Pedro Menéndez de Avilés, la historia de un olvido injusto

Antonio Fernández Toraño posa para LA VOZ en el parque de El Muelle ante la estatua de Pedro Menéndez. / MARIETA
Antonio Fernández Toraño posa para LA VOZ en el parque de El Muelle ante la estatua de Pedro Menéndez. / MARIETA

Un nuevo libro reivindica la figura del Adelantado en vísperas del 500 aniversario de su nacimiento | «Probablemente fue el marino más importante del siglo XVI, triunfó donde otros fracasaron», subraya el autor, Antonio Fernández Toraño

J. F. GALÁN AVILÉS.

Conquistador de La Florida, fundador de San Agustín, primer asentamiento europeo estable en lo que hoy son los Estados Unidos de América, Capitán General de la Mar Océana, Gobernador de Cuba y de la propia Florida... Pedro Menéndez de Avilés (Avilés, 1519-Santander,. 1574) no acostumbra sin embargo a figurar junto a nombres como Francisco Pizarro o Hernán Cortes.

«Es un personaje injustamente olvidado, prácticamente desconocido para la gran mayoría pese a que probablemente fue el marino español más importante del siglo XVI. Triunfó donde otros muchos habían fracasado. Fue quien llevó a término una tarea, si no tan espectacular como otras desarrolladas por sus coetáneos, sí quizás de importancia similar, cual fue la de asegurar un punto tan estratégico como el canal de Bahamas, paso obligado de los galeones españoles que llevaban a España las riquezas que permitirían a Castilla mantener, en constante conflicto con Inglaterra o Francia, su hegemonía en el mundo durante más de doscientos años», subraya Antonio Fernández Toraño, autor de un recién editado libro sobre El Adelantado de La Florida. Su título, 'Pedro Menéndez de Avilés. Señor del Mar Océano. Adelantado de La Florida'.

Editado por Edaf, sus 483 páginas, escritas con rigor histórico y sin exceso de tono académico, nos solo ahondan en sus inicios como capitán con patente de corso en el Cantábrico y Canarias, su incursión en La Rochelle, sus cincuenta viajes a América, su victoria ante los hugonotes en fuerte Carolina y la fundación de San Agustín. También narra las penurias que las escasas tropas y colonos tuvieron que sufrir para asentarse en una tierra hostil por su naturaleza, por sus nativos y por los piratas a la vez que reivindica la Conquista de América como uno de los grandes episodios de la historia, cincuenta años en los que España descubrió, exploró y conquistó un territorio veinte veces mayor que la península y abrió la puerta del océano Pacífico.

«El honor de dar América al mundo corresponde a España. Y no solamente el honor de su descubrimiento, sino de haber sido durante varios siglos la primera en llevar a cabo una exploración y colonización como nunca antes había hecho otra nación en territorio alguno», frase del historiador estadounidense y activista a favor de los indios Charles Fletcher Lummis que cita en el prólogo Fernández Toraño.

Y Pedro Menéndez jugó un decisivo papel. El autor narra en el texto otros episodios no tan conocidos de la vida de Pedro Menéndez. Entre ellos «el primer hecho cronológicamente contrastado de su historial de su historial como marino y militar». Fue en 1539, en aguas de la ría de Vigo. Una nave francesa con tres zabras de acompañamiento «había capturado un cortijo nupcial en el que iban la novia y sesenta parientes y amigos». Menéndez solicitó a las dos pataches de la Armada que navegaban junto a él que acudiesen a rescatarlos, «pero se negaron, aduciendo que sería una temeridad enfrentarse a una fuerza que consideraban muy superior». Con solo cincuenta hombres, Menéndez liberó al cortejo y puso en fuga a la escuadra francesa gracias a una hábil maniobra estratégica. «Era un hombre de una gran inteligencia», asegura el autor.

Patente de corso

Su fama no dejó de crecer, sobre todo a raíz de la incursión en La Rochelle, en 1544, rescatando cinco navíos que habían sido capturados en Finisterre y dando muerte con su espada al comandante francés, Jean Alphonse de Saintoge. Aquel episodio le valió el reconocimiento del emperador Carlos I, quien le concedió patente para que continuara la lucha corsaria.

Cuando años después fue enviado a La Florida ya era muy conocido en la Corte y mantenía una buena relación con Felipe II, sucesor de Carlos I. Lo había traído, ya como rey, desde Amberes, «salvándole gracias a sus dotes como marino excepcional de una muerte casi segura en una galerna que dio al traste con gran parte de los navíos que venía en la comitiva real», episodio que Fernández Toraño califica de «transcendental para la historia de España y de Europa».

