Fallece a los noventa años el empresario y exfutbolista Manolo Robledo

Manolo Robledo, en LA VOZ en diciembre de 2015 / MARIETA
Manolo Robledo, en LA VOZ en diciembre de 2015 / MARIETA

Jugó en el Sporting y el Real Avilés, se licenció en Química y, tras pasar por la Real Compañía, levantó multitud de edificios en Avilés, Canarias y Mallorca

J. F. G. / C. R. AVILÉS.

Exjugador del Sporting y del Real Avilés, licenciado en Química, primer presidente en Asturias de la desaparecida Alianza Popular, el avilesino Manuel Robledo, 'Manolo', es especialmente conocido por su destacado papel como constructor. Viudo de Rosario Wiggin, sin hijos, falleció ayer en Muros de Nalón a la edad de noventa años. La capilla ardiente ha quedado instalada en su domicilio, sito en el número 36 de la calle Marqués e Muros de la referida localidad, y el funeral se celebrará a las cinco de la tarde de hoy domingo en la iglesia parroquial.

Hijo de Manuel y Ramonina y nieto de 'los bolleros', mote acuñado porque sus abuelas hacían bollos, se crió en El Carbayedo, su trayectoria futbolística fue efímera, cinco temporadas en el Sporting de Gijón y en el Real Avilés, entre otros equipos.

Cuando decidió colgar las botas Robledo había dejado de ser 'Manolín' el de El Carbayedo, el sobrino de las propietaria de la librería 'La Esperanza', para convertirse en Manolo, de Construcciones Robledo o Emir. En realidad se había licenciado en Química en Oviedo, con bastante solvencia, a pesar de llevar años flirteando con el balón. Llegó a trabajar de lo suyo en el laboratorio de análisis del zinc y la blenda de la Real Compañía, experiencia que le sirvió para darse cuenta de lo soporífera que sería su vida laboral si permanecía en aquellos departamentos con métodos de trabajo más anticuados que los enseñados en la Universidad.

Como Robledo era un hombre con contactos y sabía promocionarse bien, le propusieron construir unas instalaciones de Asturiana de Zinc. Por aquel entonces estaba pensando en irse al norte de Inglaterra, donde ya había estado en 1948, para estudiar las distintas calidades de acero, pero lo que le proponían sonaba demasiado interesante como para dejarlo escapar.

Con los ahorros que tenía por sus temporadas en el Vetusta (filial del Real Oviedo), el Plus Ultra, el Real Avilés y en el Sporting de Gijón, entonces en Primera División, y asociado con un conocido que aportaba los conocimientos de construcción que a él le faltaban, levantó un almacén de minerales para la compañía que fue el primero de una larga lista de instalaciones fabriles.

Del ámbito industrial pasó al civil y a su empresa, en colaboración con otras, se debe el polígono de Maqua, decenas de edificios en Avilés -en Las Meanas, la plaza de La Merced y casi toda la calle de Llano Ponte- y Coto Carcedo y palacios como el del Conde de Toreno, en Malleza, o la Quinta del Infanzón, en Gijón. Su ámbito de trabajo no se redujo al Principado. También edificó decenas de urbanizaciones turísticas en Canarias y Mallorca.

Durante algunos años de su vida profesional y política residió en Madrid con su mujer, hija de diplomático, hermana del embajador británico y nieta del marqués de Muros de Nalón, donde el matrimonio encontró finalmente su hogar, un remanso de paz en comparación con la turbulenta vida de la capital, en la que habían asesinado a la embajadora turca, una de las mejores amigas de Rosario, a las puertas de su casa.

En Muros y ya sin Rosario, fallecida años atrás, Manolo aún se dejaba caer algún que otro día por Avilés. Eran contados, pero suficientes para mantener vivo el recuerdo. Añoraba las ciudades de antes, con plazas en las que se hacía vida, y en las que no había distingos sociales. Claro que de aquella todos eran pobres porque aunque la familia tuviera dinero no había en qué gastarlo.

Tenía un especial recuerdo, además, para 'los Carbajales' y doña Carmina, gran benefactora y preocupada por la alimentación y la educación de los niños del barrio. Con ellos, con sus amigos, iban a la isla de San Balandrán a nado, con la ropa encima de la cabeza. Afirmaba Manolo que era lo más parecido al Caribe, por más que a las generaciones posteriores a la explosión siderúrgica les cueste creerlo.

Pudo comprobarlo algunos años después, gracias al fútbol y una gira por México y Cuba. Aquel viaje lo deslumbró. Tuvo la suerte o desgracia, según se mire, de marcar en aquel triangular y ser aclamado como un ídolo por los seguidores locales, suficiente para sacar su vena rebelde y juerguista y disfrutar de un esplendor desconocido en 1953 en España. Probablemente fue entonces cuando supo que no quería ser químico.

Como político, dimitió como presidente de Alianza Popular en Asturias cuando el empresario José Orejas entró en la junta directiva nacional, en 1978.

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