La ría de Avilés diversifica sus servicios con una empresa de buceo profesional

Un buzo, ayer en la margen derecha de la ría avilesina antes de introducirse en el agua. / JOSÉ PRIETO

El nuevo proyecto centra su actividad en la inspección y reparación de buques e infraestructuras submarinas e industriales

J. F. GALÁN AVILÉS.

Cyana es el nombre de la primera mujer buzo de la historia y el de una nueva empresa de buceo profesional recién asentada en el Puerto de Avilés, Cyana Trabajos Subacuáticos. Ubicada en la margen derecha de la ría, en la zona de varada que se abre entre los muelles de Arcelor y Valliniello, ofrece un amplio abanico de servicios, desde inspecciones de buques hasta construcción y reparación de infraestructuras sumergidas, parques eólicos marinos, instalaciones asociadas a presas o saltos de agua, conducciones o depósitos industriales. «Trabajamos en cualquier sitio en el que haya agua, dulce o salada, en la costa o a muchos kilómetros de ella», resume el avilesino Miguel Monforte, gerente de la empresa y buzo con dilatada trayectoria.

Es una profesión de riesgo con una altísima tasa de siniestralidad. Un estudio de la Asociación Nacional de Empresas de Buceo Profesional concluye que entre 1989 y 2014 fallecieron 89 buzos mientras trabajaban para empresas españolas y estima que su riesgo de sufrir un accidente mortal es entre noventa y 290 veces superior al de la media de la población laboral. En lo que va de año ya se contabilizan dos muertos, en Murcia, atrapado en un tubo industrial, y en Cádiz, en mar abierto. Muchos, si se tiene en cuenta que en España hay entre 800 y 2.000 buzos profesionales.

En sus diecinueve años como buceador profesional Monforte ha trabajado en la construcción del emisario submarino de Xagó, en las tareas de salvamento de buques como el 'Castillo de Salas', el crucero 'Costa Concordia' o el 'Santa Ana', el pesquero que se fue a pique en Cabo Peñas en 2014. También en plataformas petrolíferas, en la lucha contra la marea negra que desató el hundimiento del 'Prestige' o en la reparación de los cuantiosos desperfectos en infraestructuras submarinas que en 2005 causó el destructivo huracán Katrina en el Golfo de México. También ha pasado por algún apuro. El de peor recuerdo lo sufrió al quedarse «atrapado en una galería a 38 metros de profundidad, una toma de fondo de un pantano». Tardaron veinte minutos en sacarlo, ileso.

La empresa está dirigida por el avilesino Miguel Monforte, con amplia trayectoria en el sector

Obviamente el peor escenario posible es quedarse sin suministro de aire, pero no el único. Sufrir la enfermedad descompresiva o una intoxicación por gases, quedar aplastado bajo alguna carga o atrapado por cualquier cosa o desangrarse bajo el agua son otros de los riesgos a los que se enfrentan los buzos profesionales en su día a día.

Cansado de dar vueltas bajo el agua y hastiado por el hecho de que no todas las empresas para las que ha trabajado cumplan las medidas de seguridad, amparándose en una legislación obsoleta, Monforte decidió abrir la suya propia y hacerlo en su ciudad. Así nació Cyana, en homenaje a aquella mujer que según describe en sus crónicas el historiador griego Herdoto llevaba a cabo junto a su padre, Escilias de Escione, trabajos de salvamento para el rey persa Jerjes en el año 480 antes de Cristo. Junto a él completan el equipo Santiago Vázquez, ingeniero naval, y Jorge Bobes, licenciado en Ciencias del Mar y piloto de vehículos submarinos no tripulados. Ambos también son buzos profesionales.

Los dos que han perdido la vida en lo que va de año trabajaban con equipos autónomos, botellas de aire comprimido. «Cuando se acaba si nadie puede darte otra no hay nada que hacer», describe Monforte, que ha cimentado su empresa sobre el pilar de la seguridad. Los buzos de Cyana reciben el aire directamente desde superficie a través de unas mangueras denominadas umbilicales que garantizan un suministro ilimitado. Cada uno lleva tres unidas a otras tantas fuentes independientes, por lo que quedarse sin aire resulta poco menos que imposible. Aún así, una botella de aire de emergencia forma parte del equipo de inmersión, unos sesenta kilos incluyendo la plomada.

Secos y refrigerados

Los trajes son secos, de caucho, inflables y refrigerados por agua, fría o caliente según las necesidades. Llevan cascos y escafandras, no gafas convencionales, que reciben directamente el aire, sin necesidad de regulador, de tal forma que mediante un sistema de comunicaciones pueden hablar entre ellos o con el equipo de superficie, formado por un mínimo de un asistente por buzo, un buzo de socorro, completamente equipado y preparado para sumergirse inmediatamente, y un jefe de equipo.

Su labor consiste en dirigir las operaciones desde tierra mediante el sistema de comunicaciones, que además de voz incluye imágenes en tiempo real gracias a la cámara incorporada en las escafandras y si es necesario también a las que proporciona el rov, un vehículo submarino no tripulado dotado con cámaras, luces y equipos de grabación que se utiliza para inspeccionar las zonas de trabajo antes de proceder a la inmersión y para monitorizar a los buzos.

El equipo se completa con linterna, cuchillo, embarcaciones y las herramientas de trabajo. El abanico es extenso y variado, desde equipos de corte oxitérmico a sistemas de soldadura en húmedo, taladros, radiales, llaves de impacto, o globos elevadores que se hinchan con el aire que suministran las mangueras.

Cyana está homologada para trabajar hasta una profundidad de cincuenta metros, la máxima recomendable que se puede alcanzar únicamente con aire. Para ir más abajo es necesario mezclarlo con helio, un gas que distorsiona temporalmente la voz -tras una inmersión prolongada recuerda a la del 'pato Donald'- y aconsejable utilizar campanas o cámaras hiperbáricas.

Al margen del equipo, el entrenamiento es la otra gran clave de la seguridad. La VOZ asistió ayer a una sesión celebrada en la ría, cuyas aguas no son precisamente las más apropiadas para bucear. El problema no es la reducida visibilidad, un metro y medio con suerte, ni tampoco los posibles obstáculos que pueda haber bajo la superficie. Es la contaminación. «Desde arriba hasta puede parecer que no está muy sucia, pero en el fondo hay muchos metales pesados. No es un buen sitio para bucear», asevera Monforte.

El ejercicio consistió en desplazar un lastre sirviéndose de globos y en un simulacro de rescate de un buzo en apuros. Desde que dio la voz de alarma, cuando estaba a unos cinco metros de profundidad y quince del muelle, hasta que fue izado a tierra por el buzo de socorro y una grúa transcurrieron cuatro minutos y cuarenta segundos. Por debajo de cinco se considera un tiempo razonable, pero Monforte no estaba del todo satisfecho. «La situación no era real y tampoco presentaba complicaciones. Hay que mejorarlo».

En sus escasos cinco meses de actividad, Cyana ha desarrollado distintos trabajos a lo largo del Cantábrico. Es una de las pocas empresas de buceo profesional que hay en Asturias y la única de Avilés.

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