Muchas flores tienen que nacer

Los feligreses de Llaranes le dedicaron ayer una emotiva misa de homenaje a José María Lorenzo./MARIETA
Los feligreses de Llaranes le dedicaron ayer una emotiva misa de homenaje a José María Lorenzo. / MARIETA

José María Lorenzo ayudó a construir hombres y mujeres que luchan día a día por un mundo mejor

JOSÉ MARÍA MURIAS

Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia» (Constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, sobre la Iglesia en el mundo actual, Nº 1. Roma: Diciembre 1965).

En el espíritu conciliar, ya desde el seminario, con una gran capacidad intelectual y un humanismo desbordante, que le llevó a creer en el hombre en particular, en la Iglesia, en la humanidad en general y muy particularmente en los desposeídos de la tierra, asumió la vida y la llevó a la práctica José María Lorenzo Pérez, sacerdote, creyendo, y ayudando a construir hombres y mujeres que luchan por un mundo mejor, que día a día empuñan las armas de la verdad, de la honestidad, del servicio, del amor y del compromiso y que se entregan de mil maneras por dejar esta Tierra mejor que como la encontraron.

Así inició Chema su labor pastoral en la parroquia de Santa Bárbara de Llaranes en el año 1969 en la que dejó su impronta, y su estilo de vida.

La constitución pastoral referida es el santo y seña de una Iglesia que se empieza a reformar, una Iglesia conciliar, de una Iglesia que «abre las ventanas para que entre aire fresco».

Y hay que ver si entró aire fresco en Llaranes, en Avilés, en la Iglesia de Asturias y universal a través del empeño de muchos sacerdotes y laicos que, inspirados por el mejor espíritu de Jesús, de su evangelio y de los valores del Reino han sabido leer la realidad, enjuiciarla a la luz de la fe y buscar cauces de transformación integral de personas y estructuras.

En España soplaban vientos de cambio procedentes de diversos polos, sindicales, políticos, religiosos… con la esperanza de vivir libres de las ataduras que nos encorsetaban, con la fe puesta en una nueva sociedad que era necesario construir, en la que los seres humanos fueran sujetos de su destino y en la que todos pudieran vivir de acuerdo con su dignidad, como personas, como hijos de Dios, poniendo lo mejor de sí mismos al servicio de los demás.

Esta búsqueda, esta esperanza, este trabajo, este compromiso, profundamente reflexionado a nivel personal y de grupo, fue el motor de la vida de Chema, dando frutos de vida, esperanza, seguridad y transformación a todas las realidades con las que se encontró a lo largo de su vida sacerdotal en las muchas tareas que realizó a lo largo de su vida: profesor, consiliario de la JOC, capellán del orfanato minero, párroco, arcipreste de Oviedo, miembro de distintos órganos diocesanos y vicario de la zona Norte desde 1983 hasta 1997, en donde fue poniendo las bases para hacer un plan de pastoral diocesano, para abrir las pistas a una nueva configuración de las parroquias, dando una gran importancia a las zonas pastorales, al trabajo en equipo y al protagonismo de los fieles.

Avilés, y particularmente Llaranes, tuvo la gracia de haber contado con su presencia e influencia de una manera intensa. En Llaranes vivió y ejerció durante seis años. La casa y la persona de Chema era un espacio de paz, de creatividad, de esperanza y de futuro salvador.

En el local denominado ‘Candilejas’ contribuyó a crear grupos de estudio de la situación sociopolítica, grupos musicales, espacios teatrales, ‘hapenings’ siempre en la línea de crear conciencia y dar protagonismo a las personas de tal forma que cada cual desarrollara lo mejor de sí mismo y descubriera el valor de la colectividad.

Muchos cientos de jóvenes hicieron el proceso catequético durante varios años para recibir el sacramento de la confirmación, enganchándose muchos de ellos a las diversas actividades sociales y parroquiales, madurando como personas y creciendo en el desarrollo integral.

Los sábados, con la Iglesia a rebosar, presidía la celebración de la «misa de la juventud», misa muy participativa, creativa y alegre, destacando los momentos musicales de quienes llegaron a ser coro constituido y verdaderos cantautores.

Y en donde se percibió de una forma más palpable la dimensión social y transformadora que impulsaba la vida de Chema fue en la tarea de la JOC de la que él fue consiliario tanto federal como diocesano.

Gran cantidad de grupos se reunían periódicamente, acompañados por un consiliario, y dirigidos por su responsable, según el método de la revisión de vida en el que se incluyen todas las dimensiones de la persona, en su relación con el mundo, para lograr un desarrollo integral y una nueva sociedad, siguiendo el modelo de Jesús de Nazaret y los valores que en el evangelio son absolutamente patentes.

«La vida de un joven trabajador vale más que todo el oro del mundo», decía Joseph Cardijn fundador de la JOC. Y a esos jóvenes trabajadores entregó Chema alma vida y corazón.

Siguiendo a Cardijn, Chema quiso acompañar a los jóvenes de la clase obrera en la búsqueda de la realización personal y colectiva porque creía en su capacidad de organizarse y liberarse de la situación de opresión y explotación en la que se encontraban sumidos para buscar soluciones a las situaciones a nivel local, nacional e internacional con el fin de instaurar una nueva sociedad mediante la cooperación de todas las organizaciones y movimientos que defienden los intereses de la clase obrera, de los oprimidos y excluidos, fomentando la unidad de acción.

Chema era un hombre, un sacerdote, profundamente creyente, creyente en Dios, en las personas, y en la nueva sociedad, preñada de esperanza, que es necesario construir.

Chema respiraba y transmitía alegría, entusiasmo, realismo y honestidad para afrontar dificultades y una puerta siempre abierta a la paz integral, al trabajo bien hecho, a vida celebrada en común.

Chema vivió la utopía de la fe y ayudó a descubrirla allí donde se movió.

Hoy ya no necesita creer en la utopía porque ya la alcanzó, caminó en su busca y la encontró.

Gracias, Chema.

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