«Está clarísimo que Julio Pardo no estaba bajo los efectos del alcohol cuando mató a su mujer»

Los hermanos de Ascensión Amores, Joaquín (en el centro) y Pedro, han asistido a todas las sesiones del juicio. / ÁLEX PIÑA
Los hermanos de Ascensión Amores, Joaquín (en el centro) y Pedro, han asistido a todas las sesiones del juicio. / ÁLEX PIÑA

El confitero propinó a su esposa más de treinta golpes «certeros» que la dejaron «desfigurada e irreconocible»

C. DEL RÍO OVIEDO.

Julio Pardo mató a su mujer Ascensión Amores con más de treinta golpes «certeros» propinados con una llave inglesa a la que imprimió una fuerza, precisión y velocidad «altamente incompatible» con una ingesta masiva de pastillas y alcohol. Es la principal hipótesis de los médicos forenses que realizaron la autopsia al cadáver y que ayer declararon en el juicio contra el confitero de La Duquesita en la Audiencia Provincial. El acusado padecería un trastorno de la personalidad mixto sin diagnosticar que no le impediría distinguir el bien del mal, pero sí controlar su voluntad, según explicaron los psiquiatras Julio Bobes y María Paz García-Portilla, llamados por su defensa.

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Los informes y la declaración de estos cuatro profesionales centraron ayer la tercera sesión de un juicio que trató de determinar el momento y la cantidad de alcohol y pastillas ingeridas por el acusado. Preguntas que se quedaron sin respuesta. Ningún informe toxicológico pudo determinarlo. En su organismo se encontraron restos de cuatro medicamentos, dos ansiolíticos y dos antidepresivos, pero no hay pistas de la dosis que tomó porque Pardo vomitó. «No sabemos cuándo se produjo el vómito, lo que es importante para conocer la sedación en esa persona. Un vómito rápido habría evitado la absorción de lo que se hubiera tomado» y viceversa, explicó uno de los expertos de la Policía Científica que declaró por videoconferencia.

Los médicos forenses del Instituto de Medicina Legal adscritos al Juzgado de Avilés manifestaron que este caso respondería a lo que en su campo denominan «suicidio ampliado», cuando «alguien tiene intención de suicidarse y quiere que lo haga la persona que tiene al lado. Si no está de acuerdo, se produce un homicidio y luego el suicidio. Decide cuándo debe morir su mujer, de qué forma, en qué momento y quién la va a matar».

Confirmaron, tal como ya había informado un policía nacional presente en la autopsia, que Ascensión Amores falleció la madrugada del 26 de enero por un traumatismo craneoencefálico severo provocado por «más de treinta golpes en cara y cráneo». Las heridas más importantes se encontraron en la sien y en la parte de atrás de la cabeza y son compatibles con la llave inglesa encontrada bajo la cama, que además tenía restos de sangre y pelos.

La precisión de los golpes evidencian, según los forenses, que Julio Pardo coordinaba y mantenía el tono muscular necesario para imprimir fuerza a un arma homicida endeble, rechazando así que estuviese bajo los efectos sedantes propios de una ingesta masiva alcohol y fármacos. «No hay golpes perdidos. Hay montones y todos bien dirigidos. Si no hubiera atinado bien es difícil que hubiera golpeado con esa intensidad. (...) Está clarísimo que no estaba bajo los efectos del alcohol», remarcaron. Admitieron la posibilidad que el acusado hubiera bebido algo antes del ataque «pero tal vez para armarse de valor de algo planeado». Advirtieron, además, que la mayoría de esas heridas se produjeron mientras Ascensión Amores seguía con vida. «La cara estaba completamente desfigurada e irreconocible con heridas muy inflamadas que solo se producen si el cuerpo está con vida», aclararon.

Los forenses explicaron que las manchas de sangre indicaban que Ascensión Amores estaba tendida sobre la cama cuando fue agredida. Trató de cubrirse con los brazos y manos, «de ahí la multitud de hematomas en ambas manos y antebrazos», y en algún momento cayó o bajó de la cama hasta el suelo. «Él siguió golpeándola (...), incluso podría haberla golpeado mientras ella caía. Luego se puso sobre ella, presionando tórax y rompiéndole tres costillas del lado derecho». No están seguros de, si una vez en el suelo, él le sujetó el brazo derecho con el suyo izquierdo porque «tenía tantos golpes y hematomas en los brazos que es difícil saber si son de haber sido agarrada o de intentar frenar los golpes». Por último, intentó asfixiarla colocándole una almohada sobre la cabeza. Descartaron que hubiera sido puesta a posteriori en una reacción típica de sentimiento de culpa, tal como se había planteado en la sesión anterior. Precisamente la ausencia de este sentimiento, junto con el narcisismo y la frialdad emocional, les llevaron a detectar «ciertos rasgos» de un trastorno de la personalidad

Los médicos-forenses definieron a Pardo como una persona narcisista, fría emocionalmente y sin sentimiento de culpa, características propias de un trastorno de la personalidad. Concretamente, uno mixto, según el informe encargado por el abogado de la defensa, Félix Guisasola, a los psiquiatras Julio Bobes y María Paz García-Portilla.

Tras explicar cómo diagnosticaron la enfermedad y por qué en Julio Pardo es mixta (porque presentan rasgos de los diferentes tipos de trastornos que existen), afirmaron que distingue el bien del mal, pero no controla sus actos. «Sabía lo que hacía, pero era incapaz de controlarse», aseguraron. Es un trastorno que «modifica la voluntad per se, sin necesidad de consumir alcohol». Presenta, además, una ausencia total de remordimientos y de sentimiento de culpa.

García-Portilla expuso la dificultad del acusado para aceptar situaciones de estrés, lo que llevó a preguntar a la acusación particular, ejercida por María Martín, cómo no había habido manifestaciones previas de este trastorno en 46 años. «Porque no todas las transgresiones sociales son tan graves y llegan al juzgado y porque el aislamiento social propio de una persona que lo sufre habría dificultado que se hubieran cometido», explicó Bobes.

En una declaración conjunta y con doble turno de preguntas, los forenses pudieron añadir su extrañeza por la manifestación de un trastorno mixto a los 46 años sin que previamente se hubiera registrado «ningún problema ni con la justicia ni deterioro social». «Vemos habitualmente trastornos personalidad de jóvenes que delinquen una y otra vez. Suelen empezar entre los veinte y otros treinta», afirmaron. El abogado de Julio Pardo recalcó que los médicos-forenses no son especialistas en psiquiatría ni tienen experiencia clínica.

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