A través de Llaranes en asturiano

El numeroso grupo de visitantes, ante la iglesia de Santa Bárbara de Llaranes. / MARIETA
El numeroso grupo de visitantes, ante la iglesia de Santa Bárbara de Llaranes. / MARIETA

La visita guiada organizada por CaleyAvilés reúne a medio centenar de personas

M. PICHEL AVILÉS.

Llaranes quiere reivindicar su pasado siderúrgico y utilizarlo como un reclamo que le permita atrapar a aquellos visitantes interesados en la arqueología industrial, un complemento que sumar a los atractivos turísticos de Avilés y su comarca. Ayer, casi medio centenar de ellos se dieron un paseo por el barrio para conocer su historia en asturiano, en uno de los recorridos de CaleyAvilés, organizados por la Estaya de la Llingua.

Las previsiones se rompieron, puesto que las 25 personas previstas, a tenor del número de inscritos en la actividad, se superaron con creces, llegando casi al medio centenar las que se acercaron a la iglesia de Santa Bárbara, dominando el poblado. Ese fue el punto de partida, en el que Pablo López, arqueólogo y experto en interpretación del patrimonio, que trabaja en el Ecomuséu La Ponte, en Santo Adriano, reunió a los participantes para comenzar a las seis en punto de la tarde.

«Lo que pretendemos con esta visita es que la gente sea consciente de un tipo de lectura social del entorno, que sufrió una transformación muy grande. Que se reconozcan en ese pasado, al que no hay que dar la espalda», explicaba Pablo, que reconoció que «tendemos a valorar más el pasado más alejado, y no el reciente, pese a estar íntimamente relacionados con él».

Antes de comenzar, preguntó cuántos de los presentes conocían el barrio, y alzaron la mano la mayoría. Algunos se criaron allí, otros avilesinos y de la comarca, querían conocer algo más de su historia. Y había seis visitantes, de ese casi medio centenar, que se sumaron desde el desconocimiento, puesto que venían desde Zamora, Barcelona y León para descubrir una población que Pablo definió como «única».

«Un ejemplo increíble»

Para Pablo, Llaranes es «un ejemplo increíble, porque se mantiene totalmente vivo como lo que es, un poblado que sigue cumpliendo su función, a parte de su valor arquitectónico». Decía ante la iglesia de Santa Bárbara, obra de los arquitectos Juan Manuel Cárdenas y Francisco Goicoechea, lo mismos que diseñaron el barrio a mediados de los años 50 para dar servicio a una parte de los trabajadores de Ensidesa, que lo mandó construir justo junto a la que entonces era entrada principal de la factoría, «después de tres proyectos distintos».

«Es muy interesante que siga sirviendo a la gente que vive en él, porque no se puede encerrar el patrimonio», explicaba Pablo a los visitantes, después de rodear la iglesia que preside en lo alto el parque, «un lugar dominante, de demostración de poder, como lo era el otro contrapunto, la Plaza Mayor».

Lo seguían junto a los edificios de la primera ampliación del barrio, «con menos espacio entre ellos, porque había que construir, por tanta necesidad de vivienda que existía». Hasta llegar a la primera pausa, junto al parque infantil, «un hito en la fecha en que se hace, que se cuente así con el espacio para el ocio infantil», en palabras de Pablo, con su particular cierre con figuras de fundición, ante lo que fue la escuela masculina, hoy colegio público de Llaranes. Allí se suscitó una amena conversación, cuando el arqueólogo enseñó una fotografía de las escuelas de los tubos, que sirvieron de antesala a la construcción de los centros educativos. Tocó la fibra de algunos de los presentes. «Entré en esas escuelas con cuatro años», rememoraba uno; otros recordaban que los bajos de un edificio de viviendas también albergaron aulas. Y todos lamentaban la pérdida de un elemento tan singular.

El colegio femenino fue el siguiente paso de la visita, que terminó en la Plaza Mayor. Allí recordaron los días de Reyes, las multitudinarias recogidas de juguetes, con vídeos que se encuentran en Internet.

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