando se lo ofreció Gabriel Alzola, el presidente de la entidad vecinal, que le recalcó que la botella tenía que «ir volando». «Me dio miedo, pero luego ya vi que no tenía ninguna dificultad», afirma. Ahora solo falta que guste tanto como entonces.

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