«Jugársela por un pez no merece la pena, lo importante es disfrutar»

Los pescadores Alfonso López y José María Campo aseguran que «todavía hay gente que se mete pese a que es un lugar peligroso»

J. F. G. AVILÉS.

La mayoría de los pescadores que, haciendo caso omiso de la prohibición, lanzan su caña al mar desde el espigón de San Juan son conscientes de que se trata de una zona peligrosa. «Es cierto. Hay que tener mucho cuidado. Resbala bastante, y cualquier caída es peligrosa», admitía Antonio González, el pescador que trató, sin éxito, de salvar la vida de José Ramón Pérez Saiz.

Con todo son mucho los que desoyendo la advertencia se adentran en él. Y no solo pescadores. El espigón también es zona de paseo, muy especialmente en verano, y también son muchos quienes ven en él un buen lugar parar hacerse 'selfies' cuando el mar está embravecido y barre literalmente el dique.

Construido en 2004, su cometido es dar abrigo a la entrada del puerto e impedir en la medida de lo posible que la arena entre en la ría. Su diseño responde a la necesidad de completar la escollera construida entre los años 1968 y 1974. No resultaba efectiva y además restaba espacio a la playa, una extensa área que fue rellenada con la arena procedente de los dragados del canal que terminó convirtiéndose en un vertedero.

La cartelería que prohibe pasar al espigón se renovó porque se la había llevado el mar

El proyecto se redactó en 1999 en base a un estudio que también abarcó el aporte artificial de arena a la playa de Salinas-San Juan y la prolongación del paseo de Salinas desde la rampa del Náutico hasta la entrada del túnel de Arnao. La arena, en torno a medio millón de metros cúbicos captados a la altura de Cabo Vidio (Cudillero), se vertió en 2004, dos años después de que se demoliese el antiguo espigón y se comenzase a construir el actual, a unos trescientos metros de distancia en dirección a la ría, ampliando así la superficie de la playa en unos 70.000 metros cuadrados.

Más efectivo y visualmente menos dañino que el anterior, la obras del nuevo dique se adjudicaron en 1.800 millones de las antiguas pesetas, si bien las distintas actuaciones realizadas en la zona elevaron la factura hasta unos 3.500 millones. El proyecto inicial le confiere una longitud de 653 metros de los cuales se han construido 383 metros, a una cota de siete sobre el cero del puerto. El dique está conformado por bloques de hormigón de 14, 40 y 60 toneladas y se reforzó lateralmente con piedra de gran volumen.

Daños por temporal

Los inusualmente fuertes temporales que azotaron la costa cantábrica en 2014 y en 2015 afectaron a la estructura, desde un considerable boquete abierto en su base hasta severos daños bajo al nivel del mar que pusieron en entredicho su funcionalidad. Un estudio realizado entonces por la Autoridad Portuaria a una ingeniería concluyó que había sufrido «erosión por desplazamiento de los elementos del manto» de la estructura, diseñada, según la misma fuente, para soportar la fuerza de olas de hasta 7,49 metros, altura que a la postre se superó en 2014 y en 2015. En consecuencia, el puerto acometió obras de refuerzo por importe de 1.355.000 euros.

Fue entonces cuando se renovó la cartelería -la antigua se le había llevado el mar- que indica la prohibición de acceder al espigón así como la cadena, a la postre reemplazada por dos. El puerto también instaló otros carteles que señalan la zona en la que está permitida la pesca, a lo largo de toda la barra, desde la estación de prácticos hasta la baliza verde que indica la entrada a la ría. También se puede pescar en la margen derecha, desde San Juan hasta la baliza roja situada bajo el faro, así como en una tramo de la avenida de Conde de Guadalhorce, desde el puerto deportivo hasta la antigua rula, si bien en este caso únicamente desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana.

Al mediodía de ayer la mar seguía en calma, y el espigón estaba desierto. «Es un sitio peligroso, pero todavía hay gente se mete, incluso cuando bate el mar. ¡Con lo cómodo y seguro que se está aquí!, celebraban Alfonso López y José María Campo, dos gijoneses que probaban suerte en la zona habilitada para la pesca. «Aquí entra más que en El Musel, pero en el fondo tampoco importa mucho. Lo importante es disfrutar, jugarse la vida por un pez no merece la pena».

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