El socorrista del mueble de ayer

Carlos del Arco, sentado en su negocio, iluminado por una creación propia. / PATRICIA BREGÓN
Carlos del Arco, sentado en su negocio, iluminado por una creación propia. / PATRICIA BREGÓN

Rehabilitador, diseñador y creador polivalente, el Palacio Valdés lo trajo a Avilés, la crisis lo echó y regresó en 2010 con una propuesta de reciclaje

C. DEL RÍO

Hay mentes que no descansan. Que elucubran, pergeñan, idean, transforman y crean. Mentes imposibles de detener, mentes que van por libre y siempre un poco más allá cuando registran un objeto o sensación. ¿Tiene que ser así necesariamente? ¿Podría tener otra forma? ¿Servir para algo? ¿Darle un nuevo uso? Las preguntas se suceden en un estado casi fabril, de permanente creatividad. De forma inagotable, insaciable y sin rastro que se pueda apreciar desde el exterior de cualquier tipo de excitación. Ese don es, para quien lo posee, algo de lo más normal. A Carlos del Arco Herrera (Madrid, 1966) le sorprende cuando alguien le inquiere sobre ello. Se sabe habilidoso y, tal vez, emprendedor, pero nunca le ha dado demasiada importancia. Es su forma de ser. De afrontar la vida y las circunstancias y en su cabeza no caben conceptos como fracaso o derrota. Se trata de vivir y experimentar. De transitar por caminos en los que se elige la velocidad, las paradas y las experiencias. Y a ser posible, acumular el mayor bagaje posible y el menor equipaje físico. Las cargas, como el resentimiento y el mal humor, pesan.

Carlos llegó a Avilés con ganas de aventura y de aprender. Tenía 21 años y no había terminado la carrera de Bellas Artes cuando unos alumnos mayores que él le propusieron venir a una ciudad norteña e industrial de la que nunca había oído hablar. La propuesta se presentaba como todo un reto: participar en la rehabilitación de un teatro. Era saltarse, de golpe, un par de años de estudios. Pasar de la práctica a la teoría y conocer el oficio desde dentro, desde donde se plantean de verdad las dudas con los materiales y las estructuras. El hermoso Palacio Valdés, que ahora le queda a tan solo unos metros de su tienda, era entonces un cochambroso coliseo que tuvo paralizado al equipo de su restauración los dos primeros días al equipo. ¿Por dónde demonios iban a empezar?

La pormenorización de los trabajos de la rehabilitación se pueden encontrar en la hemeroteca de LA VOZ DE AVILÉS, pero no es difícil imaginar lo que puede suponer el proyecto para un joven inquieto. Ávido por aprender y cimentar conocimientos. Aprovechó el tiempo, además, de la mejor manera posible. Aquí conoció a la que más tarde sería su mujer, Memé, y la mejor compañera de viaje desde entonces. Con ella, que tenía un negocio de moda en la calle de Rivero con otros dos socios, abrió 'La Camisería', en la calle de La Cámara. Un establecimiento de ropa a medida al que las clientas iban con el '¡Hola!' a calcar el traje de tal o cual famosa. Cuando la crisis de los noventa se lo llevó por delante, en vez de lamentarse decidieron buscar una oportunidad en Madrid.

Allí comenzaron de comerciales de seguros y tocaron varios sectores hasta que a Memé se le presentó la oportunidad de colaborar con un sastre para el vestuario de una obra de teatro y, pese a lo que pueda parecer, en ello no tuvo nada que ver el hoy afamado director teatral Miguel del Arco, uno de los seis hermanos de Carlos y que por aquel entonces debutaba con pequeños papeles en el cine.

Aquella primera colaboración sirvió para adentrarse en un sector en el que se tiraba de colegas con acreditada solvencia. Profesionales polivalentes y con recursos para superar los posibles problemas en un rodaje. Se especializaron, sobre todo, en el rodaje de anuncios de televisión para las marcas más conocidas y en prestar servicio y apoyo a productoras extranjeras que grababan en España sus spots. Eran trabajos maratonianos en los que, por cuestiones económicas, se grababan cuarenta horas de continuo. Carlos y Memé, mano a mano con los directores artísticos del proyecto, se encargaban de la selección y provisión del atrezzo y vestuario.

El teléfono no dejaba de sonar, pero Carlos se hartó de Madrid, a pesar de apreciar en sus barrios cierto tipismo encantadoramente provinciano (exento este adjetivo de cualquier sentido despectivo), y decidió volver con Memé a Avilés. No lo hicieron solos. Se trajeron consigo su último proyecto y el más longevo de los puestos en marcha hasta el momento: 'Mano de Santo', tienda-taller de mueble auxiliar y ropa de segunda mano para la que eligieron una esquina con visitas al futuro de la ciudad y espalda con espalda con el Teatro Palacio Valdés. En esta segunda etapa, fogueados y curtidos ya en varias batallas, han logrado consolidar un negocio en el que apetece entrar solo por curiosear en las decenas de objetos que se acumulan en pasillos y repisas. En él tiene Carlos uno de sus dos talleres. El de los trabajos más gruesos; el de los finos, los que requieren paciencia y delicadeza, lo tiene en casa. Especializado en la rehabilitación, le llegan encargos de todo tipo y lo mismo revive un cabecero de cobre que transforma o recupera un escritorio de nogal o da rienda suelta a sus propias creaciones, tales como lámparas o una línea de camisetas en homenaje a la madreña.

El tú a tú

Amigo de la materia y del trato personal, se ha digitalizado lo justo para atender una demanda creciente de encargos que lo tiene despistado. A él, que le gusta cambiar unas palabras con Guti 'Lord Byron' cuando toma el café por las mañanas o con el vecino más reciente de la zona, el fotógrafo Sergio López, le resulta sumamente extraño estos negocios virtuales en los que ni ves ni oyes la voz del cliente.

Es un cambio de era y no será él quien se oponga, pero qué poco tiene que ver con el primer Avilés industrial y pujante que conoció y con el segundo, culturalmente inquieto, con el que se reencontró. Tan abiertos como su Madrid, en el que aprendió con sus padres lo que es estar de cara al público. Primero en la mercería que regentaba su progenitor en la Juan Duque y luego en el pub que montó en la calle Manzanares cuando todos sus hijos (recuerden, una prole de siete) quisieron estudiar. En aquel bar típicamente inglés («siempre hemos sido la hostia de modernos», se carcajea Carlos), todos aprendieron a poner copas y a foguearse en las relaciones humanas.

Todo eso fue, como quien dice, ayer, por eso Carlos y Memé permanecen aún vinculados a un sector audiovisual que ha cambiado como de la noche al día, pero del que aún aceptan algún encargo interesantes, como la grabación del último spot de promoción turística del Principado. Porque la creatividad y la venta es lo suyo.

Y porque en Asturias ha echado tantas raíces como las que crió en Madrid.

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