El valor del agua y los pantanos

Jaime Niévares. / PATRICIA BREGÓN
Jaime Niévares. / PATRICIA BREGÓN

Antiguo director de explotación de embalses de ArcelorMittal, trabaja en recopilar y documentar los principales embalses de Asturias

POR C. DEL RÍO

El agua, como el aire, es un elemento esencial para la vida. Líquido, sólido o en vapor alimenta y riega el cuerpo humano, las huertas de las que comemos y la industria que sostiene el actual modo de vida. Nunca pensó Manuel Jaime Niévares Fernández (Ablaña, Mieres, 1951) que el agua iba a ser tan importante para él, pero este avilesino de adopción se familiarizó con los fluidos energéticos en Ensidesa y, aún jubilado, sigue pendiente de su documentación. Ha reunido en varios volúmenes los datos básicos de los embalses más importantes de Asturias, comenzando por los que suministran directamente a la que fue su empresa hasta el año pasado.

Todo empezó hace unos siete años cuando, como director de explotación de embalses de ArcelorMittal, comenzó a profundizar en las características de unas instalaciones vitales para el funcionamiento de la siderúrgica. Ingeniero Técnico Industrial, Niévares entró como jefe de turno en el departamento de fluidos energéticos de la antigua Ensidesa después de haber dudado bastante acerca de su futuro profesional.

Porque, sí, a pesar de la seriedad que transmite Jaime, de joven fue más indeciso de lo que ahora cabría sospechar. Probó minas y telecomunicaciones en Madrid, pero estos dos años pasados en la capital del país le resultaron más útiles para descubrir aficiones como la fotografía que para terminar de engancharse a unos estudios que le decían más bien poco. Regresó a casa y probó en Ingeniería Técnica Industrial. Por probar, no nos engañemos. Pero en esta carrera sí pareció encontrar unos contenidos apetecibles y asequibles, es decir, que no llevaran muchos años de estudio. Ante todo, practicidad. Cualidad que volvió a traslucir en su primer trabajo en el sector del montaje. Fue visto y no visto. Rápidamente lo dejo e intentó entrar de nuevo en Ensidesa a través de unos contratos en prácticas que, a la postre, le granjearon un contrato estable.

En aquel antiguo departamento de fluidos energéticos, Niévares se comenzó a familiarizar con el agua. El agua ya era importante en los lavaderos de carbón de su Ablaña natal, donde también estaba la Mina Nicolasa, pero de crío nunca le dio por reflexionar sobre la importancia de este elemento. Fue en la siderúrgica cuando conoció todos los usos del agua en la industria y los procesos de captación, depuración, refrigeración y desmineralización que le siguen llamando la atención.

Era un trabajo cambiante, poco repetitivo, que le permitió moverse por toda la factoría para comprobar el funcionamiento de las distintas fases. Un tarea de control y prevención que nunca es garantía de problemas repentinos tales como reventones, averías o inundaciones, por citar solo algunos, a los que hay que dar respuesta cuanto antes mejor.

Sin agua no hay siderurgia, a pesar de que nunca nos paremos a pensar en ello. Y aunque ahora ArcelorMittal consuma mucha menos, en los tiempos de Jaime se llegó a reponer diariamente entre 270.000 y 290.000 metros cúbicos. Reponer, no consumir. La garantía de que el proceso no va a fallar al día siguiente tras el gasto del anterior.

Con el tiempo y la experiencia fue jefe de distribución de fluidos, un perfil más técnico y administrativo, en el que ya no se encargaba de gestionar al personal. Y ya como director de explotación, le tocaba, de vez en cuando, ir a echar un vistazo a algunos embalses, principalmente al de San Andrés de los Tacones, entre las factorías de Avilés y Gijón. Este ha sido el primero de los documentados en un primer volumen de cerca de seiscientas páginas sobre la historia y datos técnicos de la infraestructura, apoyada con numerosas fotografías y esquemas. El punto de partida es preguntarse cómo partiendo de cero se crea un embalse y se abastece a una industria. Una obra técnica, pero con cierto espíritu didáctico, escrita para quien no necesariamente es un experto en el tema. Un acierto haberlo hecho así porque si bien comenzó por recopilar esta información para tener a mano y en orden las respuesta a las preguntas y dudas planteadas por compañeros del trabajo, ahora le ha sorprendido el interés de sus conocidos. Inquietudes que, presto, acude a resolver en alguna cafetería con mesas grandes porque los volúmenes que carga no son poca cosa. Jaime los lleva en una bolsa de deporte dentro del coche y procura aparcar siempre cerca del lugar de la cita.

Aparte de San Andrés, tiene documentados Trasona, La Granda, el río Narcea y su canal. Explica los proyectos anteriores, desde la propiedad del prado, el motivo por el que se construyó, de dónde le llega el agua, cómo se mide y controla, las características técnicas de la presa, detalles de los sistemas de filtración y así hasta medio millar de páginas de cada uno.

Labor fotográfica

La mayoría de la información ha salido de los archivos de la empresa y el trabajo de campo ha consistido en documentación fotográfica. Con su ya antigua cámara Mavica, una de esas que almacenan los archivos en disquetes, su hoz (por si hay que limpiar el camino) y su coche conduce hasta donde toque en función de la época. En ocasiones le acompaña su hijo que, aunque más metido por la electricidad, comprende la afición del padre. La compañía se agradece porque aquí al lado de casa, como quien dice, Niévares vivió una situación ciertamente comprometida por pisar donde no debía. Fue en San Andrés de los Tacones, donde decidió seguir un camino en el que se apreciaban huellas de vacas. Al fin y al cabo si ellas habían podido pasar, no iba a ser menos él. Una valoración fallida, que terminó con parte de su cuerpo tragado por un terreno embarrado debido a un inoportuno efecto ventosa de las botas. Con paciencia y sangre fría logró salir de allí sin tirar de teléfono móvil. Una pequeña anécdota que le ha servido para extremar precauciones y recordar que una bota no es igual que la pezuña de un animal.

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