La satisfacción del deber cumplido

Calvo, durante la preparación del Cristo de Medinaceli. / P. BREGÓN
Calvo, durante la preparación del Cristo de Medinaceli. / P. BREGÓN

Santiago Calvo, maestro de ceremonias de Nuestro Padre Jesús de la Esperanza, se encarga de revisar que todo esté listo para procesionar

EVA FANJUL AVILÉS.

Al detalle, así desarrolla Santiago Calvo su labor como maestro de ceremonias en la cofradía avilesina de Jesús de la Esperanza. Con meticulosidad, revisa que nada falte ni sobre al paso, que la imagen luzca impoluta, que los cofrades lleven el atuendo en condiciones y que a la hora de salir a la calle no haya que preocuparse de otra cosa que nos sea procesionar «con fe y serenidad», subraya.

Tardó en llegar a la cofradía, su puesto como responsable sindical le hizo tomarse su tiempo, pero tras dejar el cargo respondió a esa «llamada que desde siempre escuchaba» y hace unos nueve años ingresó en la Borriquilla. La experiencia y capacidad organizativa que adquirió en el sindicato le sirvió también en la hermandad de la que se hizo maestro de ceremonias al año de su llegada.

De la Semana Santa no le sobra nada, ni el estrés de algunos momentos, ni la intensidad de las jornadas interminables en las que tras sacar un paso «hay que limpiarlo y colocarlo de nuevo en su sitio para acto seguido encargarse de la imagen que procesiona al día siguiente». Y es que son cuatro los pasos que custodia su cofradía. Los cuatro pertenecientes a la iglesia de San Antonio de Padua, la antigua sede de los Padres Franciscanos que a punto estuvo de cerrar sus puertas tras la marcha de los frailes que la habitaron durante nada menos que setecientos años «por cuestiones internas de la iglesia en las que yo no entro», apunta Santiago.

Para que el culto siguiese en San Antonio, además de que se oficie misa dos veces a la semana «sábados y domingos», explica Santiago, la iglesia acoge la oración eterna, sus puertas no se cierran nunca, «en cualquier momento, a cualquier hora, aquellos que los necesiten podrán venir a orar. Para ello nos turnamos día y noche voluntarios que se ocupan de mantener la puerta abierta».

Pero la Semana Santa es para Santiago más que los días santos, es todo un año de preparativos de reuniones de organizar actos, rifas, loterías varias para recaudar fondos que permitan a la hermandad renovar vestuario, comprar las velas, y todo aquello que se precise para salir a celebrar la pasión, muerte y resurrección de Jesús un año más.

Quizá lo más agradable de todas esas actividades sean los viajes, salidas a puntos no muy lejanos en Galicia, León o Cantabria, en los que se disfruta de la compañía del grupo y de ese ocio que mezcla cultura y cierto descubrimiento.

Aunque la salud no le acompaña, Santiago no para de hacer cosas, se sube a la escalera, limpia el polvo coloca los candiles, arregla la tela del paso. Y así se siente bien, asegura, «activo y satisfecho», a pesar de que el frío de la capilla a veces le hace ponerse un jersey de más y echar algún que otro caldo de menos. «Quizá lo peor sea la humedad -comenta-, pero las edades de estos muros conllevan ciertas molestias», sonríe.

Y así prosigue su trajín, de un paso a otro, de una procesión a otra, disfrutando de la Semana Santa de la mejor forma que sabe, como más le gusta, de cofrade, en un discreto segundo plano, y rezando para que, aunque resulte difícil, el tiempo dé una tregua a la hermandad y respete la ilusión y el trabajo empleados durante todo meses para celebrar la semana más importante del año.

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