El Comercio

Confesiones de un escritor frente a sus lectores

Richard Ford, Premio Princesa de Asturias de las Letras, calificó de «espectacular» su encuentro con los lectores. Sumaron más de 1.500, la mayoría mujeres, en el Palacio de Congreso.
Richard Ford, Premio Princesa de Asturias de las Letras, calificó de «espectacular» su encuentro con los lectores. Sumaron más de 1.500, la mayoría mujeres, en el Palacio de Congreso. / ALEX PIÑA
  • Richard Ford recorrió miedos y búsquedas y habló de sus personajes y de conflictos ante 1.500 fieles

Hay veces que la palabra encuentro resucita todo su significado, que vuelve a ser lo que es recuperando lo perdido por el camino del uso veloz de la palabra. Y una de esas veces fue ayer, cuando Richard Ford asomó el gesto por la puerta del auditorio del Palacio de Congresos y vio a los más de 1.500 lectores (lectoras la gran mayoría) que le devolvían la mirada. No soltó lágrimas, como Leonardo Padura el año pasado en la misma situación y en el mismo escenario. Pero sí ese tan norteamericano «Oh my God» sumado al poco con un «esto es espectacular», añadido ya sobre las tablas, entre letras desparramadas por el suelo. Allí contó Ford mil cosas de su pasado, presente y de sus quereres para el tiempo que está por venir. Habló de sus miedos, mil, y también de las mil causas para escribir. Empezó por explicar el temor que sentía ante tantos fieles. Aseguró que alguna vez se había reunido con quienes pasan tardes y noches con sus personajes, pero «nunca con más de doce, nunca lejos de una barra de bar». Primer temor: «Que alguno de los 1.500 (venidos de medio país) me odie, porque siempre hay quien me odia tras de haberme leído». Después, lentamente, respondiendo a preguntas de la editora, escritora y ayer presentadora del encuentro, Valerie Miles, fue llegando el resto. El que le lleva a ponerse «literalmente enfermo» al final del proceso de escritura, «cuando hay 200.000 palabras sobre la mesa y tienen que ser las correctas». Habló también del temor que le impulsa a meter los cuadernos ya repletos de historias en el frigorífico, «para que no se quemen si hay un incendio». Los que le hacen volver a escribir para lograr alcanzar el relámpago del que hablaba Twain y «no quedarme en la luciérnaga». Los que le preguntan por dentro «¿estoy a la altura a mis 73 años?». Los que le sitúan delante de su mujer, Kristina, para leer en alto los textos concluidos esperando, primero la risa y «al final el llanto. Porque si no lloro es que no funciona».

Paso a paso, temor a temor, pero también acariciando aciertos, fue Richard Ford contando su experiencia vital y creadora, llena de conflictos que busca resolver, pero de los que no huye, porque le dan nueva savia para seguir narrando. «Desaparecen unos y aparecen otros, y eso es lo que quiero. No pretendo encontrar la salida, quiero mantenerme en el camino, en el asombro y utilizarlo».

El primer conflicto que llegó a su vida y del que le salvó, precisamente la literatura, fue la muerte de su padre, en sus brazos cuando tenía 15 años. «La pena que sentí no podía ser mayor, pero a la vez reconocí una libertad que me sorprendía. De la lucha entre ambas me sacó el lenguaje». Hasta entonces el Princesa de las Letras no se había encontrado con él. «Era un joven problemático y disléxico, que nunca, hasta los 18, había leído. Era más candidato a ir a Vietnam con el ejército o a la cárcel que a ser escritor».

Volvía Ford así al pasado para encontrarse con el origen de todo, pero también para devolver con sinceridad el viaje de sus lectores, no sin antes quebrar ese hilo biográfico que pende sobre su personaje fundamental, Frank Bascombe. Tan poco hay de él en sus trazos, dijo, que «ni siquiera sería su amigo». Y es que Frank, como el resto de sus personajes, «son solo herramientas, instrumentos para trabajar. No son personas para mí». Por eso no pasan frío en el congelador y «pueden mutar sus ojos o sus características». Y todo para crear una literatura «que no sea solo bella, sino útil, que nos recuerde que fuera hay otros como nosotros o diferentes, que nos de conocimiento nuevo, que pueda descubrirnos orden allí donde creíamos que solo podía haber desorden, pero sobre todo que nos convenza de que la lengua no solo no es basura, sino que está llena de música, de placer y de información».

La búsqueda de esas tres necesidades la obliga a seguir escribiendo. En el fondo, «para tratar de ser mejor escritor. Quiero serlo para mis lectores, pero también para la literatura en general». Por eso no para de observar y de anotarlo todo en sus cuadernos. Absorbe tanto de la realidad que vive que tiene dicho a sus amigos: «Si no queréis que algo salga en mis libros no me lo contéis». Ayer él lo contó todo, desde su infinita curiosidad por el mundo, hasta su absoluta seguridad de que Donald Trump, «ese colgado que va a ser presidente» (horas antes lo daba por imposible), «no sabe lo que es un libro», sentencia que arrancó la primera reacción del auditorio, que río alguna vez, pero agradeció todas las confesiones de ese escritor con el que se encontraron.