El juez decreta el ingreso en prisión del autor del disparo de El Pozón por su «peligrosidad»

El juez decreta el ingreso en prisión del autor del disparo de El Pozón por su «peligrosidad»
La Policía Nacional, en Santa Apolonia, minutos después de los hechos. / SANTIAGO GARCÍA-NAVAS

Argumenta además la «posibilidad de reiteración delictiva y la «agresividad» del conocido peluquero Francisco Cuenca

J. F. G. AVILÉS.

Francisco Cuenca, autor del disparo que la noche del miércoles alcanzó a un hombre en el pecho, ingresó ayer en prisión mientras que la víctima, Manuel G. N., recibió el alta hospitalaria. Se encuentra «en buen estado de salud aunque un poco asustado por lo que ha pasado y por la repercusión que ha tenido. Lo que necesita ahora es descansar», según trasladó ayer a este periódico el propietario del bar de la calle de Santa Apolonia, a la altura del Ráfaga, a cuyas puertas se materializó la agresión.

Cuenca compareció ayer en el Juzgado de Instrucción Número 2 de Avilés tras prestar declaración en la Comisaría de Policía Nacional y ser ingresado en una unidad psiquiátrica hospitalaria. El juez, Ricardo Badás, argumenta la orden de ingreso en prisión provisional sin fianza y comunicada en la gravedad de los hechos, la deducible posibilidad de reiteración delictiva y la «peligrosidad y agresividad» del acusado derivada de sus «problemas de conducta».

La decisión responde a la petición formulada por el Ministerio Fiscal, que de forma provisional ha calificado los hechos de homicidio en grado de tentativa a la vez que observa presuntos delitos de tenencia ilícita de armas y de amenazas. La defensa, por su parte, no realizó declaraciones.

La víctima, ya de alta, asegura sentirse «bien, aunque un poco asustado lo ocurrido»

La Policía Nacional confirmó ayer que utilizó un arma modificada para disparar munición de mostacilla, una especie de balín cargado con perdigones del tamaño de una semilla de mostaza -de ahí el nombre- de escasa capacidad de penetración y reducido alcance que suele utilizarse para cazar piezas pequeñas, como serpientes o roedores, o como disparo de advertencia.

Agresor y agredido eran conocidos. «Incluso podría decirse que amigos. Aquí en el barrio nos conocemos todos», manifestó ayer Iván López, el propietario del bar a cuyas puertas sucedieron los hechos.

Cuenca es propietario de una peluquería situada en las inmediaciones. La víctima, continuó López, «se cortaba el pelo allí, y su hija trabaja de camarera aquí, conmigo, donde ambos coincidían con frecuencia». Define al agresor como «una persona bastante apreciada, entre comillas. Todos sabemos que está medicado y que en ocasiones bebe más de la cuenta, pero no es mala persona ni tampoco alguien a quien se puede calificar de agresivo. Al contrario, más bien es retraído. Lo que pasa es que como sabemos todos, alcohol y medicamentos forman una mezcla explosiva, y entonces se pone un poco faltón, por así decirlo. Pero nunca pensamos que iba a llegar tan lejos. Eso sí, hizo lo que hizo, y fue él quien se lo buscó».

López continúa con su relato. «El domingo estuvo aquí y armó un poco de ruido, pero la cosa no fue a más. El propietario del bar aseguró que no regresó hasta el miércoles, «y tenía pinta de que llevaba bastante tiempo sin dormir».

En otro bar

Varios testigos afirmaron a este periódico que Cuenca había pasado las horas previas a la agresión en una bar situado en la acera de enfrente, en el que habría consumido una considerable cantidad de bebidas alcohólicas. «Además le estuvieron calentando la cabeza», aseguró un cliente que coincidió con él en el bar.

En un momento determinado cruzó la calle y entró al Carpe Diem al grito de «hijo de puta ven fuera que vamos a arreglar lo nuestro». Manuel G. N., que trabaja como repartidor, aceptó el requerimiento. Según Iván López «salió con las manos en los bolsillos». Una vez en el exterior Cuenca «sacó la pistola, yo creo para que asustarlo», extremo que no consiguió. Lejos de amedrentarse, Manuel G. N. «lo empujó, y al caer al suelo fue cuando disparó», asegura López.

La víctima no se dio cuenta en un primer momento de que había recibido varios impactos de perdigón en la zona pectoral. «Le quitó la pistola, entró en el bar y cuando fue a sentarse dijo que sentía un poco de dolor en el pecho. Se llevó la mano hacia esa zona, y fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía sangre en el polo y nos dijo que llamásemos a una ambulancia y a la policía y se sentó a esperar. Todo fue muy rápido. La mayoría de los clientes que estaban en el bar no se dieron cuenta de nada».

Sin resistencia

Cuenca era detenido minutos después por la Policía Nacional a escasos metros del lugar de los hechos y sin ofrecer resistencia alguna mientras que Manuel G. N. era atendido por un equipo sanitario desplazado en una ambulancia que lo trasladó al Hospital San Agustín y posteriormente al Hospital Universitario Central de Asturias, en Oviedo, donde permaneció ingresado hasta primera hora de la tarde de ayer.

La Policía Nacional desplegó tres patrullas y un equipo de la Policía Científica, que recabó las pruebas pertinentes. Unas dos horas después, en torno a las doce y media de la noche, los agentes dieron por finalizada la investigación sobre el terreno y la normalidad regresó al barrio de El Pozón, en el que apenas se podían distinguir unas cuantas gotas de sangre sobre la acera.

López recalca que «no ha sido ningún ajuste de cuentas ni hay ningún asunto turbio detrás ni nada parecido. Había bebido, al parecer le calentaron la cabeza y pasó lo que pasó. Es difícil de entender, porque nunca pensamos que se iba a llegar a estos extremos», subrayó.

Varios vecinos consultados por este periódico sostienen que el agresor y la víctima «tenían rencillas anteriores». La mayoría afirma que la víctima «es un hombre muy tranquilo» mientras que se refieran al agresor como «un buen hombre cuyo carácter se ha ido agriando en los últimos años. El problema es que toma medicación y es aficionado a la bebida».

Uno de los curiosos que la noche del miércoles se concentraron en torno al bar a cuya puertas se consumó la agresión subrayó que El Pozón «es un barrio tranquilo, aquí nunca ha pasado nada así». La mayoría afirmaba que no había oído nada y que se acercaron allí al ver varias unidades de la Policía Nacional a las puertas del bar.

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