El libro dedica muchas páginas a la conquista de Florida, un vasto territorio que entonces también incluía parte de Georgia y de las dos carolinas descubierto por Ponce de León, que encontraría allí la muerte en 1511, flechado por los indios.

Flota de Indias

Corría el año 1565. Menéndez ya había realizado numerosas expediciones de ultramar, y nueva años atrás había sido nombrado Capitán de la Flota de Indias. Entonces solicitó al emperador permiso para regresar en busca de su hijo, desaparecido en un naufragio, petición que le fue concedida a cambio de que sometiese a los hugonotes, calvinistas franceses instalados allí tres años antes, e incorporase el terreno a la Corona, tal y como correspondía en virtud al Tratado de Tordesillas.

Desembarcó al frente de un reducido contingente, menos de 500 soldados, colonos y religiosos, en un puerto natural que bautizó como San Agustín, marchó durante días con una parte de esa tropa a través de inhóspitas y pantanosas tierras y tomó fuerte Carolina, la plaza fuerte de los hugonotes. Una vez conquistado, pasó por las armas a unos 140 enemigos, si bien respetó la vida de cincuenta mujeres y niños menores de quince años.

De vuelta a San Agustín encontró y mandó ejecutar a unos doscientos náufragos de una flota gala diezmada por un temporal, idéntica suerte a la que corrieron otros 150, entre ellos a su comandante, J. Ribault, en un paraje que por algo hoy se conoce como Bahía Matanzas. En ambos casos no había alternativa. Dejarlos libres supondría una amenaza para las propias tropas españolas y para San Agustín y hacerlos prisioneros no era una opción ante la imposibilidad de alimentarlos.

Fue el inicio de más de doscientos años de presencia española continuada, salvo un período de diecinueve años bajo dominio británico, en La Florida, hasta 1821, año en el que se incorporó a la Unión en base al tratado de Adams-Onís.

Era «un territorio enorme y plagado de peligros, con una naturaleza esplendorosa pero casi improductiva y una población diseminada que, en contrasta con la de México o Perú, apenas había superado el neolítico. Su gran valor era estratégico», contextualiza el autor. La guarnición «rara vez llegó a los 500 hombres y unos cuantos religiosos y colonos que intentaban sobrevivir en una condiciones deplorables. Muchos morían de hambre, y fueron muy pocos los que regresaron».

Fernández Toraño hace hincapié en que Menéndez de Avilés «aseguró la bahía de Tampa, en la costa oeste de Florida, y construyó muchas plazas fortificadas en el Caribe. También diseñó una nueva clase de naves, realizó una extensa labor cartográfica y gracias a su empeño consiguió que Felipe II le concediese licencia para llevar a los jesuitas al Nuevo Mundo, terreno que hasta entonces solo podían pisar franciscanos, dominicos y mercedarios».

El libro hace igualmente alusión a otras facetas de su vida, como la de comerciante, a sus dos encarcelamientos, quizá producto de su constante enfrentamiento con la Casa de Contratación y sus corruptelas, a su papel como gobernador de Cuba entre 1568 y 1573, reforzando las defensas de La Habana e impulsando la construcción de La Fortaleza, y al vínculo que siempre mantuvo con su tierra natal.

Gran flota

Pedro Menéndez falleció en Santander en 1574 víctima de unas fiebres sobrevenidas cuando ya zarpaba al frente de una gran flota que había armado por orden de Felipe II para liberar Amberes y quizá también para invadir Inglaterra. «Probablemente habría sido la verdadera Armada Invencible», subraya el autor. Sus restos mortales descansan en la iglesia de San Antonio de Padua, donde llegaron tras muchos avatares.

Una estatua en el parque de El Muelle le rinde homenaje. El próximo año se cumple el quinientos aniversario de su nacimiento, efemérides que el Ayuntamiento quiere conmemorar con un extenso programa de actividades para reivindicar su figura. Y es que 500 años después su ciudad natal no tiene plena conciencia del relevante papel que desempeñó en la historia.

No sucede así al otro lado del Atlántico. Allí figura en los libros de texto y en San Agustín de la Florida es una celebridad. Su estatua preside el ayuntamiento, la calle principal lleva su nombre, hay banderas españolas por todas partes, la de la época, la Cruz de San Andrés, y la actual, y cada hora se pega un cañonazo desde el sitio en el que desembarcó, La Misión.

«¡Por España, fuegooo!», grita el artillero antes de prender la mecha.

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