El Comercio

«Somos millones los que necesitamos la cultura para vivir»

  • Núria Espert lee la cartilla a los políticos, pide un Gobierno ya y reclama atención a la educación y al arte

Contenta y combativa. Núria Espert salió ayer al escenario público con el ánimo de agradecer un galardón que asume -«sin ápice de falsa modestia»- como colectivo, pues premia al teatro en general más que a ella en particular, y con ganas de pedirle a quienes nos gobiernan que lo hagan con la mirada puesta en la educación y la cultura.

Núria Espert ha tenido que suspender dos funciones de 'Incendios', la obra que representa en el Teatro de la Abadía en Madrid, para estar en Asturias, y recoger orgullosa su galardón de las Artes, que es también el de un gremio -el de la escena- que vive momentos paradójicos en los que la precaridad y el éxito se entremezclan. «Los teatros están abarrotados. La precariedad existe, pero ha habido una reacción del público tan fuerte, tan expresiva, que por fuerza tiene que haber una explicación social profunda». Ella, que sabe que no existe el teatro ideal, que lo que importa -sea trágico o cómico-, es que «sea capaz de conmover y convencer», es consciente de la habilidad que tienen la tablas para empujar a las sociedades a ser mejores. «El teatro es una de las ramas más potentes del frondoso árbol del arte y aparece para ayudar a dar un salto adelante a la sociedad».

Si Mary Beard dice que las humanidades no son un adorno, Núria Espert lo reitera mirando hacia su escenario vital. Así ha sido siempre y también hoy. Viajó al pasado predemocrático de España para explicarlo. «Al final del régimen franquista, el teatro cobró una vida que no tenía en España desde el Siglo de Oro, porque se había convertido en la única manera de dar opiniones sobre lo que estaba pasando. Para los espectadores acudir al teatro era una manera de decir 'yo soy eso'». No es un adorno. Su poder es grande, como lo son también los de la educación y la cultura. Aunque los políticos no quieran verlo: «He seguido los debates electorales y ni una sola vez ha sonado la palabra cultura», dijo. Rememoró que la educación, «el gran problema de España», también está ausente. En un país «no muy culto» como el nuestro se hacen necesarias ambas palabras. «Piensan que la cultura no da un voto, y están equivocados, somos millones de personas las que la necesitamos para vivir, para saber quiénes somos y qué queremos... O quizá es que no quieren que sepamos quiénes somos y qué queremos».

Molesta con la clase política, explicó que vivimos «un momento histórico» y aseguró que, tras la fallida investidura de Pedro Sánchez, debería haberse dejado gobernar al partido más votado. Considera la actriz que el proceso de formación de gobierno se ha postergado de manera «deliberada e indecente». Mucho tiene que ver -cree- con la falta de cultura democrática.

Si fuera ella quien tuviera responsabilidades de gobierno, se encargaría de que se hiciera en España teatro del bueno, ese que es capaz de crear «un círculo mágico con el espectador que le protege de la realidad», y se empeñaría en «espolear la creatividad, en apostar por caminos nuevos y diferentes».

Tiene 81 y la ilusión de una niña la intérprete y directora catalana. Ayer anunciaba a los periodistas que estará en Asturias con la gira de 'Incendios', la obra de Wajdi Mouawad que considera «la mejor de la segunda mitad del siglo XX» cuyas funciones ha tenido que parar para estar en Oviedo. Y suspender una función teatral es casi un imposible. No ocurre ni con un cólico nefrítico ni con un familiar hospitalizado y en casos de fuerza mayor. «Ni nosotros mismos comprendemos cuál es el fenómeno que se produce en el corazón y la cabeza de un actor para dejar a un padre agonizante e ir a actuar, puede ser una deformación de la emoción», reflexionó. Y acto seguido contó lo que le sucedió a ella cuando murió Armando Moreno, su marido: «Yo estaba haciendo en el Teatro Español 'El cerco de Leningrado', estaba perdida, mi mundo se hundió. Y después del entierro fui a la función. En el escenario estaba entera. Mi hija me preguntó si quería que cancelara las funciones y yo le dije 'no, quiero que me pongas dos diarias, o tres', porque era el único lugar donde podía respirar».