La escritora francesa de Salinas

Dominique Vernay en su estudio, delante de una fotografía de su madre. / MARIETA
Dominique Vernay en su estudio, delante de una fotografía de su madre. / MARIETA

POR C. DEL RÍO

Cuando Dominique Vernay era una cría y regresaba en coche con sus padres a Chazelles-sur-Lyon desde Lyon, las luces de los edificios de nueva construcción la sumergían en una ensoñación. ¿Quién viviría en aquel séptimo piso iluminado? ¿Qué estaría ocurriendo en él ahora mismo? ¿Sería una familia que jugaba en torno a una mesa, estaría viendo la televisión o, tal vez, peleando? Pero, ¿quería saberlo de verdad? ¿Y si no le gustaba lo que descubría? Dominique se acurrucaba contra sus hermanas en la parte trasera del vehículo y luchaba durante unos minutos con una imaginación que iba por libre. Dominique Vernay (Chazelles-sur-Lyon, 1953) no ha cambiado mucho desde entonces. No ha perdido la frescura y la alegría de aquella niña de la Francia rural, pero sí ganado la disciplina necesaria para encauzar su imaginación y dar forma a sus reflexiones y ocurrencias, a veces banales, otras con un gran poso, y siempre vestidas con una capa de humor como uno de sus referentes en la actualidad, el escritor y periodista Juan José Millás, quien en alguna ocasión leyó relatos de Dominique en su 'ventana' de la Ser.

Seguro que la modesta Dominique se está llevando las manos a la cabeza al leer su nombre tan cerca del de Millás, pero lo cierto es que sin tener ansias de popularidad o ambición de consolidarse como escritora con todas las letras, la francesa se ha ganado a su público con sus dos libros en el mercado. El primero 'No te quites la costra que te quedará marca', relatos breves cocinados a fuego lento que dejan un gran sabor de boca; el segundo, la novela '¿Y ahora qué, Emma?', editado por Unaria, un texto en el que la protagonista se replantea su vida cuando se vuelve a encontrar sola con su compañero en ese domicilio que durante tantos años ha girado en torno a los hijos. Emma no es ella, aunque podría serlo, porque a Dominique le gusta empatizar con todos sus personajes, respirar y sentir con ellos, entenderlos o no, poniéndose siempre en su piel. Es la forma, cree ella, de darle más autenticidad y veracidad a la historia que escribe.

Aunque sea un libro infantil como 'Los viajes de Candela', ilustrado por María Montes Sueiro, o la obra 'Trashtadas', con la que se acaba de estrenar como autora de teatro. Representada por la Asociación de Teatro Comediantes de Comedia, a la que ella pertenece, logró llenar el Valey Centro Cultural la semana pasada.

Descubrió lo mucho que le gustaba escribir en las cartas que enviaba a su familia desde EspañaNunca se sienta delante del ordenador sin una idea clara, que tiene que haber macerado

En esas está, peleando con la escena y con unas palabras que no se le resisten porque lleva desde los veinte años residiendo en España pero que ansía dominar en toda su extensión. Así es que hasta se atreve con el asturiano, con esos relatos breves que regala a sus amigos y lectores a través de sus redes sociales. Sustituyen a las cartas que le encantaba enviar a sus familiares en Francia. A su madre, a sus hermanos, a amigos que querían saber qué tal le iba con Fernando, español que conoció en Cullera (Valencia), en uno de los muchos veranos que disfrutó allí con su familia, y con el que se trasladó a España tras casarse en su localidad natal.

Entre las muchas cosas que tenía clara la pareja era que no quería vivir ni en Madrid, de donde es él, ni en Barcelona, donde pasaron otro año. Les había dicho que el norte era maravilloso y los dos, que comparten una vena de bohemia, señalaron en el mapa Salinas sin que nada ni nadie los uniera con Castrillón.

Dominique había trabajado en su país como profesora en una época en la que a los estudiantes sobresalientes en lo que aquí sería el bachillerato se les invitaba a dar clase en los colegios. Eso cambió pronto y no lo encontró, desde luego, en España, donde optó por ser profesora particular de francés en Salinas. En un coqueto y reducido bajo que habla tanto de ella como de ese 'chic' francés que desprende, ha enseñado tanto a trabajadores de la antigua Cristalería que se instalaban en la localidad como a adultos que no querían perder el idioma aprendido en el instituto o jóvenes con inquietud. Personas de las que ha absorbido tanto como ha enseñado. Porque escribir es observar, analizar y pensar y eso a Dominique le gusta hacerlo.

Talleres e inspiración

Cuando sus tres hijos fueron mayores, y ganó tiempo libre para sí, decidió apuntarse a algunos talleres de literatura organizados por el Ayuntamiento de Castrillón y a otros virtuales de la Escuela de Escritores. Formación útil, en la que aprendió técnicas y estrategias para envolver sus ideas, las que entonces plasmaba en sitios diversos y soportes variados. En notas para sus hijos o en mensajes que lanzaba por internet porque para ella letra que yace en los cajones es letra muerta.

Internet mató el género epistolar, pero Dominique amplió su horizonte. Fue algo gradual cuando, de repente, descubrió que quería editar. Y lo ha hecho casi pidiendo perdón por el gran respeto que le tiene a la profesión. Sus primeros relatos premiados, por organizaciones como Amnistía Internacional o el Ayuntamiento de Castellón de la Plana, la animaron en un reto que supuso salir de esa zona de confort, que tan de moda está mentar ahora. Escribe en español porque vive en español, aunque el francés está en la recámara a la espera de una oportunidad. Nunca se sienta a escribir delante del ordenador si no sabe sobre qué va a hacerlo y para que la idea germine sabe que ha tenido que estar martilleándola tiempo antes. Esa es la idea con recorrido. Más corto o más largo, pero sustancioso y que necesita coger aire en ese paseo diario por la playa que le recuerda lo mucho que le gusta vivir aquí.

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