Cuarenta años de compromiso con el Santo de su devoción

María Antonia tornero junto a su hábito de cofrade y la imagen de San Pedro en Rivero. /  PATRICIA BREGÓN
María Antonia tornero junto a su hábito de cofrade y la imagen de San Pedro en Rivero. / PATRICIA BREGÓN

Tras cuatro décadas junto a San Pedro, María Antonia Tornero es una de las integrantes de la cofradía de Rivero que ha recibido su medalla

EVA FANJUL AVILÉS.

Hace 39 años que María Antonia Tornero llegó a la Cofradía del Santísimo Cristo de Rivero y San Pedro Apóstol. A diferencia de otros miembros, no ingresó en la hermandad por tradición familiar, ni por iniciativa propia. Fue su hija pequeña, con a penas cinco años, la que la empujó a unirse a la cofradía de San Pedro, un vínculo que mantendría para siempre. «Cuando la niña vio la procesión con San Pedro y los niños que le acompañaban le gustó tanto que quiso participar y como una amiga mía tenía ya a su hija aquí, pues nos animamos y aquí sigo y seguiré hasta que me muera», afirma.

María Antonia participó durante muchos años en las labores de limpieza y mantenimiento de la capilla de Rivero y en todo lo que se terciase en la parroquia avilesina. Ahora, ya hace tiempo que la actividad no es la misma. Aunque no lo demuestre, el desgaste de los años y su larga vida de trabajo como cocinera en el San Agustín le han pasado factura. Así que, aunque le gustaría colaborar más con la cofradía, no le queda más remedio que adaptarse y ayudar en lo que le es posible. «Sobre todo vendo lotería, todo lo que puedo», explica sonriente.

La lotería para María Antonia es su familia, hijas y nietos de los que habla orgullosa, y estar cerca de su querido, San Pedro. De hecho, su bien más preciado es el hábito de cofrade, del que en alguna ocasión dijo «se llevaría a la tumba», pero que al final ha donado para que sea otra persona la que procesione con él y por ella, ya que, desde hace tiempo llevarlo le resulta imposible.

Eso sí, a lo que no renuncia es a que la tradición prosiga en las nuevas generaciones de la familia y ya tiene encargados los atuendos procesionales de San Pedro para sus nietos gemelos, que son como «el ver de sus ojos». Cuando habla de ellos se le ilumina el rostro y más cuando piensa en que algún día ellos portarán al Santo de su devoción.

Otra cosa que le toca el corazón es recordar cuando sus hermanos cofrades le entregaron la medalla de honor. Un tesoro que luce orgullosa y de la que no piensa separase nunca. «Siempre he tenido unos hermanos mayores maravillosos, tanto los de antes como el de ahora que es una joya», dice emocionada.

Ahora, cuando se le pregunta qué representa para ella San Pedro, la respuesta es concisa pero rotunda: «ay, me diste en el clavo, porque yo soy muy creyente y pertenecer a la cofradía de mi San Pedro, un santo en el que crees, es algo maravilloso». Es consciente de que no todo el mundo entiende el fervor de los cofrades, pero recuerda que lo importante es el respeto mutuo.

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