Mento Hevia, enredado en mil y una músicas

Mento Hevia, en una cafetería de Gijón. / PALOMA UCHA

Multiinstrumentista y compositor, trabaja en una ópera rock y en la difusión de la raviola, una fusión del rabel y la viola desarrollada por él mismo

CRISTINA DEL RÍOAvilés

Mírenlo en la fotografía que acompaña estas líneas. Están ante un ‘crack’. Es la palabra que más utiliza para referirse a un montón de músicos con los que ha colaborado a lo largo de su vida y es la que por justicia también le corresponde a él. Mento Hevia (Avilés, 1954) es un talentoso músico, multiinstrumentista y compositor que ha formado y firmado grupos y trabajos señeros, pero cuyo nombre suena mucho más en este mundillo que fuera de él. Con imagen de bohemio despistado que no necesariamente se corresponde con la realidad, Mento acumula también, como todo aquel artista que se precie, alguna que otra excentricidad. No es cuestión de descubrirlas aquí, pero sí de reivindicar la figura de un avilesino que vivió en la ciudad hasta los 23 años y que ‘dejamos’ marchar a la vecina Gijón. No fue hasta el pasado viernes, gracias a la placa que se le entregó en el concierto La Carriona Rock, cuando volvimos a sacar pecho y a decir: «Eh, que Mento es de Avilés».

Nacido como Sacramento en la calle de Rivero, a los seis años su familia se trasladó al recién construido barrio de La Carriona. Su padre, un hombre observador y de pocas palabras, era uno de los dos gestores de unos edificios construidos por la Organización Sindical. Su madre, Mari, fue la mujer puso una tienda de alimentación en el barrio, luego reconvertida en bar con futbolín y quinielas, donde los parroquianos jugaban a la baraja, al ajedrez y se arrancaban con unos temas flamencos. En aquel bar se tocaban palmas, porque el vecindario procedía íntegramente de Andalucía, Extremadura y Castilla. Al único oriundo, con permiso de la familia de Mento, lo apodaban ‘el asturiano’. Lo sabe con exactitud nuestro protagonista porque en él delegó su padre cuando le encargaron hacer un estudio sociológico del barrio, puerta por puerta. Aún conserva en algún lugar aquellas anotaciones realizadas con once años sobre lugar de nacimiento, número de hijos y profesión de sus vecinos, uno de los cuales recibió una de aquellas medallas que se daban a la procreación por sus veintidós hijos.

Desde pequeño Mento mostró una sensibilidad especial hacia la música. Tendría unos cuatro años cuando sintió percutir el viento en su pecho cuando la ‘señorita Jovita’, que de vez en cuando tocaba el piano en el Carreño Miranda, se puso con el armonio. Era cuestión de tiempo que aquel flechazo se convirtiera en algo más serio. Con diez años, su vecino Lolo, otro adolescente llamado Juanma y él formaron un grupo (o algo así) con guitarras de madera y una caja de metal como percusión. Con una radio del primero y un fonocaptor amplificaban el sonido de la guitarra y, de paso, asustaban a la nonagenaria abuela de uno de ellos, que cruzaba los dedos y solo le faltaba decir ‘vade retro’.

Con esa rústica y autodidacta formación musical siguieron evolucionando inspirado por grupos del barrio como Los Puliber’s o Los Arlequines, que ensayaba en El Barracón, lo que hoy se llamaría casa de cultura y que entonces era un edificio de hormigón gris en el que se oficiaba misa, se celebraban festivales y bailes y se practicaban el boxeo y el fútbol. Los Incas, que con sus guitarras eléctricas representaban ya un nivel superior y para sorpresa de Mento le ofrecieron tocar con ellos. Tenía catorce años.

Pero fue Los Fannys, la formación que acompañaba a Luz Casal, el primer grupo serio al que tuvo oportunidad de pertenecer. Mento seguía tocando de oído, aprendiendo de sus compañeros y con los conceptos teóricos básicos del sistema armónico musical que en una semana le había inculcado el guitarrista y violinista José Luis Ogueta. Suplió el resto de sus carencias con el desarrollo de un sistema de anotación propio que, para su sorpresa, se parecía mucho al reglado que descubrió a los 28 años, cuando se matriculó de violonchelo en el Conservatorio Julián Orbón. Entremedias, fue uno de Los Linces, formó Trafalgar con Julio Gilsanz, el primer grupo de rock con composiciones propias en Asturias, y se unió después a Crack, formación que grabó el que está considerado uno de los mejores álbumes del rock progresivo en español, ‘Si todo hiciera crack’ (1978). En los ochenta se reeditó dos veces en Japón y todavía hoy se puede encontrar en Corea del Sur.

Su inquietud musical y las ganas de experimentar y de profundizar lo llevaron hacia la música electrónica y techno, pasó después al folk con Nuberu y regresó al pop-rock con grupos experimentales como La Línea Imaginaria, Yola o Los televidentes. Nacho Cano (exMecano) estuvo a punto de producir un disco del primero de estos grupos y, de hecho, se mostró muy interesado en los sonidos que habían fabricado en unos años en los que todavía no se manejaban las memorias. La cuestión es que el socio de Cano lo echó para atrás por considerarlo poco comercial.

Derecho y enseñanza

Las andanzas musicales habían ido a la par que sus estudios en el San Fernando y en Derecho, en la Universidad de Oviedo, carrera en la que dejó estratégicamente dos asignaturas para seguir matriculándose e ir ampliando la prórroga del servicio militar que se negaba a hacer. Mento seguía tocando sin darse cuenta de que la música podía ser su forma de vida. Pero fueron surgiendo oportunidades. Primero de impartir clases de sonido en el taller de músicas de Gijón y en planes de formación profesional para técnicos de sonido. Y, después, de montar junto a otros socios su propio negocio, ‘Sampling’, una tienda de instrumentos, escuela y estudio de grabación en el que se impartieron las primeras clases de aplicaciones musicales con ordenador en Asturias. Ahí estuvo veinte años, los diez primeros de ellos alejado de los escenarios en coincidencia con la irrupción de los ochenta y una escena en la que no estaba del todo cómodo. Se centró en la enseñanza y la experimentación, incluido un periodo de obsesión con la música barroca, hasta 1998-99. Nació entonces Gueta Na Fonte, grupo que grabó dos discos, pero cuyos integrantes pusieron a dormir en 2012 para gestar la Orquesta Céltica Asturiana, un conjunto orquestal de gran formato dirigido y producido por Mento.

Como compositor ahora anda con la ópera rock ‘Jesus, Jon and others’, en la que acaba de involucrar a Alberto Fontaneda (ex Crack), y como instrumentista quiere difundir el instrumento que ha inventado: la raviola. No le valía con tocar la guitarra, la batería, el órgano, el piano, sintetizadores, flauta dulce, violonchelo, arpa céltica y el rabel. No, no le valía. Mento ha gestado una fusión del rabel y la viola, de la que ya ha encargado varios prototipos a unos luthiers cántabros. Igual llegan a tiempo para incorporarse en alguno de los temas del que será el segundo álbum de la Céltica. O tal vez no, en cualquier caso la efervescente creatividad y energía de Mento les acabará dando salida. Al tiempo. No se les olvide que es un crack.

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