El Comercio

La reina Letizia, durante la ceremonia.
La reina Letizia, durante la ceremonia. / MARIO ROJAS

La reina Letizia, en su mejor papel

  • Saludó a su madre al entrar, siguió atentísima el discurso de su marido, se rió con Mary Beard y demostró su admiración por Richard Ford

  • Familiarizada con la ceremonia, se emocionó, como todos los asistentes, con el discurso de Núria Espert

España es un país de entrenadores de fútbol, qué digo, de seleccionadores de fútbol. Criticar una alineación es de verdad el deporte nacional y camino de convertirse en otra afición de masas es saber cómo debe vestirse una reina, qué digo, la reina Letizia. A nuestra Reina, por aquello de ser la de España y además asturiana, le salen modistos como setas en otoño. Doña Letizia regresa siempre feliz a Oviedo y eso trata de traslucir con los vestidos que aquí luce. Pocas explicaciones más hay que buscar a sus looks. Le sientan bien y son su oportunidad para exhibir un físico cuidado y esculpido para ofrecer la mejor imagen.

En la ceremonia de los Premios volvió a hacer alarde de esa alegría con la que se encuentra en su casa y, de nuevo, escogió su vestuario para cautivar a todos. Eso sí, fallaron los míster que quisieron destronar a Felipe Varela su diseñador de cabecera, porque él volvió a vestirla y a convertirla sin lugar a dudas en la estrella de la ceremonia, con permiso de Núria Espert. La propia casa define el modelo como un «vestido cocktail con falda 'evasé' en seda cay 'nude', bordado a mano sobre tul invisible con hilo de metal negro y lágrimas de cristal de Swarovsky», un adorno al que recurre con frecuencia Varela.

De hecho, si se repasan los vestidos que doña Letizia -como Princesa y ahora como Reina- ha ido luciendo en esta gala se constata la pasión del modisto por los bordados en cristales y pedrerías.

El recogido del cabello permitió contemplar sus pendientes de lágrima, quizás lo más espectacular de su estilismo, casi del color de sus ojos que brillaron conmovidos ante el monólogo de Núria Espert, divertidos con Mary Beard, llenos de curiosidad ante un intelectual al que lee con frecuencia como es Richard Ford, y rebosantes de admiración y respeto hacia la labor de los expertos de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, el altruismo de Aldeas Infantiles y la fortaleza de Gómez Noya y Hugh Herr, y con complicidad periodística hacia Nachtwey. Pocos gestos más se permite doña Letizia. Difícil saber en qué piensa mientras el Campoamor en pleno la escudriña. Ella juega su papel. Entró en el teatro saludando a los vecinos que aguardaban en el exterior, alzando la mirada a ventanas y balcones, sonriente y radiante, serena y familiarizada realmente con el escenario.