El vigilante de los juzgados

Valdés, en su puesto de trabajo en el juzgado de Avilés.
Valdés, en su puesto de trabajo en el juzgado de Avilés. / MARIETA

POR C. DEL RÍO

No es ni juez ni fiscal, pero posiblemente sea el trabajador más popular de los juzgados de Avilés. Una de esas personas a las que, por derecho propio, se les puede adjudicar el calificativo de 'mítico', ya pervertido de su significado original. Vigilante de seguridad en el juzgado durante los últimos catorce años, antes ya había cruzado el arco de seguridad como litigante en un sonado caso en el que dejó clara su vena guerrera. Los años, además, lo han ido convirtiendo en un tipo descreído y sarcástico, socarrón y con mucho amor propio. Lo dicho, todo un personaje.

Manuel Valdés, nacido en Viescas (Illas) un 18 de julio de 1956, se confiesa trabajador, pero no quiere esperar hasta los 65 para desvincularse de un trabajo al que dirá adiós mañana lunes si su empresa cumple el contrato relevo prometido. No las tiene todas consigo, sobre todo después de la batalla judicial que lo enfrentó en su día a la Corporación Inversora de Parques S. A. (CIPSA) y al Ayuntamiento de Corvera. Valdés ganó a Goliat. Desde entonces puede dar fe de que la justicia resarce. Una pequeña victoria moral que, no obstante, lo dejó sin el puesto de trabajo que la sociedad había prometido a todos los expropiados de terrenos en el concejo para la construcción del centro comercial ParqueAstur.

Eran las tierras familiares en las que Valdés había vivido y trabajado desde niño siguiendo el ejemplo de su padre y siempre que el colegio se lo permitía. A los once años, las estrecheces propias de la época aconsejaron enviarlo a vivir en Avilés con una tía, viuda de guerra, y sus tres hijas que, todo sea dicho de paso, le malcriaron. Mayores que él, era el sobrino al que llevarse de carabina cuando flirteaban con algún chaval. Citas en las que 'compraban' el silencio de Valdés en un pacto no escrito que siempre satisfizo a ambas partes por natural y bien entendido. Tal vez por eso Valdés se confiesa encantado de haber sido criado entre mujeres. Cree que esa circunstancia ha marcado su forma de ser, aunque lo cierto es que subyace en él el patrón de hombre clásico, definido por algunos valores que hoy una sociedad más liberal pone en entredicho.

Matriculado en los Agustinos, desde párvulos hasta el preuniversitario, Valdés pasó por todas las ubicaciones del centro escolar ahora conocido como San Fernando. Primero en la Quinta de Pedregal, luego donde el cine Almirante, hasta su asentamiento definitivo al final de la avenida San Agustín, sobre la calle Fuero de Avilés.

A pesar de que estudiaba lo justo para pasar de curso, Valdés se matriculó en Ciencias Químicas, en la Universidad de Oviedo. Solo hizo hasta segundo, pero asegura que esa formación le valió para encajar bien con los mandos del juzgado. Un ejemplo de su afán provocador porque, en realidad, con quien más brega en su día a día es con personal de todo tipo y preparación que a diario entra en el edificio de la calle Marcos del Torniello. Curtido en la profesión, a Valdés no lo amilana ninguna amenaza, etnia o raza que pase por allí. Eso sí, tampoco está dispuesto a montar un follón. ¿Que no hacen lo que les dice? ¿Que insisten en pasar con bebés al pasillo de la salas de vistas en las que se va a juzgar a un familiar pese a que no es lugar apropiado para ellos ni, por lo visto, está permitido? Allá ellos. Son muchos años ya y sabe que es mejor evitar un conflicto que entrar a fondo.

Este es el pan nuestro de cada uno de sus días, aparte de conocer a todos los funcionarios, abogados y procuradores que pueden saltarse el arco de seguridad. El resto pasan su escrutinio y se confían a su conocimiento de la causa porque Valdés hace, también, las labores de información. Sabe mejor que muchos habituales en qué planta está cada departamento, cuál es el juzgado de guardia y a dónde enviar a esas personas absolutamente primerizas que llegan con un llamamiento escrito en la mano sin más noticia hasta ese día de que el juzgado de Avilés estaba ahí.

Valdés estudió para vigilante porque, a la vuelta del servicio militar, había pasado el boom de Ensidesa y lo que se encontraba en aquellos años setenta eran talleres cerrados y subcontratas despedidas. La memoria, muchas veces, es frágil y amortigua los hechos muy alejados, pero lo cierto es que aquella crisis del petróleo, también mundial, allá por 1979, tampoco fue nada fácil.

Confiesa que desde los 22 a los 42 años no supo lo que era descansar un sábado o un domingo. El trabajo en el campo y con los animales era diario y a él le tocaba echar una mano al padre mientras no encontrara otra cosa menos ingrata. Apareció en la construcción, en Sedes, donde rechazó una renovación de contrato al creer en el compromiso antes mencionado: que CIPSA le daría trabajo en la construcción de ParqueAstur. De hecho, su familia fue una de las pocas que no recurrió el precio de la expropiación, abonada a un precio muy inferior del que consiguieron quienes llevaron el caso a la justicia.

Tal fue su enfado que, mientras se preparaba para ser vigilante de seguridad, decidió llevar el caso a los tribunales. Consiguió que el consorcio fuera condenado, a contratarlo en el puesto prometido o al pago de una indemnización, lo que finalmente ocurrió. La sentencia salió el mismo año en el que Valdés comenzó a trabajar en el que ha sido su trabajo los últimos diecisiete años.

Como todos los de su gremio, ha pasado por diversas empresas y muchos más recintos. Con horarios leoninos en muchas ocasiones y menos recursos de los necesitados. Pero si algo le ha enseñado a Valdés el tiempo es que al mal tiempo hay que ponerle buena cara.

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