El Comercio

Felipe VI, durante su discurso anual ante premiados e invitados en el Teatro Campoamor.
Felipe VI, durante su discurso anual ante premiados e invitados en el Teatro Campoamor. / MARIO ROJAS

«Un pueblo que quiera, respete y ampare la cultura nunca le temerá a su futuro»

  • En su discurso menos pegado a la actualidad abogó por una España unida, alejada del pesimismo y orgullosa de sí misma

Es su discurso más personal y comprometido del año. Y es normal que don Felipe se prodigue en él en alusiones políticas. Pero el de ayer en el Campoamor fue el propio de una España en funciones a punto de cumplir un año buscando Gobierno y el Rey optó por mirar hacia otros territorios, que, en el fondo, también son cuestión política. Apuntó hacia la cultura y clamó por evitar el pesimismo y el desaliento. Citando a Unamuno, abogó por una España de «brazos abiertos», «alejada del pesimismo, del desencanto o del desaliento, fiel a su irrenunciable afan de vivir orgullosa de lo que somos, de lo que juntos hemos conseguido, que ha sido mucho y admirable; y seguros de nosotros mismos, porque un pueblo que quiera, respete y ampare la cultura, nunca le temerá a su futuro».

Dijo estas palabras don Felipe ya en el tramo final de un discurso que concluyó precisamente con una reivindicación en la misma línea: «Que la cultura inspire nuestra libertad». Es esa una de las razones de la ceremonia de ayer en el Campoamor. Otra: «Renovar nuestro compromiso con España». Así concluyeron sus palabras, que sirvieron también para recordar las motivaciones de unos galardones que nacieron con el deseo de que el «alma» de Asturias, «su lealtad, su coraje y su nobleza», fueran un referente para todos». También tuvieron como objetivo primigenio y fundamental ser un «sentido acto de afirmación cívica de la cultura frente a la ignorancia». Y en ese punto, volvió de nuevo a poner la cultura en el disparadero en este año en el que -como recordó- celebramos el 400 aniversario de la muerte de Cervantes. Pidió entonces que, imbuidos por la figura de don Quijote, «creamos firmemente, como él, que la cultura enriquece siempre la convivencia, alimenta los más altos valores del espíritu, ennoblece los sentimientos de las personas y nos ayuda a vivir con mayor dignidad».

Antes de llegar a esa conclusión, había elogiado la tarea de los premiados, que aportan un aprendizaje fundamental: «Los grandes progresos se alcanzan cuando se unen los saberes y conocimientos; cuando las ciencias dialogan con las humanidades; cuando las artes y las letras se funden con la concordia; cuando la cooperación se entrelaza con la ejemplaridad o el deporte se da la mano con la solidaridad». Trazó el cóctel perfecto para un futuro mejor el Rey con los ingredientes que se agitan en el palmarés de los Premios Princesa.

Había dedicado ya -como es su costumbre- alabanzas individualizadas a cada uno de galardonados. Y también antes había explicado ante el auditorio del Campoamor que para la Reina y él la cita de Oviedo es inspiradora, emotiva y estimulante. «Amplía nuestro horizonte de conocimiento y, aún con las tragedias que a diario suceden en el mundo, refuerza nuestra confianza en la civilización y el ser humano». No se olvidó don Felipe de citar a sus hijas, la infanta Sofía y la princesa Leonor, que representan «la esperanza en el futuro», ni tampoco de verbalizar el agradecimiento expreso a todos los que hacen posibles los Premios.

Empezó por Núria Espert su periplo por las virtudes de los premiados. Y con ella quiso hacer un guiño a los artistas españoles: «Deseamos que la escena española siga contando con grandes profesionales como Núria Espert, conscientes del relevante papel cultural que tiene un teatro de calidad, y siempre vigilantes para que la escena preserve y proteja su dignidad y su imprescindible libertad», subrayó. Antes, había dedicado hermosas palabras a una actriz que encarna «la fuerza y la belleza del teatro», un arte, que citando a Shakespeare, es «espejo de la humanidad». A ella la felicitó en catalán: «Moltes felicitats per la teva carrera, Núria».

James Nachtwey fue el siguiente en escuchar las palabras del Rey, que destacó la «nobleza de su trabajo» y su «entrega a los seres humanos más desgraciados». El fotógrafo estadounidense que recibió el Premio de Comunicación tiene una visión «profunda, solidaria, comprometida y cruelmente real» del mundo que le rodea. Su trabajo, anotó el Rey, nos hace «conscientes de las profundas injusticias a las que buena parte de la humanidad se ve sometida». Y más aún, «nos conmina a la acción», a buscar un mundo más «humano y fraternal».

De Mary Beard, premiada de Ciencias Sociales, destacó su «amor a la verdad», su «defensa a ultranza de las humanidades» y su talento para «compartir y transmitir conocimiento». «Su esfuerzo divulgativo nos ayudará a entender mejor el mundo y su pasado, para así aprender quizá a modelar un mejor futuro». No obvió su compromiso a favor de los derechos de las mujeres y citó por ello a Emilia Pardo Bazán.

Hugh Herr, el biofísico estadounidense premiado de Investigación Científica y Técnica, es para el Rey sinónimo de «esperanza», la de millones de personas con discapacidad que confían en mejorar su movilidad y su calidad de vida. «Su visión innovadora y creativa es una poderosa luz que ilumina circunstancias y vidas, en muchos casos, llenas de desconsuelo y de dolor, anímico y físico». Confíó el monarca que esa luz sea pronto accesible a todos los que la precisen.

Como Herr, el triatleta Javier Gómez Noya representa la superación en estado puro y la fortaleza física y anímica. De ello habló don Felipe, de su espíritu de lucha, de su compañerismo y de su humildad. «Es un símbolo de los mejores valores del deporte y un verdadero orgullo para sus raíces gallegas y para toda España», subrayó.

El galardón de las Letras de Richard Ford salió a continuación a escena. Habló el monarca de la pureza, la honradez y la grandeza que destilan sus obras y cómo su afan no es otro que dignificar a los seres humanos. «Su obra logra transformar lo pequeño, lo cotidiano, incluso lo mediocre, en una obra de arte; la de un ser humano que, como él dice con humildad, tan solo quiere escribir para otros seres humanos».

La Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y el Acuerdo de París, el galardón de Cooperación Internacional, «son el comienzo de la unidad a escala global que es imprescindible para contener el aumento de temperatura de la Tierra. Don Felipe dejó claró que la responsabilidad es de todos en un proceso que antes parecía «impensable» y es ahora «imparable». Reclamó un compromiso mundial emocional, moral, tecnológico, científico y económico: «Ha llegado el momento de pensar en un futuro del que podamos borrar para siempre la amenaza global y en la que triunfen el desarrollo sostenible, la reducción definitiva de las emisiones contaminantes, el uso de energías renovables, el reciclado... y el acuerdo de todos para que la temperatura del planeta no siga elevándose».

Aldeas Infantiles SOS, la ONG que recibió el premio de la Concordia, produce, según don Felipe, «un sentimiento de emoción y gratitud profundos». «La humanidad no estará completamente a salvo mientras no comprendamos que proteger, atender y educar a la infancia es una prioridad». Los problemas de la infancia exigen una resolución consensuada y definitiva. «Apoyar y fomentar la labor ejemplar y abnegada de Aldeas Infantiles debe ser claramente un imperativo», subrayó el Rey con el aplauso del Campoamor.