Un escalador de los de antes

Arrieta descansa sobre un banco en el parque de La Magdalena.
Arrieta descansa sobre un banco en el parque de La Magdalena. / MARIETA

POR C. DEL RÍO

Juanjo Iglesias Arrieta (Villaviciosa, 1945), Arrieta para el mundo, empieza a coger carrerilla cuando habla de montaña y de naturaleza. De natural tímido, permanece hasta entonces en un discreto segundo plano. Ni siquiera cuando se anima a compartir todo lo que sabe sobre esos picos que son su vida lo hace con autoridad. No es extraño. Enseguida se sabe uno delante de un avezado montañero, de esos cuya experiencia apabulla. En su currículum no hay ningún ocho mil, pero hay millones de horas de ascensos, descensos y situaciones tan peliagudas como haber sido arrollado por un alud en el macizo de Ubiña hace seis años. Es el día de hoy que no tiene explicación sobre cómo salieron con vida. Son gajes de un oficio del que niega su peligrosidad. El problema, según el, es la imprudencia o la falta de preparación, porque ser montañero es mucho más que comprarse el equipo. A él le llevó años, y muchas horas de estudio, tener el conocimiento que hoy atesora y comparte generosamente, como siempre ha visto en esta disciplina que crea familia.

Asentado en Avilés con su familia, empezó a trabajar con dieciocho años en un taller y poco después en Ensidesa, donde se unió a su grupo de montaña gracias a un hermano más joven. Hubo química desde el principio. A Arrieta le llamó la atención la escalada y comenzó a encadenar salidas con el grupo con cursillos sobre esta especialidad hasta adquirir la preparación suficiente como para entrar en la Escuela Nacional de Montaña (ENAM). Primero como monitor, luego como instructor y profesor, tras obtener el título en la Ecole Nationale de Ski et d'Alpinisme con George Bettembourg, autor de 'Muerte blanca', y, por último, como director.

Trabajaba a turnos en la siderúrgica, pero siempre pudo compatibilizar sus andanzas en la escalada con la vida laboral. En muchas ocasiones gracias al ardor y la energía inherentes a la juventud y, en otras, por la buena disposición de compañeros y jefes. No siempre se tiene en la plantilla a un montañero-rescatador, miembro del Grupo de Alta Montaña Español, al que vienen a llamar para formar parte del equipo de rescate en una emergencia. Eso fue en la veintena; posteriormente, la Guardia Civil ya formaría un grupo especialista (GREIM).

La montaña ha ocupado todo su tiempo de ocio. Ha sido su mejor pasatiempo y el deporte que aún lo mantiene en forma. Arrieta es hoy uno de esos montañeros bajos y recios, a cuyo ritmo medio no repercute el desnivel de la montaña. Más o menos empinadas, el fondo físico sigue ahí. No en vano, ha dedicado muchas horas a conocerla. A familiarizarse y estudiar los signos y pistas que da la naturaleza y que proveen valiosa información al montañero. La forma y el color de las nubes, los tipos de nieve, los diferentes hielos, entre otros elementos, le informan de las condiciones en las que se va a desarrollar la internada o de si es aconsejable hacerla.

Arrieta ha realizado unas setenta escaladas consideradas 'primeras': tanto absolutas como invernales o en solitario. Vías que realizó, en su mayoría, en Picos de Europa y en el Macizo de Ubiña, aunque también se dejó caer por Pirineos, el macizo de Gredos y los de Glencoe y Cairngorms (Escocia), en invierno e invitado por la British Mountaineering Council junto a otros cinco españoles.

Ha ascendido el Nevado Cararaz I, (6.025 m.), en los Andes peruanos, el Mrigthuni (6.855 m.) y el Trisul (7.120 m.), ambos en el Himalaya indio, aunque no llegó a pisar la cumbre de este último. Sí lo hizo en el Nevado Aconcagua (6.961 m.), ocho días antes de subir al volcán más alto del mundo, Ojos del Salado (6.893), en el desierto chileno de Atacama. Ahí tenía 53 años y fue su última montaña 'de nivel'. Siguió, no obstante, con experiencias como los Picos Musala (2. 925 m.) y Vihren (2.914 m.), en Bulgaria, invitado por el gobierno del país junto a otros siete españoles, o la subida en solitario al volcán Barú (3.474 m.), en plena selva tropical. Y al Mont Blanc, en los Alpes franceses. Al Mont Blanc du Tacul por la vía normal, una más por el couloir Gervasutti y tres veces por la Goulotte Chere. No fue la única cumbre de la zona, pero el resto son demasiadas para enumerarlas aquí. Como las asturianas, claro. Solo el Peña Santa lo habrá subido cerca de 40 veces.

Residencia en Costa Rica

Estaba claro que, inmerso en este frenesí montañero, Arrieta encontraba pareja en la fábrica o lo hacía en la montaña. Ocurrió esto segundo y con ella ha recorrido cadenas montañosas como las de Hoggar, en el sur de Argelia (viaje que resistió un pequeño Seat Panda 35), así como otras en Tailandia, Vietnam, Colombia, Panamá, Honduras, Nicaragua, Guatemala y Costa Rica, hasta que en 2005 Arrieta y familia decidieron asentarse seis meses al año en Cahuita (Costa Rica). Diez años han estado así hasta que en 2015 el dengue les metió el miedo en el cuerpo y regresaron para quedarse. De allí han vuelto con ciento y una anécdotas y miles de fotografías de la exuberante fauna y flora de la isla. Su propio jardín era casi un zoológico con pájaros diversos, monos y caimanes, entre otros.

A sus 72 años, Arrieta ha bajado el pistón. Sabe que un error en la montaña puede ser fatal y por eso, consciente de que a los 72 no se está como a los 27, aunque lo parezca, se conforma con cumbres más modestas en compañía del grupo Trotones, la mayoría formado por montañeros de cierta edad pero con larga trayectoria. Porque a pesar de la satisfacción que supone alcanzar una cumbre, Arrieta disfruta tanto con el entorno y la naturaleza en sí que nunca le ha dolido compatibilizar la escalada y la montaña más exigente con los paseos por la ribera de cualquier río.

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