Joyas del pasado a las puertas de la ciudad

Un antiguo hórreo en las cercanías de la ermita de La Luz, en la falda de la Xungarosa, rodeado de una plantación de berzas. / MARIETA
Un antiguo hórreo en las cercanías de la ermita de La Luz, en la falda de la Xungarosa, rodeado de una plantación de berzas. / MARIETA

El último catálogo urbanístico del Ayuntamiento cifra en 197 los graneros asturianos dispersados por el concejo

M. PICHEL AVILÉS.

La explosión demográfica que vivió Avilés a mediados del siglo pasado, con la llegada de la industrialización, dejó en un segundo plano algunas de las actividades tradicionales del concejo, como la agricultura y la ganadería. El que hubiera acogido durante décadas el mercado de ganado más importante de Asturias no era fruto de la casualidad, y aunque la urbanización masiva, tanto para ubicar las fábricas, como a los trabajadores y sus familias, que condujo al que durante mucho tiempo fue el término municipal con la más alta densidad de población de España, desplazó los usos primarios, esa dedicación de siglos ha dejado su huella alrededor del casco urbano. Pese a la presión, en un concejo como Avilés, uno de los más pequeños de Asturias, se mantiene un importante número de edificaciones tradicionales, 197 hórreos y paneras que deben convivir con el desuso de su función principal. Reliquias, frágiles supervivientes de un mundo en peligro de extinción, «han perdido su función, y ese es su principal problema», lamenta José Manuel Feito, polígrafo, sacerdote durante muchos años de una parroquia como Miranda, abundante en estos símbolos de la cultura y la arquitectura popular asturiana, tan apegados a la tierra, mucho más que unos simples graneros.

Hoy tan solo se mantiene en pie uno en pleno casco histórico, en el parque del Carbayedo, pero su ubicación en el entramado urbano era habitual en tiempos pretéritos. De hecho, hay testimonios de la existencia de alineaciones de este tipo de edificaciones en el entorno de la ría, como espacios de almacenamiento, de apoyo a los movimientos portuarios, aunque las transformaciones han sido tales en esas zonas que no queda ningún vestigio, y hasta el recuerdo se ha perdido. Asimismo, cumplían una función en actividades comerciales, en distintos oficios, como en las carnicerías, por su facilidad para conservar los alimentos en tiempos sin electricidad, lo que ofrece una dimensión más allá de la habitualmente conocida.

La adaptabilidad del hórreo es la misma que la del hombre a su entorno. Hoy es habitual ver algunos convertidos en casas. Una solución que se volvió muy común en los años 50 del pasado siglo, cuando la escasez de vivienda para acoger a la avalancha de población que llegó a Avilés con la construcción de ENSIDESA, obligó a reconvertir a un importante número de hórreos y paneras en hogares para los recién llegados. Hoy aún sobreviven dentro del casco urbano algunas de estas soluciones, como en la calle Río San Martín. O por ejemplo, en Valliniello, quizás uno de los sitios paradigmáticos, con la construcción de la gran fábrica siderúrgica a sus pies, pero también en Miranda se ven.

Un templo

«En algunas ocasiones esa transformación en vivienda no es evidente a simple vista», asegura José Manuel Feito, que define al hórreo «como un templo, una ofrenda a la fecundidad». Y una clara muestra de la sabiduría de los arquitectos populares. «Es una maravilla arquitectónica, está sustentado sobre cuatro puntos, y el viento no consigue tirarlo, salva de la humedad, protege los alimentos...», resalta. Y destaca el nombre del 'moño' que corona el tejado, «la piedra de 'canta'l paxarín'». Por eso siente cada pérdida , como si se difuminara la identidad, como si se arrancara la raíz de la tierra. «Había una panera aquí en Miranda, del siglo XVII, y fuimos testigos de su paulatino deterioro, cómo se fue desmoronando, sin que se actuara, y hoy ya no queda nada», describe, un testimonio paradigmático de un proceso que no se detiene.

