El Comercio

Los falsos mitos de las Pelayas de Oviedo

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Sor Lourdes León Castillo, en 2009, jugando con el agua del estanque del patio en el monasterio de San Pelayo. / E. C.

  • Una investigación desmonta tópicos sobre el papel de las mujeres en los monasterios de la Edad Media

  • El trabajo en el que participa la Universidad de Oviedo desvela que era frecuente que no respetaran la clausura o que hubiese comunidades mixtas

Ni las monjas de clausura de la Edad Media estaban tan aisladas del mundanal ruido ni llevaban una vida tan alejada de los centros de poder como la historiografía romántica nos ha hecho creer. Esas son dos de las conclusiones a las que ha llegado una investigación en el que participa la Universidad de Oviedo y que desmonta algunos de los tópicos más extendidos vinculados a la vida monástica de las religiosas en los reinos peninsulares durante aquella época.

El trabajo, que lleva por título 'Paisajes espirituales', está liderado por el Institut de Recerca en Cultures Medievals de la Universitat de Barcelona y el equipo adscrito a la institución académica asturiana está compuesto por Raquel Alonso Álvarez, profesora de Historia del Arte, y Laura Cayrol Bernardo, becaria FICYT, que estudian, respectivamente, el papel de las mujeres en los monasterios de Santa María de las Huelgas (Burgos) y San Pelayo (Oviedo).

Alonso destaca que la novedad del proyecto reside en que investiga, desde una perspectiva de género, cómo vivían las religiosas en los reinos peninsulares entre los siglos XII y XVI, «un tema muy poco estudiado en España». Y, aunque el proyecto todavía está en curso (está previsto que finalice en 2017), pueden extraerse ya algunas conclusiones preliminares que terminan con las falsas creencias sobre la religiosidad femenina en los monasterios.

Empecemos por el mito más arraigado en el imaginario popular, en el que domina la impresión, «absolutamente falsa, de que las muchachas eran casi obligadas a profesar y a vivir en un entorno opresivo». Y nada más lejos de la realidad, ya que «los monasterios femeninos, o al menos los más importantes, eran centros de poder» desde los que las mujeres dirigían las familias aristocráticas que los fundaban y «muchas veces se advierte claramente su papel como promotoras artísticas y como directoras, incluso, de la familia desde el claustro».

El segundo tópico más extendido de entre los que rodean a las religiosas medievales es el referido a la clausura, «mucho más tardía de lo que se venía suponiendo» y que muchas veces no era tal. Porque, según apunta Alonso, era frecuente que las monjas no la respetaran. Y, así, salían habitualmente para visitar a su familia, ver al Rey o viajar a la corte y, de paso, confirmar donaciones al monasterio y realizar demás tareas administrativas.

Pero la separación tampoco funcionaba en el sentido inverso, ya que «también entraban laicos a las zonas de recogimiento».

Más aún: era bastante común que el mismo monasterio acabara siendo compartido por comunidades femeninas y masculinas, toda vez que «los conventos necesitaban capellanes para la asistencia sacramental o espiritual» que terminaban compartiendo desde procesiones hasta momentos importantes para la congregación.

La 'domina'

Tampoco era raro que en estos monasterios llegaran a residir mujeres no religiosas. Raquel Alonso cita, por ejemplo, la figura de la 'domina', una laica perteneciente a la familia fundadora que gestionaba los aspectos económicos del convento y que llegaba incluso a imponer su autoridad sobre la madre abadesa.

Y algunos estos tópicos se observan a la perfección en el ovetense monasterio de San Pelayo, que, durante un tiempo, funcionó de forma conjunta con la comunidad masculina del que se convertiría en el vecino monasterio de San Vicente hasta llegar a conformar lo que se califica como monasterio dúplice. «Una vez separadas ambas instituciones, guardaron una relación de gran cercanía que es clave para entender algunos aspectos de la historia de los dos monasterios», destaca la investigadora Laura Cayrol. «Si bien ya era conocido que San Pelayo albergó una comunidad masculina en sus orígenes, la conexión con San Vicente no ha sido explorada en profundidad hasta la fecha», añade.

Cayrol subraya, además, la importancia de San Pelayo como monasterio de fundación regia que, durante siglos, fue protegido por la monarquía. Y, de hecho, llegó a formar parte del Infantado -herencia destinada a las hijas de los reyes leoneses- y en él residieron varias mujeres de ese entorno regio.

Precisamente, el hecho de que San Pelayo fuera un monasterio poderoso en el que la intervención laica desempeñó un papel fundamental explica una cierta laxitud en el respeto de la clausura. «La vida monástica estaba más condicionada por el estatus social elevado de las monjas que por su condición de religiosas», añade.

Ahora bien: las investigadoras matizan que las cuestiones relativas a la laxitud en el respeto de la clausura como a la cohabitación de comunidades de mujeres con colegios de capellanes afectaban sobre todo a las órdenes benedictinas y cistercienses y no a las más modernas: franciscanas y dominicas.

Pero, en todo caso, la investigación nos da «una visión mucho más vital y vigorosa de la condición femenina en la Edad Media», del poder ejercido tras los muros, y ahí radica gran parte de su importancia.