El Comercio

Monika Lienhart, con una de sus hermanas.
Monika Lienhart, con una de sus hermanas.

La primera historia de Aldeas Infantiles

  • «Aún recuerdo como si fuera ayer el día en que llegamos a la aldea. Era seis de febrero y corría 1958», recuerda

  • Monica Leinhart tenía 9 años cuando llegó al hogar de Imst. Ella y sus hermanas estrenaron la institución

Cada noche, en las 573 aldeas infantiles del mundo, se encienden luces familiares. Hace unos días, el martes, fueron, además, luces de fiesta. En todos los hogares, repartidos por 134 países, se celebró el Premio Princesa de Asturias de la Concordia, porque para sus niños, para los 58.866 que viven en ellos, fue el galardón. Pero no solo hubo celebración dentro. También fuera otros muchos miles festejaron como propio el esperado título. Aquellos que un día habitaron sus paredes y hoy habitan la vida lejos de los excluidos. Uno de ellos, de ellas, en realidad, fue sin duda, Monika Lienhart. Tenía 9 años cuando llegó a la primera Aldea Infantil SOS de la historia. Hoy tiene 67, pero el miércoles volvió a ser la niña que, de la mano de sus hermanas, dejaba la soledad a la que le había llevado la muerte de su madre y el abandono de padre para estrenar el hogar de Imst, en Austria. «Aún recuerdo como si fuera ayer el día en que mis tres hermanas y yo llegamos a la Aldea. Era el 6 de febrero de 1958».

Un año después, en el 59, Hermann Gmeiner fundaba oficialmente la institución que ahora despliega sus energías y solidaridad por los cinco continentes. Entonces todo era nuevo. Especialmente para las cuatro hermanas. No todas pudieron quedarse. La mayor tenía 15 años, que entonces ya se consideraban edad suficiente para ganarse la vida trabajando. «La despedida fue dolorosa», escribe Monika, recordando lo difícil que fue el comienzo. «Muchas cosas eran diferentes. Las empinadas montañas, el incomprensible dialecto, la casa de estilo tirolés y, además, estaba esa mujer». Habla así, casi reviviendo los recuerdos, de la mujer que tenía la misión de hacer de madre. «Todos los hogares cuentan con esa figura referencial para que la familia sea una verdadera familia», explica el presidente de Aldeas Infantiles en España, Pedro Puig.

Pero Monika «llevaba entonces mucho tiempo sin decir mamá». Solo habían pasado seis meses desde su muerte, pero ese tiempo se le hizo eterno. Las cuatro vivían desde entonces solas sin comida ni calor, hasta que una monja las llevó a la Aldea de Imst. Monika y sus dos hermanas pequeñas se sumaron allí a un grupo de otros cinco niños. Al principio, entre la separación de la hermana mayor y lo desconocido, tuvieron miedo. Un miedo que pasó pronto. Cada niño tenía su propia cama y eso ya era nuevo. En su casa la compartían. «También había alboroto» y más niños. «Y una madre SOS». Una madre nueva a la que Monika no aceptó hasta pasados ocho meses. «De repente un día me salió de manera natural llamarla mamá».

Su relación «pasó por muchos altibajos». Hoy, sin embargo, se juntan para tomar café. «Es como mi tabla de salvación, no me puedo imaginar la vida sin ella. Es mi hogar, la abuela de mis hijos».

La vida en familia, explica Monika Lienhart en un relato de sus recuerdos, se desarrollaba sobre todo en el «cuarto de estar», donde había una mesa grande, un banco esquinero y un armario con un cajón para cada niño. «Allí se sentaba la familia al completo, se jugaba, hablaba y discutía. Allí los niños hacíamos los deberes y, los domingos, disfrutábamos de un lujo especial: escuchar todos juntos la radio». También iban juntos a la escuela, donde nada más llegar se quitaban los leotardos de lana «para tenderlos en la calefacción». La nieve les dejaba empapados. Fueron muchos los sacrificios, pero más el cariño. Con el tiempo, Monika se hizo enfermera. Ahora está jubilada y disfruta de su vida como abuela. El miércoles sin duda celebró el Premio Princesa de Asturias para la aldea que fue y es hoy todavía su hogar.