Precisamente la llegada de ENSIDESA supuso un elemento disruptor en cuanto a estos elementos en Avilés. Por un lado, por la ocupación de terrenos, y por otro, por el abandono de las labores del campo de sus propietarios para entrar a trabajar en la fábrica. De esta forma, se estiman que no pocos graneros asturianos fueron desmontados, algunos para no volverse a montar, y perderse definitivamente, y otros para ser trasladados a los concejos limítrofes o a otras zonas de Asturias, cumpliendo a la perfección con su condición de elementos muebles, que se despiezan y se recolocan como un auténtico puzzle.

Llegaron a existir en Avilés en pleno apogeo varios centenares (muestra de la riqueza del territorio), un número relativamente cercano a los alrededor de 800 que se conservan en términos municipales más grandes y vecinos, como Gozón o Carreño, con los que comparten rasgos constructivos. El estilo 'Carreño' nació en el siglo XVII, y se extendió desde la zona costera de ambos concejos, hasta Avilés, Corvera e incluso Llanera y Gijón, y es uno de los más comunes, destacando por la profusión de elementos ornamentados, con predominancia de los detalles de imitación vegetal. Según explican los etnógrafos Armando Graña y Juaco López en su artículo 'Aproximación a los estilos decorativos de los hórreos y paneras asturianos', la presencia de maestros carpinteros en la villa supuso un impulso al estilo que denominan «barroquizante».

Ya en un estudio realizado en los años 70 del pasado siglo por el entonces Ministerio de Educación y Ciencia, se contabilizaban 218. Aunque estas estadísticas son puestas en entredicho hoy en día, puesto que en los 40 años transcurridos desde entonces la urbanización en Avilés dio un salto cualitativo y, sin embargo, no distan mucho de las actuales, de 197 de estos elementos etnográficos, 134 hórreos y 63 paneras que se encuentran inventariados en el Catálogo Urbanístico de Protección del Municipio, realizado en el 2006. Contrasta con el número estimado en toda la comunidad, cifrado en unos 20.000, en diferentes estados de conservación.

El gozoniego Gerardo Díaz Quirós es doctor en Historia, y uno de los mayores expertos en hórreos y paneras de Asturias, así como en el arte mueble popular. Él tiene claro que se trata de un «patrimonio en peligro» y que, pese a toda la presión a su alrededor, se resiste con tenacidad a morir, y aún «se conservan ejemplares extraordinarios, desde el siglo XVI».

Diferente protección

En Avilés cuentan con diferente grado de protección, desde la más sencilla, la ambiental, pasando por la parcial, y la integral, en los elementos de mayor valor, y que obliga a su conservación fidedigna. A esta última están sujetos 34 hórreos y 22 paneras. Con conjuntos muy destacables en núcleos como el Caliero de Atrás, pero también en Lluera (La Luz), Llantao y Retumés (Valliniello), en Castañeda o en Miranda y San Cristóbal. Entreviñas es la parroquia que aúna el mayor número de construcciones protegidas.

«En líneas generales, están bien conservados» indica el concejal de Urbanismo de Avilés, Luis Ramón Fernández Huerga, que ve «un interés creciente por conocer este patrimonio». En su mayoría han perdido su uso, y hay algunos en los que solo queda la estructura, como cerca de la ermita de La Luz. Por eso los expertos estiman importante profundizar en sus posibilidades para garantizar su mantenimiento. «Se pueden dar estímulos, por ejemplo, en vez de proponer gravar en la fiscalidad, que desgraven. Y desde las administraciones locales, ofrecer asesoramiento, desde cuestiones administrativas, a técnicas, para su conservación o arreglo», apuesta Díaz Quirós, que revela una propuesta lanzada ya en los años 80 del pasado siglo, «la creación de un banco de hórreos, pero nunca se llevó a cabo».

La legislación asturiana solo permite usos para el hórreo «que no menoscaben su valor cultural». Defensores y conocedores, como el coleccionista corverano Luis Ondina, citan la voluntad de los propietarios como clave para mantenerlos en pie. «Si no es por el empeño personal de sus dueños, no quedaría prácticamente nada», afirma. No obstante, la Administración autonómica anunció este año una línea de subvenciones para su arreglo.

José Manuel Feito hace un alegato por salvar un patrimonio que a poco que se busque, permite encontrar algunas joyas por todo el concejo: «No son rentables, y poco a poco se van dejando caer. Nadie mira para ellos, desde que perdieron su función para guardar alimentos. Habría que impulsar su mantenimiento, de la manera que fuera».

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