Siempre con mano diestra

María Calvo, delante de alguna de las obras que cuelga en la tienda Askfor.
María Calvo, delante de alguna de las obras que cuelga en la tienda Askfor. / MARIETA

POR C. DEL RÍO

María Calvo Cano es más María Calvo Cano que nunca. Liberada de ataduras y prejuicios, se encuentra en esa fase de la vida en la que sabe y quiere exprimir cada momento. Una conversación, una clase, una exposición o un café. Apartada de una profesión amada en un entorno laboral difícil, decidió hace siete años dejar Madrid y reencontrarse con su familia, asentada en Raíces. De allí solo se trajo lo imprescindible y dejó fluir la mejor versión de sí misma. Más relajada y más dispuesta a dejarse conocer por un vecindario más cercano que el de una gran ciudad.

María Calvo (Silvamayor, Valdés, 1941) nació en la braña vaqueira y fue la única hija de unos padres que en 1945 decidieron buscar el futuro en Madrid. Desde pequeña fue una niña alta y fuerte, seria y sensible. Es el día de hoy que todavía, y a pesar de esa seguridad en sí misma que transmite, se emociona al recordar a su abuelo, la persona por la que ella se convirtió en uno de las primeras cirujanas de España. Su fallecimiento, inexplicable para una niña de siete años, la determinó a estudiar Medicina, una profesión que le permitiría salvar vidas. Ya desde los primeros años de carrera se sintió inclinada hacia la cirugía. Solo tuvo un pequeño problema: no era una especialidad típica de mujeres. Porque, aunque no tantas como hombres, mujeres había en la facultad, pero se decantaban en su mayoría por pediatría. Puede parecer anacrónico, y ciertamente lo es, pero a María no le parece cosa de muy atrás sino tan solo de hace cuatro días. Su testimonio habla de unas reservas hacia el género femenino que duraron hasta ayer, como quien dice.

Con las ideas muy claras y una mentalidad muy práctica, María tuvo que repetir intencionadamente un curso para poder entrar bajo la tutoría del único catedrático de patología quirúrgica de la Universidad Complutense que aceptaba mujeres, Alfonso de la Fuente Chaos, un destacado cirujano, con una gran influencia profesional y política en su época. Con él hizo también la residencia en el Hospital Clínico de Madrid. Antes de eso, María fue a solicitar su certificado de estudios a la secretaría de la facultad donde no lo encontraban porque con el nombre de María Calvo no constaba ninguno. ¿No sería Mario en vez de María o quizás se había confundido de especialidad? Insinuaciones como esta solo la hacían más fuerte y determinada a seguir adelante.

Sacó la oposición y se trasladó a la Residencia Sanitaria de Alicante. Trabajó cuatro años allí hasta que ganó una plaza en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid, donde ejerció desde 1978 hasta su jubilación en 2007. Sacar la oposición fue más fácil que ganarse el respeto y la consideración de unos colegas que la veían como a una intrusa. Entonces, al menos a ella, solo le constaba otras dos cirujanas españolas en ejercicio, una de ellas trabajando en Barcelona tras haberse formado en Estados Unidos.

María, siempre correcta, tuvo que incorporar tacos en sus exposiciones profesionales para hacerse oír. Embrutecerse un poco, en competencia con sus compañeros, si quería que sus opiniones fueran tenidas en cuenta. Esa estrategia no le valía cuando se trataba de gestionar éxitos y fracasos. Daba igual lo que hiciera porque ya sabía de antemano que un buen resultado profesional nunca llevaría su firma, pero sí se enteraría todo el hospital si lo sucedido era un fracaso.

Ese fue el clima laboral en el que se desenvolvió la mayor parte de su vida. Decidió ir a lo suyo y centrarse en el paciente, por el que se había convertido en cirujana. Volcar su conocimiento y destreza en la mesa de operaciones, su primer lienzo antes de coger los pinceles. Especializada en vesículas, ni calcula cuántas apéndices habrá extirpado, además de otras operaciones en el estómago y el intestino delgado. Su favorita, porque en esto también hay favoritismos, eran las de colon por la sencilla razón de que suelen ser de las que más rápido se recupera el paciente. Prisa, María siempre ha tenido prisa por los resultados.

Enganchada a la pintura

Paradójicamente, eso no le pasa en la pintura, por donde transita con mucha más calma. Aparte del componente estético, a María le sirve para relajar, desconectar, divertirse y aprender, un verbo este último que ha estado ligado siempre a su trabajo. Ahora el estudio y aprendizaje es distinto, es crecimiento personal, exploración de posibilidades artísticas y el reto por ser mejor cada vez porque la destreza de la mano de cirujana no garantiza nada más sobre el lienzo.

Sus primeros pasos fueron en la acuarela, técnica que le reportó satisfacción y éxito en las exposiciones en Madrid, Salamanca, Toledo y Cuenca, entre otras ciudades. Es curioso que, como si asociara la acuarela a Madrid, desde que regresó a Asturias se ha decantado por la pintura acrílica, bajo la dirección de Nacho Suárez, a quien confía sus posibilidades. Aquí ha participado en algunas colectivas y de forma individual en el Valey Centro Cultural. Ahora cuelga su obra en el establecimiento Askfor, en la calle de El Sol, parte de su serie 'Abrazos'.

Mientras en sus clases se deja guiar por Suárez, en su casa ha retomado esa acuarela que tenía abandonada, intentado darle una vuelta a una técnica que la enganchó desde el principio por el poco margen de error que permite. Va poco a poco, sin prisa, disfrutando de pequeños detalles como la lluvia que le recuerdan que es vaqueira, que vive en Asturias y que se hizo cirujana por la prisa que tenía en ver resultados. Eso ha quedado atrás, pero esa es María. Solo que ya no corre.

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