El discurso escrito sobre acero

Benjamín Menéndez, en la Factoría Cultural, donde imparte clases de cerámica. / MARIETA
Benjamín Menéndez, en la Factoría Cultural, donde imparte clases de cerámica. / MARIETA

Benjamín Menéndez es el artista (con perdón) de 'Avilés', la escultura de la avenida Conde de Guadalhorce que se ha convertido, si no en el símbolo de la ciudad, sí al menos en el de la recuperación y la mirada hacia el futuro de una villa desnortada tras la reconversión industrial. Un homenaje al que el escultor, pintor y enseñante (profesiones en las que se siente mucho más cómodo y holgado que en la de artista) dedicó en 2005 sus materiales más representativos tras haber sido vigía y escribano gráfico del desmantelamiento de parte importante del escenario de su infancia. Por más que Benjamín Menéndez (Avilés, 1963) haya necesitado del color y la luz de Marruecos e Ibiza para crecer y ampliar horizontes, sus primeros años han marcado y orientado una obra que enraíza con la tradición industrial que vivió y le marcó desde niño.

A sus 54 años aún tiene mucho de aquel chaval tranquilo y aficionado al dibujo y a la pintura que disfrutaba de las clases en el barrio y aprendía a querer la naturaleza en la finca de su primo segundo en Villalegre. Pronto destacó y los primeros premios animaron una formación que comenzó en Llaranes con Martín de la Vega y continuó en la Escuela de Artes y Oficios de Avilés antes de ingresar en la de Arte de Oviedo. A la escultura, quizás la disciplina que más le define, no llegó hasta el sexto año de carrera. Una asignatura con Daniel Gutiérrez le había descubierto las posibilidades de la técnica y un material que poco después moldearía también para enseñar a sus alumnos. Porque además de artista (con perdón), Benjamín Menéndez siempre se ha sentido profesor y ya con dieciocho años impartía talleres en los campamentos de verano de algunos colegios concertados y en Taller 3, entonces una iniciativa privada y hoy entidad que gestiona la Escuela Municipal de Artes Plásticas y Escénicas de Oviedo. En ese ejercicio mental y psicológico que acompañan a la creación artística, Menéndez trata de sacar lo mejor de cada alumno, sea adolescente o raye ya la senectud.

Interesado por el concepto espacial de la obra artística y las formas, ha encontrado en la pintura y la escultura la mejor forma de contar historias a los demás, incluso de representarlas para sí mismo. Un diario en tres dimensiones que no necesita de tinta, pero sí de una perspectiva que va dando el tiempo, la reflexión y el análisis. Nunca ha tenido prisa y a su paciencia ha añadido la cautela, una necesaria prevención hacia lo desconocido y la protección del respaldo cercano.

Su trayectoria ha ido siempre en ascenso. Fue terminar la carrera e inaugurar su primera exposición individual en 1984, 'Fragmentos de una Naturaleza', en la Escuela Municipal de Cerámica de Avilés, becada por el Principado de Asturias. La exposición individual junto con el respaldo de una institución, premio o beca es el espaldarazo casi definitivo para cualquier creador. Ese mismo año fue seleccionado en el prestigioso Certamen Nacional de Luarca, del que sería Premio del Ayuntamiento de Valdés en 2006 por 'El principio de un sueño'.

Pero se fue en busca de luz, sol y nueva inspiración poco después de estrenarse en solitario en el circuito artístico. Se sabía muy condicionado por el negro y blanco de la industria, y aunque cómodo en esos tonos, quería ampliar horizontes. Vivió en Marruecos, en la madrileña sierra de Gredos, en Palma de Mallorca e Ibiza, estancias fundamentales en el devenir de su obra, empapada en la alegría y color de territorios bañados por el sol. Fueron cinco años más bien rurales, en los que aumentó su conexión con la naturaleza, con ese campo que siempre ha llevado muy dentro.

Con el color entró la dualidad en su obra, con la alegría de los rojos, amarillos, azules y toda la gama de secundarios en su pintura figurativa y los neutros para la escultura y las videoinstalaciones en las que contó el derribo de la cabeza de Ensidesa. Sintió la necesidad de reflejar la desaparición de una industria en cuya construcción habían participado sus antepasados, incluido un abuelo maquinista especializado en la tecnología europea más avanzado que Entrecanales se trajo desde Cartagena. Al Llaranes que había dejado volvió en cuanto se enteró de los planes para derruir algunas infraestructuras siderúrgicas simbólicas. Alquiló una vivienda en Bustiello, atalaya desde la que divisaba monte, mar e industria, y se metió de lleno en 1999 en una 'Caja de Herramientas' que ha abierto en varias ocasiones para continuar la desaparición de otras instalaciones.

Defiende la belleza de un Bustiello que cambió por el corazón de Asturias. En Llanera instaló definitivamente su residencia y sus talleres de pintura y cerámica (este último obra del arquitecto Diego Andrés Llaca y Premio Asturias de Arquitectura 2014) como punto estratégico de un trabajo itinerante que al principio lo movía entre la propia Llanera y Candás y ahora hasta Avilés, donde imparte clases de cerámica en la Factoría Cultural.

El discurso continúa porque Benjamín Menéndez aún tiene muchas cosas que contar.

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