El Comercio

Fallece el renovador de la Facultad de Química

José Barluenga, el día en que recogió la Medalla de Plata de Asturias.
José Barluenga, el día en que recogió la Medalla de Plata de Asturias. / ALEX PIÑA
  • José Joaquín Barluenga Mur consiguió que la Universidad de Oviedo pudiera competir en el terreno internacional

  • Llegó a Asturias en 1975 tras formarse en Alemania en el Instituto Max Planck, lo que le valió una perspectiva de la ciencia que quiso copiar

Acababa de soplar las 76 velas de su tarta de cumpleaños, pero su luz se apagó para siempre la noche del martes. El químico José Joaquín Barluenga Mur (Tardienta, Huesca, 1940) falleció en su casa de Oviedo, la ciudad que le acogió y cuya universidad le dio cátedra en 1975, rodeado de su familia. El hombre tranquilo, el científico tenaz y padre de familia numerosa dijo adiós para sorpresa de sus más allegados, muchos de ellos amigos y compañeros en las intensas jornadas vividas entre los muros de la Universidad de Oviedo.

A José Barluenga, Pepe o Pepín como también se le conocía, se le debe mucho más que sus muchas y relevantes investigaciones, mucho más que haber marcado las enseñanzas de generaciones y generaciones de químicos que hoy recuerdan al Barluenga maestro, a la persona que nunca se rinde y que tiene en la ciencia su vida. Él fue uno de los responsables de poner a la Facultad de Química de la Universidad de Oviedo en un lugar destacado. Él, que llegó a ella en el último aliento del régimen franquista, tomó la batuta y quiso traer a España, en general, y a Asturias, en particular, todas las modernidades que había visto en Alemania, donde estuvo en el Instituto Max Planck de Química de Mülheim desde 1967 y durante los tres años siguientes.

«Su llegada supuso un cambio total en la facultad. Él y su equipo, junto a otros profesionales que llegaron en los 70, fueron el gran punto de inflexión», explica José Manuel Fernández Colinas, decano de la facultad con sede en el Campus de El Cristo. «Gracias a él, la facultad de Química fue a más y a mejor», apunta Vicente Gotor, el que fuera rector de la Universidad de Oviedo. «Tenía una mentalidad germánica de trabajar día y noche y de ser muy responsable con el trabajo porque sabía que en química no se puede ir a la ligera», añade Gotor, y continúa: «Nos inculcó su forma de pensar, creó escuela y gracias a él se crearon grupos que se han quedado en Oviedo y por el resto de universidades, pero siempre tras haber pasado al menos dos años en el extranjero».

Gotor fue uno de los tres primeros alumnos que tuvo a José Barluenga como director de tesis. Tras él fueron otros muchos estudiantes, tantos que la cifra sobrepasa el centenar. No le extraña al antiguo rector: los jóvenes sabían que con él estaba garantizada «la seriedad y la profesionalidad». Porque constancia y tenacidad son las palabras que más repiten sus amigos y compañeros cuando hacen referencia al maestro, cuyos restos descansan en la sala 1 del Tanatorio Ciudad de Oviedo.

Su capacidad de trabajo era aplaudida y sorprendía a cuantos le iban conociendo. «Su capacidad de trabajo, su inteligencia e iniciativa son reseñables. También la facilidad que tenía para transmitir y contagiar ese ímpetu y esa dedicación», señala Fernández Colinas, quien quiere ensalzar también que a José Barluenga le gustaba hablar con su equipo para llegar a un consenso y, sobre todo, pedir no más esfuerzo del que él mismo se exigía.

No en vano, quien bien le conoce no duda en achacarle una energía tremenda. Es Francisco Javier Fañanas, uno de los responsables de las dos jornadas de homenaje que la Universidad de Oviedo le dedicó a Barluenga en 2014.

Él, que fue alumno suyo en Zaragoza en 1973, sabe que -de joven aún más, si cabe- tenía una «energía tremenda que intentaba transmitir a sus colaboradores. Se quería comer el mundo y eso le permitió lograr cosas importantes, proyectar su carrera internacionalmente y recibir muchas de las distinciones más importantes que se entregan a nivel mundial».

Los reconocimientos a los que hace referencia no fueron pocos. José Barluenga inauguró el palmarés de los premios de Investigación de la Fundación Alexander von Humboldt (1989), DuPont (en 1991) y el Nacional de Investigación Enrique Moles (en 2001).

En 1999, obtuvo la Medalla de Oro de la Real Sociedad Española de Química como recompensa a su labor profesional; en 2001, la Insignia de Oro de la Universidad de Oviedo; en 2005, el Premio Rey Jaime I de Investigación y, en el año 2009, se colocó la Medalla de Plata de Asturias.

«Sin ser lo que uno persigue, los premios son muy de agradecer y él se los tomaba como un estímulo para seguir trabajando», señala Alfredo Sanz Medel, catedrático de Química Analítica.

Esos eran algunos de los pocos momentos en los que José Barluenga se alejaba de los laboratorios. Cuando mostraba su lado más distendido y demostraba ser una persona muy abierta e «idónea para consultar problemas de índole académica o profesional», apunta Agustín Costa, catedrático de Química Analítica.

Como ejemplo de la vis humorística de Barluenga, cuenta: «Con frecuencia, cuando nos encontrábamos, una broma precedía a la conversación y normalmente aprovechaba que tengo el pelo largo para atacarme, porque era algo que le chocaba, pero siempre con respeto y un gran sentido del humor».

Costa, a pesar de no haber tenido con Barluenga una relación profesional, sí le recuerda a su llegada a Oviedo, cuando ejercía de árbitro en partidos de fútbol, al que, además, «él era un gran aficionado».

Su pérdida, inesperada aunque la edad fuera durante los últimos años la que marcaba su estado de salud, supone un fuerte varapalo para la institución universitaria. No solo porque «contribuyó enormemente a engrandecer tanto la facultad ovetense como a su Departamento de Química Orgánica», en palabras de Ricardo Llavona, su jefe, sino porque consiguió que sus ideas cuajasen sin grandes ostentaciones.

Él, que no venía de familia rica ni mucho menos (sus padres eran agricultores con otros dos hijos, mayores que José, que alimentar), valoraba más el trabajo y la voluntad que la apariencia. Su forma de pensar y de trabajar seguirán presentes en la Universidad de Oviedo, desde donde no cierran la puerta a hacerle un homenaje, aunque la decisión corresponda tomarla a la familia. Decenas de compañeros siempre le recordarán y todos acompañan en el sentimiento a Mari Cruz Badiola, su mujer, y a sus seis hijos.